|
Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero
Viaje al corazón
de los poetas
La niña lorquiana del bello rostro ya no puede
coger aceitunas, en el poético paisaje, sin que le pase nada. En cualquier
momento, puede ser asaltada por una nube de capuchas y navajas, capaces de
rajarle el verso del alma y de coserle el cuerpo a estocadas. Después de muerto
tampoco nadie queda a salvo, se ultraja el verso para que no quede rastro de
poesía, o sea de vida. Quizás eso era lo que pretendían los mozalbetes con la
tumba de Gregorio Ordóñez. Qué distinta estampa, aquellos sentimientos de
Hernández besando hasta los zapatos vacíos, sentado sobre los muertos, con la
mano del corazón. Lástima que los servidores del bien común, que son guardianes
(o debieran serlo) de la poesía, les falte el coraje de los poetas; a mi juicio
una virtud indispensable para no dejarse guiar por ideologías partidistas, por
grupos de presión endemoniados que fomentan lo antipoético o por el deseo del
poder para hacerse grande, que no libre como el verso.
También han tomado posiciones tremebundas las
noches de cristales rotos. Son batallas absurdas que encienden el odio y la
venganza, en este morirse un poco en cada instante o en este malvivir diario.
Unos avanzan alocadamente mientras otros retroceden aturdidos. Crecida la
desunión, los horizontes
asimismo son distintos y generan discordia. En suma,
todos vamos sin rumbo a ninguna parte, rumbeando la vida como podemos frente a
tantas fuerzas contrarias que la siegan. No tiene nombre este alboroto de
caprichos, que no deja tranquilo ni a los que están muertos, ni esta angustia
que no cesa de invadirnos por dentro. Me niego a recibir el espíritu burlón que
me deja sin sueños. El burladero esta repleto de impertinencias. Es una burla,
por ejemplo, que los políticos se entrometan en la justicia y no la dejen
trabajar. O que la educación no sea común en España como denuncian gentes de
historia y de palabra. Perdido el sentido de pertenencia a un Estado, o enviada
la literatura al destierro, sólo se me ocurre buscar amparo en el modernismo del
hada madrina, en los caballos con alas, en el humano que, a pesar de los
pesares, aún posa sus labios en los pétalos del amor.
Pablo Neruda pudo escribir los versos más tristes
una noche. Nosotros, de seguir así de repelentes, los escribiremos
cotidianamente con lágrimas. Realmente, es tan corto el amor y es tan largo el
olvido. ¡Qué poco se vive hoy en día del amor!; ese que se dona sin medida, sin
reclamo alguno. Nos hace falta purificarlo de momentos poéticos. La lírica es
una ocasión propicia, sobre todo para pensar con el alma. En el camino, una
creciente muchedumbre de humanos, sufre. Un dolor que nos ha de interrogar,
cuando menos. ¿De qué vale la escultura de un cuerpo, si los interiores son tan
fríos que hasta los ojos me congelan el habla? ¿Y qué me importa tu cariño,
entonces, si todo lo que acaricia lo desgarra? Seguramente si tuviésemos la
actitud conciliadora que defendió Claudio Guillén hacia todo lo que sea
conocimiento y cultura, tendríamos otra altura de miras. Por argumento, es
decir, por cargo de conciencia: no reírnos jamás de las lágrimas de un
indefenso.
Por desgracia: ¿cuántos sucesos nos tronchan el
corazón a diario? No tenemos dedos en la mano para contarlos. Esto debiera
impulsarnos a cambiar nuestros modos de vida y a corregir modelos de crecimiento
que nos distancian. A mi juicio, el ensayista Ángel Ganivet, puso el acento en
la cuestión al decir que «las verdades de los hombres tienen que ser como
piedras y los cargos que ejercen, como cántaros: pase lo que pase debe romperse
el cántaro». Yo también pienso que no se puede permanecer en los altares del
poder de por vida, porque cuando se alarga el tiempo, todo tiende a corromperse.
Se pierde hasta ser dueños de nosotros mismos. Atmósfera que facilita las cosas
a ese mundo de emperadores sanguinarios. La legión de lobos, que nos encarcelan
de miedo, es un indicativo de la poca seguridad que tenemos. Así triunfa el
terror que se traga la libertad de la palabra.
Por ese desconsuelo que me corta las alas del
verso, viajar a diario al corazón de los poetas para ponerme en su escucha, se
ha convertido en un afán y desvelo para servidor. Me gustan los espíritus
creadores, los que amasan la expresión poética de la autenticidad, los que
injertan en sus inimitables poesías, los más sencillos y, a la vez, los más
hondos sentimientos de la existencia humana; una existencia que nos desborda de
lágrimas y que debiéramos encauzarla, bajo la dimensión poética y lo antes
posible, para no someterse a esclavitudes, muchas veces generadas desde poderes
necios, puesto que lo único que fomentan es el enfrentamiento de personas contra
personas. Estoy convencido que nos hacen falta poetas de vida, o sea de
horizontes claros, que impulsen la conciencia humana de la sabiduría y de la
voluntad.
Sólo los soñadores del verso,
en su estado puro, pueden convencernos de la prioridad de la ética sobre la
técnica, de la primacía de la belleza humana sobre las cosas, de la superioridad
del espíritu de la estética sobre la materia. El mundo no podrá seguir mucho
tiempo por este camino de máquinas desconcertadas y desconcertantes. Precisamos
volver a ese caminante esperanzado que hace camino al andar. No hay que buscar
plantas milagrosas que ayuden a morir, hay que ir al encuentro de la vida. Los
poetas, en esto de alentar son unos campeones. Rubén Darío puso la esperanza en
que ser sincero es ser potente. Calderón colocó la ilusión en el primer paso de
cada día. Hermann Hesse situó la vida de cada ser humano en un camino hacia sí
mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero… Realmente, la vida no es
una ciencia, más bien creo que es una conciencia, y, en todo caso, un poema para
ser versado. Destrozar su rima es como descuartizar la existencia humana,
estimular a la nada que nada es y que no cabe en metáfora alguna.
__________________________

Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados. 

|