
Todo sobre Óscar Portela
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Entrevista
de
Germán Valenzuela y
Leonardo Cerno
L.C.: ¿Cuál es el origen de la edición bilingüe con su poesía? El libro bilingüe fue idea de un poeta de Buenos Aires, Luis Benítez, que en ese momento dirigía una colección pequeña Editorial Correo Latino la que editó el libro Selection Poetic - Selección Poética.
O.P.:
La misma nació de la idea de editar a poetas jóvenes norteamericanos en la
Argentina para hacerlos conocer aquí y a su vez producir una especie de
intercambio editando a poetas pocos conocidos de Argentina y mandarlos en
reducidas proporciones a universidades norteamericanas o a poetas y críticos
norteamericanos.
Era una especie de correo
postal que creo no sigue funcionando.
G.V: ¿Conoce alguna respuesta que haya provocado su poesía en el exterior?
O.P.:
No entonces, pero de cualquier manera me sirvió para recopilar algunos poemas
dispersos porque nosotros debemos entender una cosa: el escritor argentino en su
mayoría es un escritor inédito.
Parto de lo que me parece un
argumento suficiente: una edición de dos mil ejemplares de poesía en este
momento constituye una edición exagerada.
Mi primer libro que se editó en
el 1977 fue de 2500 ejemplares.
Hoy en la Argentina nadie edita poesía
superando los quinientos ejemplares, mil como un exceso.
Esto significa publicar
alegóricamente.
A mí me decía Leonor Calvera
hace muy poco en Buenos Aires que estamos volviendo a una especie de medioevo y
debemos hacer libros artesanalmente para luego distribuirlos en forma artesanal.
L.C.: Eso estaría dando cuanta de un confinamiento de la poesía a círculos minoritarios.
O.P.: No en una relación directa: el
movimiento editorial se hace eco de lo que sucede. Pero esto no es un fenómeno
actual.
Las ediciones de Mallarme, de
Valery y las ediciones de los grandes poetas de fines de siglo XIX, y principio
del XX, eran ya ediciones muy restringidas.
Ahora si te referís a poetas de nuestro siglo en donde se dio el caso de
creadores con cierto sesgo popular, como Neruda o cierto matiz de propuestas
ideológicas, que en un momento determinado encontraron respuestas, esto no
refuta lo anterior.
La poesía desde hace ciento
cincuenta años es un programa personal del día y no constituye otra cosa…
G.V: Hicimos un planteo de «para qué sirve la poesía». La respuesta es la misma que cuando se la hace a la filosofía. Para qué sirve.
O.P.: Yo no creo que la poesía sirva
como útil o como herramienta ni siquiera para los poetas en momentos
determinados.
El movimiento setentista
Argentino cuya cabeza más visible sería la de Juan Gelman quien fue relanzado
políticamente por este gobierno, este movimiento —digo— donde estuvieron poetas
como Miguel Ángel Bustos y otros que se platearon la poesía como un arma de
transformación del mundo o de denuncia, ya no existe, o sólo se trata de
mercadería de un humanismo fofo, útil para el consumo de bobos.
Pienso que uno tiene que
preguntarse qué puede hacer la poesía por uno.
Porque el arte a partir de la
crisis de la filosofía después de Kant o después de Hegel, quien ya anunciara la
muerte del arte como «destino» —«evento» diría Heidegger— se convierte en una
forma de suplantar religiones.
Pero como no constituye una
religión de masas se convierte en un diálogo que tiene la responsabilidad de
aumentar la conciencia del mundo y ésta se va vaciando de manera que el arte se
convierte así en la manera que tiene cada cual de salvarse a sí mismo o de hacer
un intento de salvación.
No hay que olvidarse de aquella
famosa preocupación de Sartre cuando hablaba de que el arte no salva la vida de
ningún niño que se esté muriendo de hambre y las respuestas de Camus a estas
aporías de la razón a las que tampoco supo responder Adorno.
De cualquier modo se trata de
la «llamada» a una conciencia solidaria y solitaria.
Esta una llamada que
fundamentalmente tiene que producir en el hombre cierta preparación para poder
responder.
Yo siempre escribí
compulsivamente.
Escribo para salvarme en
momentos difíciles o especiales y escribo para liberarme de algo, para expurgar
algo.
Son demonios que necesitan ser
exorcizados.
