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por Víctor Montoya
En
el Hotel Xinqiao de Pekín, buscando tarjetas postales para enviar a los
amigos, encontré ésta que me impactó a primera vista, tanto por su carácter
documental como por el motivo que representa.
Cuando
le pregunté al catedrático de Estudios Sociales de Yiking, Yuang
Zhonglin, quiénes eran estas mujeres que cargaban la tabla de reo
alrededor del cuello, me miró sorprendido y contestó: Son prisioneras
condenas a la pena capital por delitos graves. Las paseaban por las calles
y las exhibían en las plazas, con el fin de castigarlas en público y
establecer un escarmiento en medio de una muchedumbre que las repudiaba a
gritos. Después eran subidas a carretas tiradas por caballos y
transportadas al desierto de Mongolia, donde les esperaba una muerte lenta
pero segura.
Guardé
la tarjeta en el bolsillo y, sin lograr salir de mi asombro, pensé en el
destino fatal de estas mujeres que, abandonadas entre las dunas
arremolinadas por el viento, no encontraban un horizonte que ponga fin a
su calvario, hasta que la sed, el hambre y el calor terminaban por
arrojarlas en los brazos de la muerte, quien se encargaba de esparcir los
huesos bajo el asfixiante sol del desierto, como únicas señas de que por
allí vagaron alguna vez almas vivientes.
Cuando
retorné a Estocolmo, con la tarjeta metida entre las páginas de un
libro, seguí pensando en estas mujeres, cuyos delitos fueron penados de
la manera más drástica por las leyes aprobadas por la dinastía china y
su séquito de tiranos; un Código Penal que por suerte se derogó en
1911, tras la caída del ultimo emperador y la instauración de la República.
Hace
unos días atrás, al volver a mirar la tarjeta que cayó del libro como
una hoja suelta, se me ocurrió la idea de reconstruir los hechos.
*
La
mujer de la izquierda era prostituta. Los
guardias del orden público, sujetos a sus atribuciones de autoridades y
en atención a las denuncias de los vecinos, la detuvieron en una calle céntrica
y, cogiéndola por los brazos y sin
darle mayores explicaciones, la llevaron hacia instancias superiores para
que reciba su castigo como cualquier mujer de dudosa virtud.
Aunque
algunos la confundían con esos seres que pasaban las noches en la misma
calle, donde establecían un simulacro de vida doméstica, era una de esas
mujeres que abandonó el campo para ganarse la vida en los vericuetos de
la ciudad. Mas al quedar embarazada con un hombre que desapareció nueve
meses más tarde, justo cuando ella había roto aguas y sufría los
dolores propios del parto, buscó refugio entre los seres marginales que
habitaban en el submundo de la ciudad, amparados en la delincuencia y el
alcohol. En ese antro nació su hijo y allí empezó a ejercer la profesión
más antigua de la historia, ofreciendo la dignidad de su cuerpo al mejor
postor; motivo suficiente para que le aplicaran la pena máxima, sin
considerar que no lo hacía por gusto, ni por vicio, sino por llevar el
pan diario a la boca de su hijo.
**
La
mujer del centro era adúltera. Se entregó a
un amor prohibido y rompió con los cánones de las buenas costumbres
conyugales, pues no supo medir a tiempo las consecuencias de sus deseos
ardientes.
Todo
comenzó con una frustración por la impotencia de su marido, quien tenía
la misma edad de su padre y desprendía un olor repugnante que se
impregnaba hasta en los muebles. De modo que, aprovechando las ausencias
de su marido, se enganchó a un amante joven, quien la sedujo con lisonjas
y fuerza viril. Ella sabía que un hombre en la plenitud de su vida era el
único que podía reavivar las llamas de su amor incontenible y cumplir
con las obligaciones sentimentales de su pareja.
Cierto
día, según se supo después por boca de los testigos, el destino le
tendió una emboscada, ya que su marido, director de una construcción en
una cuadra cercana, regresó del trabajo más temprano que nunca, con la
misma ilusión de encontrarla sentada en la cocina. Mas su sorpresa fue
mayor, cuando la encontró desnuda y haciendo el amor en la cama. La mujer
se cubrió las vergüenzas con la manta de seda y su amante salió raudo y
veloz, golpeándose los hombros en los marcos de la puerta.
El
marido, con el rubor en la cara y el llanto en los ojos, dio parte a los
guardias del orden público para que procedieran en el asunto, consciente
de que el adulterio, a excepción del homicidio, era el mayor pecado que
una mujer podía cometer en un país patriarcal, donde sólo el emperador
tenía derecho a disfrutar de una esposa y varias concubinas.
La
esposa infiel, cuyo matrimonio no estaba basado en el amor sino en las
tradiciones familiares de la época, se entregó a las autoridades sin el
menor arrepentimiento y convencida de que los sentimientos van por un lado
y las leyes de la justicia por el otro.
***
La
mujer de la derecha, que tiene la mirada
clavada en el suelo y el corazón encogido de angustia y dolor, cometió
un horrendo
crimen, opuesto
a toda ley natural, divina y humana.
El
hecho sangriento, superando con creces a la tragedia de Medea, se registró
en el seno de un hogar donde el esposo, según los testigos y alegatos,
celaba constantemente a su mujer, a quien acusaba de "meterle cuernos
con unos y con otros”, hasta que un día, al cabo de protagonizar una
trifulca de pareja, el esposo le gritó que la niña no era su hija.
Entonces la mujer, ajena de sí misma y dominada por una furia salvaje,
enterró el machete en el frágil esternón de la infanta, quitándole la
vida de manera fría y brutal.
Su
esposo, sobrecogido por la visión implacable, alarmó a los guardias y
aseguró que el móvil del asesinato no fue sus celos ni sus constantes
calumnias, sino la propia conducta desvariada de su esposa, quien hablaba
por las noches como poseída por el demonio.
Entretanto
ella, presa del pánico, envolvió el cadáver en frazadas y otros
envoltorios, y lo acomodó en posición fetal dentro de un canasto de bambú.
Roció la casa con combustible y le prendió fuego, dejando que las llamas
devoraran la vivienda. Cuando los guardias llegaron al lugar de los
hechos, se enfrentaron al cuerpo carbonizado de la niña, que yacía entre
los escombros, y a una mujer que, arrancándose los cabellos de cuajo,
lloraba en medio de la calle. La parricida, con el aspecto de quien ha perdido la razón, fue detenida y conducida hacia los tribunales, cuyos magistrados, al constatar que se trataba de uno de los crímenes más crueles cometidos durante el último emperador chino, le aplicaron la pena capital sin contemplaciones y con todas las agravantes del delito.
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