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LA VOZ POÉTICA DE
LORCA:
Llanto por Ignacio S. Mejías
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Camilo Valverde-Mudarra
Se distinguen en las
obras de Federico García Lorca tres momentos poéticos, que Jaroslaw M. Flys
1 especifica como: Tiempo de «singularización
simbólica» en el ámbito abstracto e intelectual, en que Federico, un poeta
joven, influido por el ya maduro Juan Ramón, intenta emular aquel camino que
conduce a «Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas» y atraído, por el
simbolismo, buscando, encuentra en los «emblemas» el medio de expresión de su
observación mística.
Son
aquellos elementos denominados símbolos que, poéticamente lexica-lizados,
fosilizados, forman parte de la herencia poética popular: «el color blanco: pena
o pureza; el rojo: amor o pasión; el azul: candor, inocencia». Con el viejo
«simbolismo» se entretejen muchas expresiones poéticas de Federico en el Libro
de poemas.
El
tiempo «de observación visual» en que tiene primacía la metáfora. Ahora, desde
el Poema del Cante Jondo, Lorca descarga su obra de todo intelectualismo.
Luego ya, especialmente en el Romancero gitano, hasta las más genéricas
ideas se concretizan en una figura dúctil y tangible. La aprehensión del
contenido del poema se desprende de lo intelectivo para venir a reflejar los
aspectos pictóricos. Así, cuando Federico quiere destacar que Antoñito el
Camborio era un «valiente», atributo anímico, escribe: «Se acabaron los
gitanos / que iban por el monte solos».
Y, en tercer lugar, el tiempo de «simbolización», como grado
supremo de la intuición poética. Es el momento de Poeta en Nueva York,
donde «cada poema es un símbolo y todo el libro es un gran símbolo».
Como es natural, esta
periodización no ha de entenderse en un sentido de compartimentos estancos, sino
por referencia al instrumento poético que predomina. En la producción lorquiana
hay, además, un común denominador que Ortega definió magistralmente: el sentido
vegetal de las ideas y las cosas. «El andaluz
—afirma—
tiene un sentido vegetal de la existencia y vive con preferencia en su piel.
El bien y el mal tienen, ante todo, un valor cutáneo: bueno es lo suave, malo lo
que roza ásperamente». Todo el lenguaje poético de García Lorca rezuma este
sensorialismo de la tierra.
El Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, como ha indicado la crítica,
representa la fusión de los rasgos técnicos en amalgama característica. Cansado
de lo foráneo, al volver de Nueva York, siente el arrollador impulso andaluz y
se introduce en el arrullo del seno maternal de sus quereres granadinos: El
Diván del
Tamarit, posiblemente, sea un regreso a la proyección y factura
del Libro de poemas. Por su parte, el Llanto configura la
síntesis, el lazo de unión entre el período andaluz y el espacio lejano y
foráneo, la plasmación de la concreción regional en la abstracción universal.
El poema, en sus orígenes y motivaciones, responde a una realidad
concreta de prestigiosa celebridad. El renombrado torero, Sánchez Mejías era el
mecenas artístico que, en el 1927, suscitó la afirmación pública en el Ateneo
Sevillano del concilio poético, denominado Generación del 27; habiendo decidido
retornar a los ruedos, sobrepasada ya la madurez, por esa misteriosa pasión
incontenible de la sangre torera, reapareció el verano del ‘34. Federico, desde
aquellas gradas, en que presenció y, con mucha frecuencia, cantó a la muerte,
amiga apostada tras su nuca y tema recurrente en sus versos, aquella tarde
encontró su frío rostro enfrente, muy distinto al que vio en el Romancero
gitano. Allí, viendo, en la arena, la sangre palpitante de Ignacio que
«subía por las gradas con su muerte a cuestas», quedó, Federico, anonadado
con su amistad herida por el cuerno.