Confío en que el arte en ese
sentido siempre resulta indulgente y combina esa separación que se hizo desde
siempre entre lo sagrado y lo profano.
Si hay algún punto donde lo
sagrado y lo profano continúan tratando de buscar una alianza es en el arte.
En el arte verdadero
—integral—, ese arte que tiene un barrunto de ejemplificación en ciertas
pesadillas surrealistas y en ciertas intuiciones de Sábato cuando habla del
sueño, o en la gran pintura siempre.
La gran tradición Alemana (no
vamos a incluir a Hölderlin entre los románticos) pues existe aún esa manía de
etiquetar y de hablar del neobarroco y meter a una cantidad de gente en el
barroco, o en el clasicismo y ello sólo sirve para confundir más al estudioso.
Vamos a eliminar esas
etiquetas: vamos hacer una topología de cada poeta, del discurso poético en
serio de cada uno y tratar de buscar lo singular desde lo cual una voz habla o
dice algo.
Entonces yo te digo escribo si
como contesté alguna vez para salvarme. Si yo me salvo creo que puedo hacer algo
por los demás.
Escritor y lector...
L.C.: ¿Tiene prefigurado un lector ideal de su obra?
O.P.: Yo no creo que jamás pueda
plantearme ese problema, porque los poemas míos que menos me gustan o aquellos
que menos me satisfacen y enseguida dejan de satisfacerme, son los mismos en los
que mucha gente, ha encontrado respuestas a sus «interrogantes» interiores o
estéticos-religiosos.
He encontrado de este modo
citados poemas míos, que a mí no me producen nada en ciertas antologías, y me ha
resultado extrañísimo que un poema mío que data del principio de la década del
setenta, haya salido en una Antología primero en España —realizada por Adrián
Desiderato— y luego en una antología de poesía latinoamericana que se publicó en
Venezuela y México realizada por Manuel Ruano como un «clásico» mío.
Es un poema que yo hoy ni
siquiera incluiría en una antología de mis propios poemas. En ese sentido
Deleuze tiene mucha razón cuando dice que cada lector tiene que usar anteojos
determinados para leer un texto y encontrar fragmento en el texto que le puedan
ser útiles.
Y el autor acá no tiene nada
que decir.
Pues si no entramos en el
círculo de la obra cerrada que tiene que ser entendida según una presunta
intencionalidad que no existe por parte de autor ninguno, sobre todo cuando el
autor es alguien como yo que escribe en un estado de trance.
Eso afirmaba Veiravé cuando se
refería a cierto tipo de poetas videntes: algo que no saben bien de qué se
trata. El artista racionalista, por así decirlo, sí puede plantearse algo como
una obra desde el punto de vista arquitectónico, un «original» que tiene que ser
interpretado de acuerdo con una exégesis o una hermenéutica filológica, acorde a
una letra que no puede ser manipulada o no puede ser cambiada de lugar.
Lo otro está siempre en estado
de «ebullición magmática»...
G.V: Su respuesta pareciera provenir de una concepción peculiar del lenguaje...
O.P.: El lenguaje lo es todo y todo
proviene de su «esencia»...
Yo creo que el lenguaje
constituye la posibilidad de poseer «mundo».
Nosotros estamos transidos y poseídos
de lenguaje mas no sólo de lenguaje verbal porque cuando nosotros decimos
lenguaje siempre nos referimos al lenguaje verbal.
Heidegger fue muy criticado
fundamentalmente por Derrida por el tema de que el lenguaje comienza en la mano.
En una novela de Abelardo Arias
se muestra el proceso de hominización del animal cuando el minotauro de pronto
comienza a sentir un terrible dolor —dolor del conocimiento porque conocer es co-nacer,
nacerse al ser dirían Marcel o Maritain— al ser y al estar a la muerte y tomar
conciencia de ello: entonces a este animal comienzan a caérsele los cascos y
comienzan a aparecérsele las manos...
Y creo que hoy la genética
comienza a darle la razón a Heidegger cuando cree que en la mano —que no deja de
ser una herramienta primordial— se halla además la esencia del lenguaje y la
corporeidad humana.
De modo que el lenguaje como
expansión y como manera de crear un hilo —el lenguaje poético— en el sentido más
abarcador del término no se reduce al lenguaje verbal.
