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En Estados Unidos es casi unánime la idea de que los conservadores son gente
religiosa y compasiva, mientras que los liberales son progresistas, están
siempre a favor de los cambios y de la socialización de la compasión. Si en
América Latina un liberal es un indigno servidor del imperio americano, en
Estados Unidos es un estúpido izquierdista, en ocasiones algo menos que un
traidor a la nación bendecida por Dios.
Pero éstas no son sólo definiciones populares; los discursos moralizantes
siempre van acompañados con algún tipo de práctica que los confirman o los
contradicen. Por ejemplo, no pocos compasivos conservadores angloamericanos
son aficionados a las armas. Con frecuencia son los mismos que se
escandalizan del horrible espectáculo que dan los españoles torturando y
matando a un toro por placer, mientras su deporte favorito es salir a matar
ciervos, pájaros y todo bicho que se mueva, no por compasión sino como
civilizada diversión. Hay excepciones: algunos millonarios salen a matar
animales para alimentarse, lo cual es un argumento respetable, propio de un
alma compasiva. O es un problema de tamaños o simplemente es la vieja
historia: los salvajes son los otros, no nosotros. Los mapas de la Europa
medieval nombraban a África con el nombre «Barbaria»; para los antiguos
griegos y romanos, en cambio, los bárbaros eran los rubios del norte, de la
periferia del imperio, and so on.
La última tendencia indica que para ser considerado un buen liberal —si los
hay, porque esta calificación ya se usa como insulto— hay que tener al menos
valores y principios conservadores. Esta simplificación es producto de la
escolarización realizada por los medios de desinformación, especialmente por
las radios, donde se opera una paradoja histórica muy común en otros países:
los antiguos liberales republicanos son ahora los más radicales (y a veces
enfurecidos) conservadores.
Como ya vimos, después del término «conservador» el adjetivo asociado por la
repetición del discurso social es el de «compasivo», lo cual indica una
eterna sospecha de que un conservador no es un ser compasivo. Algo así como
decir «religión tolerante» o «socialista democrático». Si es socialista
debería ser democrático, pero como la historia del siglo XX ha demostrado
una tendencia opuesta, se une el adjetivo como una forma de aclaración, de
advertencia inconsciente. Lo curioso, lo paradójico, es que si hay un
calificativo o una condición difícil de acoplar a la categoría de
«conservador» es la de «ecologista». En resumen, según los más radicales, la
compasión conservadora cosiste en que la limosna que reciben los necesitados
sea recibida de la propia mano del donante, en ocasiones a través de una
iglesia (de paso Dios se entera) pero nunca a través de un sistema
abstracto, impersonal como el Estado. Para que esta lógica funcione, claro,
no deberían existir los impuestos —no por casualidad en Estados Unidos las
donaciones caritativas se descuentan de los impuestos. Es como matar dos
pájaros de un tiro, aunque el santo desconfíe.
La genial idea económica que domina el pensamiento conservador de los
últimos cuarenta años es la siguiente: si las clases altas se enriquecen más
de lo que ya son, esta riqueza desbordará hacia las clases bajas. El éxito
no hay que castigarlo, por lo tanto cuanto más rica una persona menos
impuestos debería pagar. Una vez un elocuente arengador radial dijo que los
negros pobres de Estados Unidos poseían más riquezas que los negros de las
clases medias de África, por lo cual cada negro debía de sentirse
privilegiado por haber nacido en este suelo y no en la tierra de sus
antepasados. Faltaba que cada afroamericano se lo agradeciera también a
aquellos que sirvieron de agentes de inmigración para los asuntos africanos
en el siglo XIX. Estas observaciones revelan una mentalidad
irreversiblemente materialista; ignora que la violencia moral no se mide en
dólares sino en relaciones sociales (lo que puede ser una bendición en un
contexto, en otro es una humillación). Esta idea, la idea de las clases
bajas recibiendo los beneficios que desbordan de las clases altas,
aparentemente dista mucho de ser compasiva, propia de una moral religiosa
donde todos somos «hijos de Dios». El principio universalista y democrático
de Jesús queda anulado, pero es anulado por otra idea religiosa mucho más
antigua: Dios ha querido que haya «grupos elegidos». No obstante, la idea de
que la riqueza cuando se acumula en exceso desborda naturalmente, asume que
el ser humano tiene un límite en sus ambiciones. Idea que ha sido refutada
históricamente por la práctica, con casos honrosos. Casos honrosos que son
repetidamente puestos como ejemplos sin considerar que son ejemplos por
significar una excepción a la regla y no la regla en sí misma.
Pero el punto que me interesa ahora es el primero. ¿Qué relación lógica,
necesaria o, al menos, histórica existe entre ser conservador y ser un
espíritu religioso? No vamos a refutar la inocente idea de que para ser
religioso hay que ir a la iglesia. Bastaría con que una sola persona se
declare profundamente religiosa y anticlerical, religiosa y antidogmática,
religiosa e indiferente ante todo tipo de ritual o demostración pública para
anular esta condición necesaria. ¿Quién podría negarme el hecho de
autodefinirme religioso sin religión? Por un lado, podríamos pensar que está
en la tradición religiosa la idea (aunque de origen griego) de que «todo
pasado fue mejor» y, por lo tanto, cualquier cambio nos corrompe cada vez
más. Por el contrario, la «esencia» del progresismo (pilar central de la
antigua Modernidad) es, precisamente, que la historia evoluciona para bien:
«todo futuro puede ser mejor».