Los personajes de aquellos otros poemas caminaban revestidos de
un aire fabuloso que los transformaba en semidioses legendarios; el Llanto
desciende y se inserta en lo humano, se centra en el hombre y se mueve por
la vida y la muerte real y próxima. De sus versos, saltan y resuenan, en la
memoria, las altas analogías con el «Llanto» de Manrique en las Coplas a la
muerte de su padre; los rasgos protagonistas del muerto encuentran el porte
idéntico de caballerosidad y valentía en el trance: el ser humano efímero y
fugaz supera triunfador su partida final. Fundado en esa semejanza, el poeta se
permite la emulación y el calco de la loa de Ignacio a través del glorioso
modelo manriqueño.
El Llanto está estructurado sencillamente de forma recta y
horizontal. El poema se mueve con intensa emoción, que queda atrapada en los
cuatro pasos de la cornada, como cuatro actos de la tragedia. Una vez que ha
descrito La cogida y muerte del torero, Lorca ve y huele la sangre que a
borbotones tinta la arena en La sangre derramada, y, mientras va dejando,
poco a poco, de brotar, emprende la alabanza de su amigo Ignacio. Tras la plaza,
la escena cambia, ahora fija su mirada, el torero yace ya de Cuerpo presente;
la muerte señorea y Federico dolorido se revuelve y se enfrenta a ella, acto
supremo al que quiere exhortar a los mortales audaces y valerosos. En el último
acto, el Alma ausente, antítesis de la expresión anterior, entabla el
dialogo con Mejías, muerto a la doble vida, como apunta Manrique, a la terrenal,
en que muere el cuerpo, y a la imaginaria, que atañe al recuerdo y a la memoria.
Salvo el primer capítulo, que se ciñe concretamente a la
descripción, el resto del poema se halla entramado en una armazón lingüística de
carácter oral y conversacional. Lorca quiere mantener vivo el instante tremendo
de la embestida, el grito contenido del ruedo mientras el toro zarandea, como
pelele al Maestro indefenso, los comentarios de las barreras, el terror del
callejón y las esperanzas rotas en los burladeros; corren las cuadrillas y,
quebradas por el estremecimiento, lo llevan moribundo con «su muerte a
cuestas».
¡Que no
quiero verla!
…
¡Quién me grita que me asome!
No me digáis que la vea.
…
No. Yo no quiero verla.
La exuberancia de imágenes es extraordinaria, casi todos los
versos del Llanto encierran alguna metáfora. En Lorca, tiene vida propia
la metáfora; no se basa, como la tradicional, explica C. Bousoño
2,
en la relación física o moral entre los términos, sino en la identidad de
emoción, que llama «visionaria».
García Lorca es un poeta de altura extraordinaria; es un maestro
del encaje y ritmo poéticos. Conoce a la perfección el arte de la versificación.
NOTAS:
1.
Flys, Jaroslaw M., El lenguaje poético de
Federico García Lorca. Gredos, Madrid, 1955.
2. Bousoño, Carlos, Seis calas en la expresión poética española. Gredos,
Madrid, 1951.
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Camilo Valverde-Mudarra y Carrillo.
Nacido en Alcalá la Real (Jaén), España, vive entre
Granada
y Málaga. En la Universidad de Granada, obtuvo la
Licenciatura de Filología Románica. Tras ganar las
Oposiciones a Cátedra de Lengua y Literatura Españolas,
trabajó en la Enseñanza Oficial, en Córdoba y después en
Málaga. Más tarde, se diplomó en Ciencias Bíblicas y fue
nombrado Profesor de la Escuela Bíblica de la Axarquía,
donde imparte clases.
La docencia, ejercida con vocación y entrega, la lectura
amplia y profusa y la pasión por escribir, han sido
desde siempre su preferencia y dedicación. Ha publicado
un manual para Bachillerato, ensayos Consideraciones
Lingüísticas, Las mujeres del Evangelio,
La religión del amor más grande y varios libros de
poemas: Cien Sonetos de amor y quebranto, Del
Soneto al Evangelio, Arrecifes del alma y
otros. Escribe en varios periódicos y revistas y algunas
páginas de Internet, actualmente en el 'Correo de
Málaga', en la 'Prensa de la Axarquía', en la revista
poética 'Utopía' y colabora en el diario 'Sur', de
Málaga.

http://blogs.ideal.es/OpinionyPensamiento/
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