L.C.: Se trata de una experiencia integral del hombre en el mundo.
O.P.: Estamos transidos por el lenguaje
y estamos heridos por el lenguaje.
De ahí la frase de Hölderlin de
que la poesía es el más peligroso de los bienes. La poesía como esencia del
lenguaje.
Ustedes habrán escuchado muchas
veces la expresión que trajo a la filosofía Heidegger: «poéticamente habita el
hombre».
Poéticamente no significa
«idílicamente» o fuera de perspectiva histórica.
Esa es la interpretación más
rala y mostrenca del tema.
Poéticamente significa que es
la poesía la que nos enlaza con los dones y la que libremente nos otorga esos
dones.
Pero el lenguaje también es el
que forma, como el río que va disecándose, ese gran mar que constituye el habla,
se alimenta de los ríos, se alimenta de pequeñas nacientes u de glaciares que
van produciendo el agua, pero estos también pueden volatilizarse —no sólo por
efectos de la manipulación física de los elementos— sino también pueden
desecarse por la huida de la ausencia de todo evento como historia.
Cuando el hombre se queda sin
lenguaje y sin la posibilidad de no nombrar entra en unas épocas de terrible
devastación y de terrible nihilismo.
El lenguaje de la Tribu: la
Poesía.
L.C.: Existe una lengua propia del poeta…
O.P.: El lenguaje —decía Heidegger, voy
a volver a remitirme a él— en estado puro es poesía.
Cualquier tipo de lenguaje: el
lenguaje de las antiguas cosmogonías o el lenguaje de los mitos en estado puro
está constituido por la «imagen poética».
El lenguaje de los cantos
populares y el de las gestas. Si ustedes leen un poema de un antiguo azteca, es
probable que ese poema sea más moderno y más actual —moderno en el mejor sentido
del término— de lo que trata de hacer un poeta hoy.
El poeta está en una relación
muy difícil con el lenguaje —con el lenguaje como poesía— aunque no sea él el
usuario fundamental del lenguaje poético, ese lenguaje poético que uno puede
encontrar en los cantos más primitivos como en los cantares anónimos.
Y es probable que en la
escritura veterotestamentaria: el hecho de poner una firma debajo de un texto
poético tal vez sea parte de un prejuicio de la traducción occidental y de esa
traslación de lo griego a lo latino: caso de Homero.
No sabemos si existió pero es
un nombre bajo de un texto.
Pero de todas maneras hay que
decir que aquella famosa consigna de Lautréamont de que la poesía debemos
hacerla todos —como praxis de una conciencia colectiva— no era real, no fue real
y menos hoy, en esta sociedad colectiva manejada subliminalmente por las
consignas de la propaganda y la publicidad.
Entonces sí la relación del
poeta con el lenguaje se transforma en un desafío y en un proceso de ascesis
personal y se convierte en un riesgo muy difícil de conllevar.
Pero vuelvo a insistir en una
cosa: el lenguaje poético también es el lenguaje de Van Gogh de algunos
cineastas... y no hablemos de la música.
Yo encuentro poesía en todo.
Comenzamos acá.
El primer filósofo que se
plantea esto en profundidad es Nietzsche precisamente cuando trata de escapar
del lenguaje enunciativo hacia un lenguaje no atrapado en el discurso del
concepto puro, y ello con influencias de Schopenhauer, buscando de este modo en
la música, ese lenguaje en el que no existan elementos de un lenguaje denotativo
para hallar sólo un lenguaje puramente connotativo, que nos dé el fenómeno con
una inmediatez que no logra el lenguaje verbal, pues siempre se trata de un
lenguaje mediatizado, por el cual establecemos una relación de «mediación» con
las cosas.
Lo que creo es que el lenguaje
poético trata de romper esa mediatización que produce todo discurso, a veces en
la narrativa, a veces en el lenguaje del ensayo o de la crítica filosófica, que
siempre y necesariamente se constituyen como lenguaje mediatizado.
El desafío constituye para el
creador en saber «deconstruir» ese lenguaje mediatizado. Es dar a través de la
imagen —y volvemos a la imagen, la música también produce imágenes— y devolver
al mundo una especie de estado augural o estado virginal.
Yo creo que eso es lo que trata
de hacer la poesía. Eso no lo puede hacer evidentemente cualquiera.