Ahora, el consenso de que para ser una persona profundamente religiosa debe
ser al mismo tiempo conservadora se choca de cabezas con la historia. No
conozco un solo líder religioso que haya sido conservador, aunque sin duda
eso se debe a mi vasta ignorancia. Tal vez mi conocimiento se limita sólo a
los más grandes revolucionarios: Moisés, Buda, Jesús, Mahoma, etc. Incluso
Martin Lutero. ¿Qué no fue el padre de los conservadores sino un
revolucionario? No por casualidad su reforma se llamó «protestante», aunque
bastaría con decir que fue una reforma. Un teólogo podrá decir que una parte
de su reforma ponía el acento en un regreso a los antiguos testamentos, pero
aún en ese punto, «regreso» significó una profunda confrontación a siglos de
autoridad de la iglesia a la cual pertenecía el mismo Lutero. Y si bien fue
políticamente conservador en algunos momentos de la lucha de los campesinos,
no es menos cierto que sus reformas terminaron por liquidar el orden
medieval de organización social, además de negarles al Papa y a su Iglesia
la autoridad de interpretar los textos sagrados. Su reforma fue un
arriesgado acto de desobediencia y una revolución en las estructuras
sociales de su época.
Aún menos en Jesús podemos descubrir algo que pueda ser calificado de
conservador. Por el contrario, abundan los ejemplos de su desinterés por el
dogma y las convenciones sociales y religiosas de su época. No me imagino al
hijo del carpintero saliendo de caza con un grupo de ostentosos fariseos o
recriminándole a la viuda por su miserable moneda. Más que desinterés por el
poder y el protocolo: sosegado desprecio. Bastaría con recordar cada uno de
sus cuestionamientos a la ley, al orden establecido por su propia religión y
por la estructura política del Imperio: no se enfrentó al poder político
tirando bombas o promoviendo guerras sino negando su valor en la vida
humana, es decir, dejando de reconocer la autoridad, desobedeciendo. La idea
de dar al César lo que era del César es un desprecio y no una claudicación.
Cuando salvó a la mujer adúltera de una muerte segura que imponía la ley de
Moisés, lo hizo anulando esta misma ley; no declarando que la ley debía ser
ignorada, quebrantada, sino procediendo con un razonamiento muy simple e
implacable: «El que esté libre de culpa que tire la primera piedra». Si la
ley permanecía vigente, ya no podía haber un juez sobre la tierra que la
aplicara. Que es lo mismo que su anulación. Claro que si Jesús hubiese hecho
la misma pregunta en nuestros orgullosos tiempos más de un pecador hubiese
arrojado no una piedra sino una maravilla de la ciencia. ¿Qué no diría
Cristo de aquellos cristianos compasivos que defienden con ardor y serenidad
la pena de muerte? No estaría de más recordarle a aquellos puritanos que se
golpean el pecho por su alta moral, que no sólo el orgullo es el peor de los
pecados, profusamente mencionado en sus libros sagrados (y en los mismos
escritos luteranos), sino que el mismo Jesús, cuando fue abandonado y negado
por alguno de sus discípulos, fue seguido y llorado en soledad por una
prostituta, María Magdalena (aunque los teólogos de batalla han hecho
inhumanos esfuerzos por demostrar que Magdalena no era prostituta). Olvidan
también que la doctrina calvinista de la riqueza material como signo de ser
uno de los elegidos por Dios, se derrumba ante una sola frase de Jesús: «Más
fácil será que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al
Reino de los Cielos». Hay que ver a Jesús, el hijo de un pobre carpintero
que nunca realizó su sueño americano (o romano) porque tampoco le
interesaba, cambiando su burro por un Suburban Utility Vehicle o por los
confortables primera clase de los aviones que usa el Papa. O la subversiva
costumbre de Jesús de rodearse de pobres y enfermos, gente de una unánime
clase baja, viudas y quién sabe qué otros marginados que fueron borrados de
la memoria de la humanidad trescientos años después, en el Concilio de Nicea,
cuando se eliminaron decenas de evangelios que inmediatamente pasaron a ser
declarados «apócrifos». O su único momento de furia, expulsando a los
mercaderes del templo, tan bien representados hoy en día por las obscenas
alianzas «morales» entre políticos, firmas financieras, petroleras e
iglesias. (*)
La expresión God bless America (Dios bendiga América) ha sido, en ocasiones,
parafraseada y contestada por otros americanos que prefieren decir: God
bless America and every country in the world (Dios bendiga a todos los
países del mundo). Paradójicamente, estos «liberales» han sido acusados de
traidores. Paradójicamente estas acusaciones han venido de sectores
conservadores, es decir, de aquellos que profesan la religión del Amor
universal de Dios.
Claro que la condición de liberal o de conservador nada tiene que ver con el
valor moral de cada individuo. La mentira y la estupidez no es propiedad de
ninguno. Pero hay momentos en la historia en que uno de los bandos acumula
todo el poder, la soberbia, la mentira propia y estupidez ajena. La
costumbre entre los más poderosos es negar acciones inmorales o tomar total
responsabilidad por sus errores. En ambos casos las consecuencias son las
mismas: ninguna.
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(*) Mateo 21:12: Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos
los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los
cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; (21:13) y les dijo:
«Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis
hecho cueva de ladrones».
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