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¿Sabía usted, que en el año 2000,
en un cine del Vaticano, se proyectó especialmente un
«Quo
Vadis»
—el
clásico de Sienkewich—,
filmado silenciosamente (o amordazado por la industria) del inmenso polaco
Jerzy Kawalerowicz, el director de
«Madre
Joanna de los Angeles»?
Les digo, yo no lo sabía y no me avergüenza decirlo.
Esto no hace sino poner de relieve lo que muchos saben : que el consumo de
los productos del arte, para la economía de mercado, no son digeribles,
cuando un Spielberg, pasa a ser un director de la talla de Orson Welles o
Bergman. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que Pasolini filmara y escribiera
«Teorema»?
El mensaje —más
allá de lo ideológico—,es
más actual hoy que cuando se la estrenó. El cine del Este, mudo o
maniatado, el arte Europeo amurallado a pesar de que Chabrol siga
filmando: alguien dijo que de todas las Artes, el cine es el más largo
camino hacia el martirologio: sólo se debe estudiar la carrera de uno de
los genios del siglo, Erich Von Stronheim, cuya
«Avaricia»
y su
«Reina
Kelly»
—
obras maestras—,
fueron reducidas a polvo por el mercado en la década de los treinta,
cuando iba a comenzar a regir el Código Hays.
Cuando Luchino Visconti —preso
durante la dictadura mussoliniana—,
filmó su «Ludwig»,
ya en los '80, sometido a la dictadura del mercantilismo del cine
norteamericano, sintió que era prácticamente reducido a cero: no reconoció
el film comercializado como suyo. A Welles, enviado por la cancillería
yanki a Brasil en carácter de Embajador Cultural, para realizar un filme
comercial sobre el país vecino (que absurdo), le pasó algo peor: realizó
una tomografía sobre la América profunda, e Itamaratí reaccionó
prestamente: fue rápidamente enviado a Estados Unidos nuevamente con todo
lo filmado, casi definitivamente perdido.
Pero estos cuentos son solo
«anécdotas»:
el cine norteamericano, a pesar de su indeclinable decadencia, supo
defenderse de los McCarthy y realizar clásicos comprometidos, en cualquier
momento, desde «La
loba»
de Wyler, a «Las
uvas de la ira».
de John Ford..., lo que sólo se permite en ciertos países libremente hoy:
véase los films ingleses de Loach, u obras como
«Esta
tierra es mía»
y «En
el nombre del padre».
Existen gritos desesperados de países que no logran
articular una industria, desde Macedonia a Irán, desde Cuba a México y
Brasil: así, se pueden ver obras maestras como
«Amores
perros»
(México), «La
Virgen de los Sicarios»
(aunque su director sea norteamericano) o
«Estación
Central»,
del Brasil. Ahí está la poesía de la imagen en movimiento, en estos
films el alma vuelve a mirarse a sí misma, como alguna vez la
miró ese Bosco del cine que fue Dreyer.
Mientras las remakes, las superproducciones
infantiles que imitan las paginas de Billiken abundan, y se reiteran temas
hasta el cansancio —la
psicosis yanky, denunciada por Moore—,
pero sabida desde hace mucho, el cine canadiense, produce films de
calidad, y mientras existan ojos, escritores y cámaras que puedan apoyarse
sobre la tierra y sus delirios, y filmar los sueños del gran Tarkovski, o
de Fellini, el cine obviamente no estará perdido, aunque los videos-games
y los artificios de la computación, reduzcan el mensaje de la imagen, al
horror vacuí de quien no tiene nada que decir: Todd Haynes, no logró
estrenar en cines, durante el 2004, su film más elogiado. Un melodrama
que desenmascara la hipocresía de una sociedad, y sus tabúes y tampoco,
nadie se atrevió a pasar esta cinta ni tan siquiera por tv.
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