La
relación del poeta con el lenguaje es muy especial.
G.V: Usted utilizó la palabra «riesgo» y también habló de escritura compulsiva. ¿Esa forma de escritura qué riesgos implica para el poeta?
O.P.:
Vuelvo a Heidegger quien nos va a servir de soporte en todo este diálogo.
Si el fundamento que sostiene
todo el aura del mundo es el lenguaje, cuando se lo arriesga también se está
arriesgando el fundamento óntico sobre el cual se sostiene la existencia, esto
es la propia vida desde el punto de vista existencial de lo que todavía llamamos
«existencia».
Es decir: se trata de la locura
de Van Gogh, la locura de Nietzsche y de Hölderlin quien durante esos cuarenta
años siguió escribiendo para dejarnos algunos de los poemas más puros o
enigmáticos de la poesía de todos los tiempos, lo que nos está señalando cuál es
este riesgo.
Se arriesga en-con y por el
lenguaje, el fundamento de una cotidianeidad que aparece muy bajo el signo de la
seguridad y de la literalidad.
Y sin embargo de pronto
perdemos pie en «ese» mundo que aparecía como una cosa segura.
La Cotidianeidad.
En alguna película de Hitchcock
hay personas que de pronto están viviendo una vida de total normalidad, salen a
la calle de día y todo está bien, pero de pronto comienzan pequeños signos,
pequeñas interrogaciones, y aparece de pronto un signo de paranoia y
persecución.
Todo se transforma en un gran
signo de interrogación —sentido suspendido— donde nadie sabe quién es el
sospechoso, o quién es el perseguido ni quién el perseguidor.
Se pierde ese sentido de la
seguridad y de la securitas en sentido metafísico.
Entonces ése es el sentido del
mundo que entra de pronto en un estado de «des-orden». Lo que vivimos hoy.
Este es uno de los riesgos que
asume el creador. Paranoia, psicosis...
G.V: ¿Esos mismos riesgos corre el lector?
O.P.: Si el lector que se complica con
una ficción cuando la ficción es realmente importante —la ficción de un
Dostoievsky— o cuando la obra filosófica o ensayística es tan provocadora y
provocativa que hasta puede crear malentendidos.
No olvides jamás que a
Nietzsche se lo culpó de haber sido uno de los hombres que desencadenó —porque
siempre tomamos el síntoma por la causa— el movimiento nazi.
Cuando el lector se complica
realmente y es un traductor y traduce el mal corre esos riesgos —corre muchos
riesgos—, corre el riesgo de malinterpretar también.
L.C.: Pero el lector ¿no es libre para interpretar?
O.P.: Sí. Es más libre porque si en el
pensamiento especulativo tenés que hacer un esfuerzo para interpretar algo y
para rescatar un pensamiento original, pues en la ficción o el poema podés dejar
volar libremente la imaginación.
Y en la poesía o en la música
hay como una especie de alianza, una especie de abrazo amoroso con el texto —un
abrazo amoroso libre— en el cual se tiene que recrear todo texto.
Lo debes hacer tuyo no para
aplicarlo a nada sino para disolverte en las imágenes que así quedan ligadas a
uno de un modo subconsciente.
No todo un poema dado, que
jamás un poema es consumido de este modo, pero estoy seguro de que un fragmento
de un poema o dos o tres versos de un poema sí.
Esos dos o tres versos pueden
después provocar cualquier cosa, es decir ser el disparador de algo que nace en
uno y que puede ser una imagen visual, incluso una narración o una obra de
ficción, todo puede ser el disparador de cualquier cosa de las que están ahí
siempre escondidas para encender la llama de un poema.
L.C.: Se me viene a la mente su breve poema Amanecer, de Senderos en el Bosque…
O.P.: ¡Sí! Se trata de un poema muy
antiguo que yo creo que tiene la influencia de los poetas chinos
fundamentalmente de Li Po. Fue como una imitación —digámoslo así— un intento de
acercarme a ello.
Yo en ese momento leía mucho a
los poetas chinos y creo que hay leer también a los poetas hindúes, a Kalidaza
por ejemplo.
Y ese pequeño poema de Li debe
de tener enorme concentración lírica.
