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Hitler es sin duda uno de los
personajes históricos más conocidos y odiados del siglo XX. Responsable de
llevar al mundo al abismo de una guerra mundial que provocó la muerte de 60
millones de personas, cifra que escapa a la comprensión humana. Nadie puede
imaginarse 60 millones de personas muertas, es algo imposible para nuestra
mente moral.
Una figura histórica que haya provocado tanto daño debe
ser estudiada en profundidad. Aunque hay una marea de libros y monografías
en torno a Hitler muy pocos son los que han analizado la zona oscura, las
raíces del mal. La historiografía oficial utiliza la técnica del avestruz.
Aquello que escapa a su comprensión lo rechaza como imposible. Aunque tal
rechazo implique aceptar que al final la Guerra Mundial se debió a la mala
suerte de que llegase un loco al poder de Alemania. Esta actitud es un
insulto a la inteligencia. ¿Quién fue realmente Hitler? ¿Cómo explicar que
uno de los pueblos más cultos de la época se dejara embaucar por un loco?
¿Cómo pudo un tipo con un bigotillo ridículo pasar de vagabundo a intentar,
y casi conseguir, la conquista del mundo? ¿Qué eran esos símbolos extraños
de que se rodeaba? Demasiadas preguntas sin respuesta oficial. Debemos ver
todas las facetas de Hitler para empezar a intuir quién fue en realidad: el
paladín de una nueva y tenebrosa era, el heraldo de un paganismo negro y
perverso.
Cuando los aliados «liberaron» Europa quedaron
horrorizados. No sólo era el terrible espectáculo de los campos de
exterminio nazis, a fin de cuentas tenían como aliado a Stalin que aniquiló
y deportó a millones de hombres ante la vergonzosa pasividad aliada, sino lo
que realmente les horrorizó fue que tras esos campos de exterminio había una
ideología diferente a todo lo conocido. Comprobaron atónitos como el nazismo
había sido algo más maléfico y oscuro de lo que habían imaginado. Y
decidieron ocultarlo.
No fue hasta los años setenta del pasado siglo cuando
se empezó a iluminar esas oscuras regiones de la historia. Y lo que
descubrieron fue sorprendente: El nazismo hunde sus raíces en el río
ocultista que recorre Europa desde el siglo XVIII. Organizaciones secretas
como la Deutscher Bund, la Tugembud, los Iluminados de Baviera o Thule,
fueron sin lugar a dudas materia de inspiración para el nazismo. Debemos
recordar aquellas palabras de Hitler cuando afirmaba que «aquel que vea en
el nazismo un movimiento político, es que no ha entendido nada». La gran
fuerza del nazismo se encuentra en ser fundamentalmente un movimiento
espiritual e irracional, donde prima la intuición sobre la razón, la acción
sobre la contemplación. La fuerza del mito cobra en el nazismo el
protagonismo absoluto. La personificación del mito es la sangre, ese liquido
tan especial como recordará Steiner.
Sobre la simbología nazi debemos detenernos, no debe pensarse que eran meros
adornos elegidos al azar. En el nazismo la simbología era una fuerza real y
poderosa. Al igual que antiguos imperios olvidados por el tiempo, los nazis
pensaron que determinados símbolos otorgaban poder y victoria. Sólo así
debemos mirar a la svástica, símbolo milenario que existe desde el principio
de los tiempos y que fue rescatado por los nazis. La utilización de las
runas, la antigua y misteriosa lengua de los guerreros de Germania, el
águila, que coronaba los estandartes imperiales de los ejércitos nazis, es
un símbolo utilizado por los persas, romanos, rescatado en el siglo XIX por
Napoleón y retomado en el siglo XX por los totalitarismos. Los nazis la
utilizaron mirando a la siniestra, al igual que la svástica que la giraron
también en el sentido contrario al que durante milenios se había utilizado.
El país más culto de Europa tras la derrota y humillación de 1918 volvió su
mirada hacia un pasado mítico y legendario de grandeza donde encontrar
consuelo. El paganismo que no había desaparecido por completo de Europa
regresaba de la mano de los círculos iniciados y ocultistas. Thor, Wotan y
otros dioses extraños regresaban a sus dominios precristianos.
Desde esta nueva óptica, Hitler se nos aparece como un profeta de una
maligna religión. Todos los grandes hombres del Reich, todos los que
detentaron gran poder habían pertenecido a sociedades esotéricas y
ocultistas. ¿Cómo podemos explicar si no que un hombre prototipo de la
mediocridad física y moral, iluminara y entusiasmara a la masa?
Los nazis creyeron en su ideología, no fue fuego de artificios para engañar
a la masa. Realmente pensaron instaurar un nuevo orden, con una nueva moral
que suplantase a la bimilenaria moral occidental. En este contexto no nos
sorprende que realizaran búsquedas de reliquias en la creencia que el mero
hecho de poseerlas les otorgaría la victoria. La película de Indiana Jones y
el Arca Perdida está basada en un hecho real: en 1943 se pone en marcha la
operación «Trompetas de Jericó» cuyo objetivo era encontrar el Arca de la
Alianza. No fue la única búsqueda delirante que realizaron los nazis,
extraña fue también la expedición al Tibet en un intento de encontrar al Rey
del Mundo que habita en el Shambhala. Como curiosidad recordar que España
también fue objeto de estas búsquedas, pues los nazis pensaron que los
cataros bien podían haber ocultado el Santo Grial en los Pirineos. Una
reliquia que sí encontraron fue la misteriosa Lanza de Longinos, supuesta
lanza que atravesó el pecho de Cristo en la Cruz. Hoy puede contemplarse en
el Palacio del Hofbug. Al frente de estas búsquedas había un departamento de
las SS denominado «Ahnenerbe» o Sociedad para la Investigación y Enseñanza
de las Herencias Ancestrales, prueba de la importancia que los nazis
otorgaron al esoterismo y al ocultismo.
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