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Las estrellas brillan
sobre Toledo
Ciencia y filosofía en al-Andalus
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Carlos Montuenga
No me canso de contemplar esta
ciudad, que se eleva con gallardía sobre ásperas peñas ceñidas por el abrazo del
Tajo. Me gusta sentarme entre las jaras de la orilla, junto al puente de San
Martín, sentir el temblor de la brisa entre las ramas, recorrer con la mirada
sus murallas, tras las que se vislumbran las bellas formas góticas de San Juan
de los Reyes, circundadas por jardines, torres almenadas y campanarios
mudéjares. Las aguas impetuosas del Tajo, en su viaje hacia poniente, rodean la
ciudad por este lado formando un profundo foso, que fue decisiva defensa natural
para sus antiguos moradores. Entorno
los ojos;
el rumor sordo del río sobre el lecho rocoso y el sonido lejano de alguna
campana, que araña el cristal puro del aire en esta tarde fría de otoño, se
mezclan con el bullicio de los pájaros en la arboleda de las orillas. Parece
como si todos nuestros afanes e inquietudes quedaran en suspenso, mientras la
niebla de la llanura asciende por las murallas alcanzando las almenas; una
atmósfera incierta, en la que los contornos se diluyen, lo va envolviendo todo.
Hay veces en que, al morir la
tarde, los últimos rayos del sol flamean sobre las torres más altas y envuelven
en resplandores dorados el caserío terroso de la ciudad, como si, por obra de
algún antiguo hechizo, el polvo de los siglos se transmutara en oro. Entonces,
los ojos de la imaginación nos pueden mostrar cosas que casi siempre permanecen
ocultas: tal vez palacios resplandecientes de los visigodos elevándose sobre la
bruma, o quizá alcázares árabes rodeados por jardines y altos minaretes, como
los que hace siglos se encumbraban sobre estas rocas, cuando Toledo era una de
las perlas más admiradas de la España musulmana. A medida que nos confiamos a la
fantasía, las barreras del tiempo se van desvaneciendo, al igual que los arcos
del puente de San Martín, apenas visibles ya entre las veladuras de la niebla.
Sólo hay que atreverse a dar el primer paso, y tal vez...
He atravesado el puente, y al
alcanzar la otra orilla e iniciar la subida por las cuestas pobladas de maleza
que conducen a las murallas, empiezan a insinuarse las siluetas borrosas de una
multitud que se apresura a regresar a la ciudad al finalizar el día, llevando
animales, pequeños carromatos tirados por asnos y enseres de labor. Distingo a
mujeres, niños, hombres de todas las edades, cubiertos con burdas túnicas de
campesino y mostrando la piel curtida por los rigores del trabajo a la
intemperie en los viñedos próximos. Al verme, algunas mujeres se ocultan el
rostro tras sus velos y me observan con curiosidad. Corre el último cuarto del
siglo XI; reina en Toledo al-Mamun, soberano musulmán que ha reunido en su corte
un verdadero ejército de hombres de ciencia. Cruzo la muralla y paso bajo un
arco con grandes sillares de piedra oscurecidos por el humo de las hogueras,
sobre el que ondean estandartes de vivos colores. Apenas puedo moverme entre el
gentío, los pies se me hunden en el piso embarrado, donde la paja se mezcla con
los excrementos de los animales, y por poco no me doy de bruces con varios
hombres armados que no reparan en mí, atentos nada más que a las órdenes de un
oficial responsable de controlar el acceso a la ciudad; es un individuo alto, de
gesto altivo, cubierto por una cota de cuero reforzada con pequeños discos
metálicos, que porta al cinto una espada curva con empuñadura de marfil.
La calle serpentea entre edificios de ladrillo, torrecillas
abovedadas, paredes blancas con ventanucos cubiertos por celosías, de los que
sale olor a frituras. Más adelante, desemboca en una plaza con numerosos
tenderetes, algunos cerrados ya a esta hora de la tarde, donde los comerciantes
se afanan en recoger todo tipo de mercancías; se amontonan allí cántaros de
vino, tinajas de aceite, carnes en salazón, frascos con hierbas medicinales al
lado de cestos con frutas. Paso junto a talleres de curtidores, sastres,
zapateros y herreros. Continúo ascendiendo por un laberinto de callejas en
dirección a la parte más alta de la ciudad. Al pasar frente a un zaguán,
entreveo un pequeño patio cubierto de enredadera, y, en su centro, un pozo de
brocal labrado en el que se apoya una muchacha de larguísima melena negra. Un
poco más arriba, varios hombres con turbantes blancos conversan junto a la
puerta de una casa. De un callejón cercano, sale corriendo un grupo de niños con
grandes racimos de uvas, perseguidos por una anciana enfurecida que dobla la
esquina amenazándolos con una vara.