Raúl Gustavo Aguirre en un
comentario que me hacía en una carta, me decía que el poema largo puede caer en
la dispersión de lo lírico y en la eufonía, pues resulta muy difícil mantener el
canto lírico con el tono de intensidad que este requiere si vos no tenés
suficiente aire en los pulmones. Entonces no vas a ser jamás un cantante lírico.
Mientras que el pequeño poema zen —la miniatura en la que los orientales son
maestros— existe una concentración no meramente lírica, pues en esa pequeña gota
de agua hallamos el reflejo de un mundo y la percepción riquísima de lo
infinito.
En el más pequeño reflejo un
mundo y la percepción riquísima de lo infinito.
En el más pequeño reflejo de la
luz en una gota de agua, el universo todo.
Es esa cosa que tienen los
orientales y que se da sólo en el lenguaje de los orientales, incluso en esa
escritura que los occidentales despreciaron siempre, que despreciaba Hegel, pues
creo que el único que no despreció aquello fue Leibnitz, porque parecía una cosa
compleja en la que el concepto al que nosotros habíamos logrado dar forma a
través de nuestra escritura —ese perfil muy claro— en la escritura china quedaba
mediatizada por la imagen poética, es decir, a medio camino entre el concepto,
la idea, y la imagen poética.
Y creo que ahí está la
posibilidad de que los orientales tuviesen una percepción de lo sagrado que los
occidentales no tenemos y una noción mucho más rica de la realidad y mucho más
plural si se quiere.
L.C.: ¿Cuál fue la motivación de ese poema de Senderos, La mirada y el cuerpo, cuyo tema es la corporeidad…?
O.P.: Es un poema muy antiguo es un
poema que probablemente tenga treinta años en el cual existen influencias y creo
que malas influencias.
Voy a hacer una critica de mi obra
bastante despiadada acá que creo que eso es lo que se pretende.
Borges decía que uno publica
para no corregir eternamente. Yo soy una de las personas que se niega a tener
una necesidad compulsiva de publicar.
Creo que la escritura esta muy
ligada a la memoria por eso siempre escribo para olvidar.
Esta es para mí la mejor manera
de vivir...
Diríamos que la escritura opera
no como un bloqueo sino como la liberación de algo… a veces perturbador que no
se puede soportar.
Entonces yo escribo para
olvidar siempre.
Ahora ese poema tiene
influencias de un mal surrealismo que era el surrealismo de Vicente Aleixandre:
un surrealismo del surrealismo no bien aprendido y muy mezclado con la
influencia de ciertos pensadores franceses por un lado y con la herencia del
romanticismo alemán por el otro que también tenían los surrealistas por
supuesto.
Todo ese libro es un libro de
crisis pero lo que yo creo que ocurre con Senderos en el Bosque es que
era todavía literatura sobre la literatura y no era una experiencia de vida,
aquello que Pavese llamaba la vida vivida o vida transcurrida.
Es decir si un poema mío de
hace cinco años a esta parte todavía esta allí para que yo pueda encarnarme en
esa vida vivida, esa vida transcurrida y por supuesto esa vida tamizada por el
pensamiento, alianza del pensar con la praxis, el poema está hipotéticamente
justificado.
Ya no hay separación entre la
praxis o la acción por una parte y la teoría, la aletheia o revelación
por la otra. Está todo conjugado.
Mientras que Senderos
en el Bosque fue un libro muy bien recibido, cargado en
algunas antologías, yo le encuentro mucha influencia externa: mimesis que es lo
que hace que exista literatura de la «literatura».
Toma experiencias tanto
verbales como gramaticales de la obra de otros escritores y transponerlas al
umbral de la propia conciencia.
Entonces ese libro es un
poemario de crisis... es un comienzo... una aurora y nada más.
L.C.: En qué poemas particularmente usted encuentra esa crisis...
O.P.:
Sobre todo en los poemas donde gravitó Deleuze que en ese momento recién entraba
a la Argentina.
Creo que fui uno de los
primeros en leer El Anti-Edipo en profundidad y en Senderos... se
notan influencias de su escritura sobre todo en un poema muy raro del libro que
se llama Himnos a la Noche.
Obviamente hay una referencia a
Novalis, pero la influencia real no es de los poetas sino de los filósofos, y
particularmente de un filósofo que bien conocido recién quince años después de
que yo publicara Senderos en el bosque.
