Hay veces que te encuentras ante
proyectos tan sólidos, ideas tan claras, que es muy difícil poner
ninguna pega. El director no te deja. Te envuelve en su historia,
sea más o menos trivial, y de ahí no sales. Ni una concesión.
Es el caso de Tres días con la
familia, probablemente la mejor película proyectada en la
Sección Oficial del
Festival de
Málaga 2009. Hay veces que esto es como mandar a niños a luchar
contra hombres.
La película parte de un argumento no
demasiado novedoso: la muerte del «patriarca» familiar, el abuelo,
hace que una estudiante universitaria en Toulouse vuelva a Barcelona
para reencontrarse con sus parientes, en especial con su padre y su
madre, separados aunque dispuestos a mantener el paripé delante de
los demás.
¿No tiene buena pinta, verdad? Pues
bien, no hay dramas. Hay realidad. Hay credibilidad. Verosimilitud.
No hay violaciones, no hay tumores, tampoco hay aburrimiento. Hay
conflicto sin necesidad de esperpento. Nadie folla. Nadie se droga.
No hay grandes diálogos redentores pero hay una soberbia contención
en las frases. Los actores —Eduard Fernández, de nuevo— están
maravillosamente dirigidos, las escenas, cuidadosamente planeadas;
el guión avanza y se para justo donde debe.
Contar una historia sobre una familia
burguesa y sus problemas y no resultar pesadísimo es muy
complicado. Contarla con 27 años, como ha hecho Mar Coll, es
asombroso. Coll bebe de las influencias catalanas y francesas de los
últimos años: el acertado manejo de los silencios, la sobriedad, el
trabajo con el actor por encima del efecto visual. A veces funciona
y a veces no. Depende mucho de lo que tengas y lo que te propongas.
En este caso, se podría decir que a la
película le falta algo de «alma», sea eso lo que sea. Entiéndanme,
más sentimiento, más empatía... pero hay veces que en nombre de la
empatía se hacen unas cosas espantosas, así que casi se agradece que
lo que sabe hacer bien lo haga bien y se deje de historias.
Queda la duda de cómo se distribuirá
la película fuera de Cataluña. En los trailers se aprecia que
determinadas partes han sido dobladas al castellano. Sería un grave
error. En la película, el castellano y el catalán se entremezclan
con fluidez, como sucede en la realidad. Oír a Eduard Fernández
doblarse a sí mismo resulta un poco ridículo tratándose de una
lengua que más o menos conocemos todos y que además se puede
subtitular sin problemas.