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Calvino, fantástico autor italiano, hizo de su literatura un glosario de
inventivas.
Aunque son varias las
etapas de su escritura, siempre se mostró fiel a la frescura narrativa,
a la innovación (de ahí, por ejemplo, destaca su pertenencia al
Oulipo,
que también contó con otros nombres claves como Raymond Queneau o, sobre
todo,
Georges Perec), a las apariencias sencillas que habrán de terminar
en las bibliotecas universitarias, a modo de sesudos estudios
filosóficos. Pocos son los textos en los que no adopte el autor un tono
casi infantil, inocente, de libélula engalanada. En este breve cuento, La leyenda de Carlomagno, Calvino retoma la potente figura histórica de Carlomagno y la observa desde su lado más sensible, su carita más risueña, hace del emperador un hombrecito enternecedor. Y lo hace en muy pocas palabras, y con una precisión fascinante. Dos minutos y diez o doce líneas bastarán para aflorar una emoción en el lector.
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Alejandro
Tobar Salazar,
autor gallego, es colaborador habitual de la Revista Almiar / Margen Cero.
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La leyenda de Carlomagno El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.
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Revista Almiar (Madrid; España) / nº 32 / febrero-marzo 2007
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