Y mi segundo poemario llamado Los Nuevos Asilos fue mal recibido por la
crítica del diario La Prensa, en un comentario firmado por Cristina Piña, que
hablaba de influencias de Foucault cuando yo todavía no había leído Foucault.
Una atinada crítica como
Cristina Piña me hacía cargo de la influencia de Foucault cuando yo no lo había
leído y sí había leído en profundidad a Deleuze. Así se equivocan los críticos…
G.V.: En el breve estudio que hay en este libro...
O.P.: De Graciela Maturo y creo es uno de los mejores acercamientos que se hicieron a mi obra...
G.V: Ella habla de nocturnidad: ¿Cómo debería ser entendida la palabra?
O.P.: En los últimos años sufrí —y esta
es la palabra pues sufrimiento en el sentido de la palabra pasión, pathos,
que de alguna manera se convierte en el ser del ente— de algo que potencia el
«ente».
En esta época sufrí la
influencia de Derrida que de alguna manera es un filósofo y un poeta de la
ausencia.
Incluso de un filosofo italiano
que recién empieza a ser conocido por algunos.
Massimo Cacciari escribió un
texto fundamental para mí entre otros que se llama Drama y Duelo. Todo
ello sustenta la experiencia de vida de ese libro.
Aquí sostengo que el lenguaje
es el lugar en donde nosotros hacemos los duelos —los grandes duelos— por
aquello que Freud entendía realmente como el inconsciente: una manera de
escritura y de algún modo como afirma Cacciari, cuando el mundo esta nombrado el
«mundo» desaparece.
Creo que después de dicha la
palabra poética el poema muere y que los grandes duelos poéticos que tenemos
incluso con el mundo —pero no con el mundo como totalidad de los entes— sino con
el mundo como posibilidad de donación de sentido ese mundo deja por un instante
de sostenerse y de tener sentido.
Entonces la palabra nocturnidad
viene de allí.
Muchos han hecho hincapié en
que yo soy un poeta por derecho «natal» sólo por haber nacido en Corrientes y
por haber echo toda mi obra en Corrientes.
Un poeta «solar» sobre todo los
que han leído y se han entusiasmado con un libro mío que muchos piensan es el
mejor libro —hoy ello me provoca risa— y se llama Memorial de Corrientes.
Después de Memorial...
sobrevino una crisis nueva que tiene que ver —siempre tiene que ver— con la
muerte de los seres queridos, los fracasos políticos, las ilusiones y lo que hoy
se llama la muerte de los grandes relatos lo que me lleva a un escepticismo
pirrónico.
O más cerca de Cioran, que
siempre está de alguna manera presente en mí y que yo creo es un gran purgante
que nos libera de muchas indigestiones.
Sobrevino digo un estado de
crisis que yo creo que es un arreglo de cuentas con el pasado y con el presente
y una especie de indagatoria muy profunda de la conciencia.
Y entonces uno se convierte en
poeta solar y poeta lunar, y la luna siempre es el símbolo de la muerte y
constituye el símbolo de la muerte en el sentido de que también se nutre de la
luz del sol.
El poema, dice Graciela Maturo,
es un sarcófago que el poeta construye y deshace para volver a salir de él. Ese
ya es el poeta lunar y no solar.
Yo he realizado este tipo de
experiencia poética porque he puesto especialmente en muchos poemas míos este
sentimiento....nocturnal, de vacío y deriva.
L.C.: ¿Hay una motivación especial en la poesía que esta escribiendo últimamente?
O.P.: Esta es una etapa mía en la que
yo estoy muy influido por Derrida, Cacciari y otros pensadores de lo que hoy se
llama posmodernidad y en la cual lo fundamental para mí ha sido la experiencia
del vacío de los nombres y la muerte del sentido.
El nihilismo extremo.
Por eso Heidegger decía «faltan
nombres sagrados»: es como si ya el lenguaje no fuera suficiente ni para donar
sentido ni para reconstruir el mundo como sentido.
El lenguaje como donador de
sentido del mundo. Es decir una experiencia de nihilismo extremo conduce mi
visión del «todo», explícitamente en mis últimos libros.
Uno se llama La memoria de
Láquesis y el otro se llama Fresas Salvajes, porque esta
dedicado a Bergman, y yo creo que si esta dedicado a Bergman está bastante
explicado este sentido de la crisis —sobre todo porque es el titulo de una de
las películas que más me gustan que es Cuando huye el día, ese examen
fenomenológico de conciencia del protagonista, y ese huerto vacío al que ya no
puede volverse nunca.
