
Desde la
balaustrada
Ramón
Cabrera Naveiras
–¿Quién será?
José María se acercó a su hermana y apoyó
los codos en la balaustrada. Anochecía. Hasta ellos llegaba el fragor del mar
rompiendo con furia contra las rocas.
–Diría que es un forastero.
Rosa observaba fijamente al
desconocido que, asomado al acantilado, daba la impresión de mantenerse en un
difícil equilibrio.
–¿Qué hará…, ahí? –y un espeluzno
recorrió la espalda de la niña.
–Yo a veces también lo hago –dijo el
muchacho con firmeza.
–¿El qué? ¿Eso?
–¡Pues claro! Algunas noches me
escapo por la puerta de la cocina, bajo hasta las rocas y…
–¡Es peligroso! Si mamá se entera…
–No, no lo es. Basta con no tener
vértigo.
–¿Tú no lo tienes? Yo, ni loca…
José María la interrumpió con aire de
superioridad.
–Los hombres no lo tenemos. Ese de
ahí tampoco, ¿le ves? Pero tú eres una niña. Por eso a lo mejor mamá se
enfadaría, porque también es una mujer y no entiende ciertas cosas. Papá, en
cambio…
–¿Le has dicho que lo haces?
–Puede que se lo diga cuando venga de la
ciudad este fin de semana. De todas formas, no es absolutamente necesario –y
recalcó, orgulloso, pronunciándola despacio, la palabra absolutamente–. Los
hombres, te lo he dicho mil veces, siempre sabemos muy bien lo que nos llevamos
entre manos. ¿O es que te crees que ese señor de ahí abajo es tonto?
Callaron un rato. El forastero
permanecía inmóvil en su arriesgada posición. Como una estatua, solo sus
cabellos, agitados por el fuerte viento, parecían tener vida.
–Hace frío –se quejó Rosa, e
instintivamente se estrechó con sus propios brazos.
–Estamos en septiembre. Pronto
terminarán las vacaciones. Es una lástima que la ciudad no se encuentre cerca
del mar para venir más a menudo.
–Es divertido el mar… Bañarse, hacer
castillos de arena…
–Es divertido de noche –puntualizó
José María.
–¡Uf! De noche es negro. Da miedo
–¡Pamplinas! El mar es como un libro
en blanco. Lo dice Miguel, el cartero. Miguel, del mar, sabe un montón. Y de
muchas otras cosas que lee en las cartas que reparte. De noche hay que escuchar
el mar con los ojos cerrados e imaginar que eres corsario, o náufrago, o
almirante de navío, lo que quieras. Entonces las olas te escriben sobre la arena
una aventura para que te dejes llevar por ella. Yo lo he hecho.
–¿Tú?
Rosa admiraba a José María y él se
esforzaba en aumentar su admiración.
–Bastantes veces. Y es muy chulo.
En la lejanía los pescadores
encendían las luces de sus barcas. La luna era todavía una pálida e imprecisa
mancha en el gris azulado del ocaso.
–A lo mejor ese forastero hace ahora
lo mismo –insinuó Rosa.
José María disfrutaba despertando el
miedo en su hermana. Así, después, podía simular protegerla. Cualquier pretexto
le parecía bueno para demostrar que era mayor que ella y ya un hombre.
–Pues no estoy tan seguro… –dijo,
intentando que su voz reflejara cierto grado de inquietud.
–¿De qué no estás seguro?
–De que haga lo mismo… –el forastero,
quieto hasta ese momento, había girado de repente la cabeza a la izquierda, a
continuación a la derecha, con lentitud, como si temiera ser sorprendido en
aquel lugar apartado o buscara algo o a alguien con la mirada. José María obligó
bruscamente a Rosa a ocultarse detrás de la balaustrada–. ¡Que no nos vea!
–exclamó.
A Rosa, el corazón le dio un brinco
en el pecho.
–¿Qué pasa?
–¿Es que no te has dado cuenta? Se ha
puesto a mirar…
–¿A nosotros?
–Miraba para comprobar que nadie estuviera espiándole.
Ese tipo es un contrabandista, me juego todo lo que tengo. Miguel me advirtió
que por aquí rondaba gente de esa clase.
–¿Un contrabandista? ¿Qué es un
contrabandista?
–Creo que alguien que compra cosas
robadas que le traen desde el otro lado del mar .
–¿Un ladrón?
