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«Cayeron él y el
rucio en una
honda y oscurísima sima».
Cervantes.
Cuando Cervantes abandona a Don Quijote a su soledad, separándole de Sancho,
sigue a éste en su ínsula, contándonos alternativamente lo que al uno y al
otro les sucede. A Don Quijote en su soledad. A Sancho en su ínsula; es
decir, en su aislamiento. A Don Quijote solo, solitario. A Sancho insulado o
aislado; sin poder solidarizarse con gentes como las que le rodeaban y que
le separaban de sí mismo, perturbándole de tal manera que no le dejaban solo
ni para el comer ni el reposo.
La soledad de Don Quijote se ahondaba melancólicamente por aquella
coincidencia con la pobreza, que con acierto poético tan sorprendente, nos
cuenta la novela cervantina en uno de sus capítulos más notable. Siente Don
Quijote su soledad y su pobreza, juntas, mirándolas y mirándose a sí mismo
en ellas, a través de aquella celosía de su despunteada media verde como si
se le fuera la vida por aquellos puntos llevándole en sus hilos el alma. El
correr del tiempo, huidero como ese hilillo verde por el que se le escapa su
esperanza, le hizo sentir materialmente su pobreza como el tiempo mismo;
comparándola con aquella espiritual y no material de que tiene como si no
tuviera, según la palabra del apóstol. Se siente pobre y sólo por aquellos
puntos escapados a su pie en el hilo de su media verde. Siente su soledad en
la de su noche, tan triste, que en ella hasta la música compañera del amor
le enfada.
Siente, por el contrario, Sancho Panza su aislamiento, acompañado de riqueza
y lujo ilusorios; hasta que, fatigado de perderse en ellos, decide muy
razonablemente su abandono. Deja su ínsula o aislamiento para ir a
encontrar, sin saberlo, y sin buscarla, la soledad más verdadera. Para
encontrarse en ella, por primera vez, consigo mismo. Pues cuando vuelve en
busca de su amo, ya solo con su rucho, perdidos los dos en la noche oscura,
tenebrosa, acaban por caer en aquella honda sima que profundiza más aún la
oscuridad y tinieblas que le rodean, y en las que, a su parecer, se iban a
perder para siempre. No sufre el desdichado de la caída y sí tan solo el
burro; como si de esta manera sutilísima quisiera indicarnos el profundo
padecer, por primera vez espiritual, por primera vez solitario, del pobre
Sancho Panza.
Y así es, en efecto, pues por primera vez le vemos encontrarse a sí mismo en
la profundidad oscurísima de aquella sima; como si por primera vez
adquiriese, angustiosamente, conciencia de sí mismo. En su cueva de
angustiado, sin dolor en sus cuerpo, sí en su alma, siente más allá de su
miedo esta angustia misma, angustia que supera su medrosidad natural al
verla naturalmente reflejada en el animal dolorido.
Tuvo que pasar Sancho por ese aislamiento mundanal de insulado para
encontrarse, al fin, consigo mismo. Para encontrar su purgatorio; pues no
podía su pasión de ser, en ese instante, tan puramente humano, desvanecerle
la esperanza. Y por esa esperanza sostenido
—su fe en su Don Quijote— trasciende su angustia en ansiedad. Y clama desde su pozo angustiado,
ansiosamente, por salir, por romper esa oscura, tenebrosa sima de su
conciencia o purgatorio. Y une su débil voz angustiada a la más fuerte,
ansiosa, de su rucho: para poner juntos un mismo grito de esperanza en su
invisible cielo.
A ese grito responde Don Quijote. Y su respuesta salvadora saca al bueno de
Sancho de aquel oscuro pozo de angustia. La fe le ha salvado. Y ahora Sancho
no miente. Dice la verdad de su espantosa cueva. No nos habla de estrellas
encendidas como alhelíes, como flores, sino de sapos y culebras y del no
poder sufrir aquel estar sepultado en vida. Por eso, cuando Don Quijote le
invoca para que le conteste si es un alma en pena de purgatorio, le responde
jurándole que no, que no es más que él, Sancho Panza, y que «nunca se ha
muerto en todos los días de su vida».
El hombre que no muere en todos los días de su vida es el que vive de ese
modo sin vivir en él, o por su docta ignorancia espiritual, como la de Santa
Teresa o por la indocta sabiduría material, como la de Sancho. Sancho no
vivía en él ni para él, sino que vivía para su Don Quijote. Por eso no moría
como muere el hombre que no vive sino para sí mismo. Muriendo en todos y en
cada uno de los días de su vida.
«Mal molido y peor parado», nos dice Cervantes que salió Sancho de su
purgatorio. Pero con segura conciencia, como le dijo Don Quijote, «Dios me
entiende y basta»
—dice Sancho—, y añade con nueva cordura admirable en él y
admirada por su amo: «y no digo más, aunque pudiera».
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