Se trata fundamentalmente de
algo que inició Nietszche con la posmodernidad guste o no a los filósofos del
neopositivismo o del neorrealismo, que sobreviven todavía en este mundo.
Es decir: hemos dejado
definitivamente la tierra firme y no podemos volver atrás.
Hemos quemado los puertos y no
las naves y no podemos anclar en ninguna rada pues no hay tierra segura y es
imposible volver a esos puertos inexistentes ya.
Esta es la experiencia de lo
que yo llamo nihilismo extremo, por la cual el mundo comienza a escapar del
lenguaje, y eso está reflejado allí, por lo menos en ciertos textos.
Eso, decía Maturo, sucede a
partir del libro Golpe de Gracia y se da plenamente en Claroscuro
y en dos libros más por publicar.
L.C.: ¿En los últimos tiempos ha notado cambios en la actitud de la crítica frente a su obra?
O.P.: Sí. Hoy en España, Francia, (y
otros países de Europa, Brasil y Venezuela) vaya paradoja donde incluso han
editado un CD con cuatro mil poetas de la segunda mitad del siglo XX —tesis
doctoral de Juan Ruiz de Torres— que incluye mi obra.
A su vez, entre otros muchos
sitios, Fortunecity incluye mi biografía y poemas de La Memoria de Láquesis
que ha sido ignorado acá y que resume el trabajo de más de diez años.
«Es mi libro» y así lo
asumieron quienes me siguen. En el Paraguay —Asunción— la crítica se ocupó
ampliamente de él. Y de pronto un poeta sevillano al que desconozco me propone
una antología para esa ciudad fabulosa que es Internet.
La botella que se ha tirado al
mar tiene extraños destinos.
En éste sentido todo giró 180
grados por efecto de Internet: ahora me están publicando en Miami, en Portugal,
España, México, Francia, Italia, y otros países de América Latina.
Y creo que sólo se trata de un
comienzo. Vaya uno a saber cuál es el destino de la obra más allá de las
influencias marketineras.
Y muchas otras antologías: la
Aliberti, por ejemplo. La memoria de Láquesis me dejó extenuado. Al borde
del abismo...
Lo presenté en el Congreso de
Buenos Aires, pero acá decidieron ignorarlo.
No hay lugar —topos—
para un auténtico poetizar.
Todo es vanguardia, moda: estética
mezclada con ¡derechos humanos!
¿Sobre qué y de qué modo
escribirían los poetas argentinos hoy si no mercantilizaran la poesía con la
defensa de los derechos humanos y el recuerdo de la «dictadura»?
Creí que iría más lejos. Ahora
después de publicar Claroscuro —un cruel autorretrato— en el que pongo
negro sobre blanco toda mi cosmovisión del mundo y de la vida continúo con más
fuerza que nunca el camino de las quimeras.
¿Qué relación tiene ya el
poetizar con el destino histórico —con la historia y su fundamento— el de los
pueblos?
Creo que ninguna cuando la
homogeneidad de los cultos del pensamiento único se validan más allá de todo
voluntarismo político.
De cualquier manera mi obra
creo va ser incluida en las cátedras de Palo Alto, otras revistas de Internet.
Me encanta el nombre de la última revista que va a recoger mis poemas en España:
La pájara pinta.
Ahora estoy escribiendo muy
lentamente. Porque la experiencia anterior me enfermó psíquicamente. Y estoy
escribiendo además pequeños ensayos.
El cine sigue siendo mi pasión
total... y la música por supuesto.
Mis lecturas pasan siempre por
los mismos lugares, Blanchot, Bataille y los nuevos pensadores españoles,
incluido Félix Duque.
No olvides que está también
publicado mi ensayo sobre «Nietzsche, sonámbulo del día» en las «Actas de
Filosofía» que dirigía Silvio Maresca y un estudio sobre antropología del
carnaval que di en Cádiz.
Hoy te digo me divierte el
periodismo corto, contundente: incluso el análisis político o literario. También
algo de radio... ¿por qué no?
Y seguramente no moriré sin
hacer una película.
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Página web de Óscar Portela:
http://www.universoportela.com.ar/