–Si, pero diferente. A lo marino. Ha venido
al anochecer, para que no le descubran. Por eso vigila. Desde el acantilado
espera la llegada de los barcos con la carga: tabaco, drogas, armas… Le harán
señales y él sabrá lo que tiene que hacer para recogerla. Siempre es así. Lo he
visto en las películas.
–¿Lo sabrá porque es un hombre?
–¡Naturalmente! –afirmó José María con
exagerada gravedad–. ¿Acaso hay mujeres contrabandistas? Sólo son hombres:
aventureros, asesinos, piratas dispuestos a atravesar con su espada al que se
cruce en su camino…
Rosa se apretó contra su hermano.
Empezaba a experimentar un vago recelo que le hacía olvidar el frescor del
crepúsculo. El desconocido del acantilado se había transformado en su
imaginación en el peor de los enemigos concebibles.
–¿Y si le espiamos? –sugirió José
María.
–¡Oh, no! –protestó la niña–.
Volvamos a casa…, de prisa…
–¿Irnos? –José María no estaba
dispuesto a interrumpir un juego que comenzaba a divertirle por lo que tenía de
inocente suplicio para Rosa–. ¿Irnos? –repitió–. ¿No comprendes, niña, que ahora
nos descubriría? En dos zancadas nos pilla y…, ¡adiós amigos, adiós papá y
mamá!. Escondernos, eso es lo que debemos hacer, vigilarle y al primer descuido
huir pitando hacia casa. ¡Tú hazme caso y sígueme! Buscaremos un escondrijo.
A gatas, casi arrastrando José María
a Rosa, se desplazaron hasta un enorme macetero situado en un extremo de la
balaustrada, detrás del cual se apostaron. En el cielo pavonado brillaban ya
unas cuantas estrellas y la luna, perfilados sus contornos, iba tiñéndose por
encima del horizonte de un suave color amarillo.
Rosa, ovillada, con la respiración
contenida, casi temblando, ni siquiera se atrevía a abrir los ojos. José María
no necesitaba esforzarse demasiado para mantener en vilo a su hermana, sobre
todo ahora que el hombre del acantilado finalmente parecía resuelto a moverse.
–¡Ah! Acaba de dar media vuelta y
camina… –contó–. ¡No, espera! Se ha detenido. Aseguraría que… ¡Está todo tan
oscuro! Es como una sombra que viniera hacia nosotros. Parece que coge algo del
suelo. Avanza un poco más, se detiene de nuevo al pie de la cuesta. Brillan sus
ojos, igual que los de un lobo. La luna llena, Rosa, los muertos vivientes… ¡Uf,
retrocede otra vez…! Veo luces que se encienden y apagan en el mar. ¿Será la
contraseña? Corre en dirección al acantilado con los brazos extendidos, los baja
ahora, tropieza y cae, creo que se arrastra, no, no, se ha levantado, corre
nuevamente, pero…, pero, ¿qué hace?
José María apenas pudo ahogar el
grito que brotó de su garganta. El desconocido, de un salto, se había lanzado al
vacío con la decisión que todos envidiaban en el monitor del club cuando se
zambullía en la piscina desde el tercer trampolín después de haber dado en el
aire giros y cabriolas. Pero el acantilado no era un trampolín ni el mar,
agitado, sembrado de rocas, decenas de metros más abajo, una pacífica piscina.
Un sombrío presentimiento cruzó como un relámpago por el cerebro del chico.
–¡Se ha tirado! –murmuró perplejo y
asustado–, ¡se ha tirado!
Abrazó a Rosa, le cubrió la cabeza
con sus manos, le acarició los cabellos, inquieto, impulsado por la ansiedad y
el súbito deseo de preservarla de una realidad que, por vez primera, se le
mostraba auténtica y cruda.
Rosa, temblando, se puso a sollozar.
–Nada le ocurrirá, ¿entiendes?, nada
le ocurrirá –dijo, desconcertado–. Es un hombre, Rosa, y los hombres no somos
unos locos. Sabemos bien lo que hacemos.
José María, sin embargo, ya no estaba
seguro de que eso fuese cierto. Tal vez porque, en ese mismo instante, empezaba
a ser hombre de verdad. Y el amargo sentimiento de que en el futuro las cosas no
iban a ser como siempre creyó que serían le turbó profundamente.
RELATO FINALISTA EN EL
II
CERTAMEN DE RELATO BREVE ALMIAR
Fotografía: Pedro M. Martínez ©2003
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