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Radiografía
de |
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Por
Víctor
Montoya
(Foto:
Ulla
Montán)
Abrigo
la
esperanza
de
que
alguien
pueda
compartir
conmigo
la
enorme
impresión
que
causa
esta
fotografía
encontrada
en
la
vidriera
de
un
hospital,
donde
algún
admirador
—o
admiradora—
de
Julio
Cortázar,
luego
de
recortarla
de
una
revista,
la
pegó
cuidadosamente
por
las
cuatro
esquinas.
Cuando
la
miré
de
cerca,
absorto
por
la
iluminación
frontal
que
lo
destaca
tan
vivamente,
no
resistí
a
la
tentación
de
llevármela
conmigo,
dispuesto
a
describirla
para
quienes
no
la
conocían.
Empero,
debo
reconocer
que
no
fue
tarea
fácil,
sino
un
desafío
contra
la
subjetividad
que
me
acechaba
a
cada
instante,
pues
pasé
varias
horas
queriendo
describirla,
sin
conseguirlo,
y
sólo
quienes
hayan
pasado
noches
en
vela,
con
una
idea
insistente
que
revolotea
en
la
cabeza,
comprenderán
la
desesperación
que
supone
intentar
atrapar
las
palabras
exactas
para
describir
una
fotografía
que
de
por
sí
es
una
poesía
hecha
de
luz
y
de
sombra.
Querido
Julio,
en
esta
fotografía,
más
que
en
ninguna
otra,
nos
miras
desde
el
fondo
de
tus
ojos
tiernos,
mientras
tu
rostro,
marcado
por
una
profunda
expresión
de
melancolía,
nos
inspira
un
súbito
respeto
y
admiración
por
lo
que
fuiste
en
la
sencillez
y
el
silencio,
circunstancias
en
las
que
aprendiste
a
comunicarte
más
con
los
gestos
que
con
palabras,
como
todo
gran
escritor
que
manifiesta
sus
pensamientos
y
sentimientos
a
través
de
la
palabra
escrita,
de
esos
pequeños
grafemas
que
tú,
desde
niño,
escribías
con
el
dedo
en
el
aire,
como
si
se
trataran
de
signos
mágicos
que
nacían
de
tu
imaginación
o
a
partir
de
un
palíndromo,
donde
la
palabra
Roma
se
leía
amoR
al
invertirla.
Al
contemplar
intensamente
esta
fotografía,
en
la
cual
apareces
con
la
melena
y
barba
leoninas,
crecidas
con
tanta
rebeldía
como
las
llamas
de
tu
alma,
te
imagino
en
tu
escritorio
cual
gigante
perdido
en
el
País
de
las
Maravillas,
escuchando
las
improvisaciones
del
jazz,
leyendo
los
libros
de
tu
preferencia
o,
simplemente,
acariciando
el
lomo
de
tu
gata
Flanelle,
cuyo
ronroneo
era
la
única
música
que
rompía
la
monotonía
del
silencio.
Apenas
miro
tu
jersey
de
mangas
largas
y
cuello
alto,
te
imagino
en
invierno,
deslizándote
por
las
calles
mojadas
de
una
ciudad
grisácea,
envuelto
en
una
gran
bufanda,
y
en
verano,
tendido
a
la
sombra
de
un
árbol,
los
ojos
clavados
en
el
vacío
y
meditando
en
la
dimensión
de
tu
obra,
donde
la
fantasía
y
la
realidad
se
funden
como
las
dos
caras
de
una
misma
medalla.
A
ratos,
me
parece
oírte
hablar
con
voseo
argentino
y
erre
afrancesada
sobre
Fidel
y
la
revolución
cubana,
país
donde
redescubriste
la
alegría,
la
solidaridad,
la
espontaneidad
y
los
temas
latinoamericanos,
tras
haber
pasado
media
vida
en
París,
en
esa
ciudad
que
amabas
y
odiabas
al
mismo
tiempo.
Cuando
leí
una
de
las
cartas
que
le
enviaste
a
Fernández
Retamar —Director
de
Casa
de
las Américas
(nuestra
casa)—,
me
quedé
sin
aliento
y
con
el
corazón
partido,
ya
que
no
me
convencía
cómo
un
cronopio
de
tu
talla
podía
sentirse
solo
y
extranjero
en
el
barrio
15
de
París,
recluido
en
una
casita
alta
y
angosta
como
tu
imagen.
Mas
recién
ahora,
al
releer
El
perseguidor
(ese
excelente
relato
que
te
inspiró
Charlie
Parker,
el
famoso
Bird,
el
jazzman
que
alucinaba
con
la
droga
y
el
alcohol,
y
hacía
alucinar
con
el
saxofón
a
los
amantes
de
su
música),
puedo
comprender
el
porqué
de
tu
soledad
y
tu
amor
desmedido
por
la
humanidad
y
sus
asuntos,
que
la
vida
de
Charlie
Parker
te
enseñó
a
mirar
por
dentro,
desde
el
fondo
mismo
del
ser,
y
lejos
de
la
superficialidad
que
nos
corroe
cada
día.
Asimismo,
debo
decirte
que
tu
sensibilidad
—o
hipersensibilidad—
de
hombre
de
letras
te
llevó
a
tomar
partido
por
la
justicia
social
y
la
defensa
de
los
procesos
socio-políticos
que
expresaban
el
sentir
popular;
la
prueba
está
en
el
compromiso
que
asumiste
con
la
revolución
cubana,
con
los
acontecimientos
de
mayo
del
68
en
París
o
con
la
revolución sandinista,
que
tan
bien
la
retrataste
en
tu
Nicaragua
tan
violentamente
dulce.
Sin
lugar
a
dudas,
tu
obra
literaria
se
fundió
con
las
luchas
de
emancipación
desde
cuando
comprendiste
que
el
socialismo
democrático
era
la
única
alternativa
histórica
capaz
de
abolir
la
explotación
del
hombre
por
el
hombre.
Pero
ahora
que
ya
no
estás
entre
nosotros,
porque
la
muerte
te
privó
de
ver
los
bruscos
virajes
que
se
produjeron
en
el
mundo,
desde
la
caída
del
muro
de
Berlín
hasta
el
trágico
resurgimiento
de
los
nacionalismos,
sólo
me
cabe
imaginar
que
tú
no
darías
un
solo
paso
atrás,
convencido
de
que
la
humanidad
no
volverá
la
rueda
de
la
historia
y
resistirá
los
embates
del
imperialismo
como
lo
está
haciendo
Cuba,
esa
pequeña
isla
y
esa
gran
causa
que
tanto
amaste
en
vida.
Así,
pues,
querido
Julio,
ante
esta
hermosa
fotografía
que
te
retrata
el
alma
de
niño
grande
y
bueno,
constato
una
vez
más
que
fuiste
un
cronopio
de
verdad,
un
ser
magnífico
cuyo
espíritu
era
portador
de
los
mejores
valores
humanos,
un
hombre
en
el
cual
se
podía
depositar
toda
la
confianza
del
mundo
como
en
una
cajita
que
guarda
los
secretos
más
íntimos
bajo
siete
llaves;
es
más,
al
mirar
tus
grandes
manos
pecosas,
puedo
también
constatar
que
tus
brazos
de
boxeador
están
aún
dispuestos
a
batirse
con
los
adversarios
de
los
desposeídos
en
El
último
round,
en
ese
round
en
el
que
te
acompañaremos
los
hinchas
de
tu
obra,
que
es
tan
grande
como
fue
tu
vida.
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