Ha anochecido hace rato y no
queda ni rastro de la niebla. Reparo con sorpresa en la tibieza del aire,
impregnado con las fragancias de un jardín, al borde mismo de las murallas,
donde se oye el murmullo de un surtidor sobre el rumor lejano del Tajo en el
fondo del barranco. En la parte más alta de la ciudad, se recorta contra la
negrura de la noche el alcázar del rey al-Mamun iluminado por la luz oscilante
de las antorchas, y próximo a él, la llamada Casa de la Sabiduría, un centro que
alberga a una multitud de estudiosos al servicio del monarca. En alguno de los
torreones del palacio está el famoso observatorio, desde el que los astrónomos
escudriñan el cielo estrellado en las noches serenas. Tal vez, en este momento,
se encuentre allí mismo al-Zarqalí, sabio eminente bajo cuya dirección se
completaron hace años unas tablas en las que se recogen las posiciones y
movimientos de los astros; dicen que su visión del sistema planetario supera en
audacia a todas las que se han concebido hasta ahora, y ha sido el primer
astrónomo de la historia capaz de imaginar el giro de los planetas menores en
torno al sol. Varios siglos atrás, los astrónomos árabes ya habían iniciado, a
partir de los tratados babilónicos, cálculos muy complejos de los movimientos
celestes, permitiendo el desarrollo de una astronomía matemática que culminó en
la primera y más importante crítica al sistema geocéntrico de Tolomeo. Siglos
después, esta aportación de la ciencia islámica jugará un papel decisivo en la
revolución copernicana.
Pero la corte de al-Mamun no sólo debe su fama a los
astrónomos; en Toledo viven también otros sabios entregados a estudios de
alquimia o a la preparación de remedios eficaces para aliviar múltiples
dolencias. Tal es le caso de Ben Uafid, un insigne naturalista que dirigió la
plantación de un jardín botánico junto al Tajo y ha escrito un tratado sobre
plantas y medicamentos conocido en todo al-Andalus.
Levanto la vista hacia el
cielo nocturno, resplandeciente sobre los tejados de Toledo con el fulgor lejano
de las estrellas. Al elevarse sobre el Palacio Real, el rostro impúdico de la
luna sumerge calles y plazas en una luz fría de plata derretida. Me pregunto si
bastaría con la fuerza de los sueños para viajar en sus rayos más allá de los
confines del firmamento, rumbo a la inmensidad misteriosa en la que brillan
Aldebarán, Rigel, Alhabor, Alhurab...
Puedo sentir la fascinación que ejerce la noche sobre
los pueblos originarios del desierto. Los nómadas ven surgir ante sí la bóveda
estrellada cuando el sol abrasador se oculta cada tarde tras el horizonte, y en
medio del silencio que envuelve las dunas, el espíritu se dilata sin esfuerzo en
la contemplación del infinito.
Los astros no sólo se mencionan con frecuencia en el
Corán, sino que permiten a los creyentes orientarse hacia la Meca en sus rezos
diarios. Para la mentalidad del mundo árabe, el objetivo último de la ciencia no
puede ser otro que la salvación del hombre, la de su alma pero también la de su
cuerpo; tal vez por eso, grandes filósofos como el persa Avicena, han sido
profundos conocedores de las cuestiones teológicas, al tiempo que excelentes
médicos.
En Toledo, como en otros centros del saber de al
Andalus, ciencia y filosofía han alcanzado tal pujanza en estos últimos años del
siglo XI, que la España musulmana se convierte en un verdadero faro para
Occidente. Tras un largo período de postración intelectual, la Europa cristiana
empieza a recuperar su pulso al entrar en contacto con la realidad cultural y
científica del Islam. Los vastos conocimientos en teología, filosofía, medicina,
astronomía o ingeniería que atesoran los musulmanes andalusíes, se difunden
entre los estudiosos latinos, ávidos de descubrir nuevos campos del saber. Los
manuscritos de los grandes pensadores clásicos, como Aristóteles y Tolomeo, que
los árabes habían traducido del griego e incorporado a su acervo cultural en
épocas pasadas, se vierten ahora del árabe al latín; se propicia así el
redescubrimiento de los autores griegos en el mundo cristiano, iniciándose una
recuperación cultural y científica que culminará en el Renacimiento.
El aire se ha llenado con
sones de flautas y laúdes que, desde algún lugar cercano, se ondulan con
languidez en la quietud de la noche. Camino, atraído por la música, hasta llegar
a una plaza donde aparece una villa de aire señorial rodeada por jardines. Tras
altas tapias cubiertas por enredaderas en flor se eleva, entre el perfil oscuro
de los cipreses, una esbelta torre coronada por bovedillas blancas, y al lado
hay un portalón entreabierto a un patio rodeado por columnas en las que arden
lámparas con aceites aromáticos. Veo allí a numerosos personajes de aspecto
ilustre que pasean entre los surtidores del patio rodeados de macetas con
flores, mientras los músicos arrancan las más dulces notas a sus instrumentos y
los criados se afanan llevando de un lado a otro grandes bandejas colmadas de
manjares. Es una más de las frecuentes veladas que animan la vida nocturna de
Toledo con el encuentro de renombrados poetas y filósofos. La ciudad se recrea
en su propio esplendor y tal vez sus moradores hayan llegado a creer que ninguna
amenaza puede poner fin a este período venturoso.
Mientras tanto, la situación
política que se vive en la península es cada vez más favorable a la expansión de
los reinos del norte, y en el año 1085 estas mismas calles se estremecerán con
la entrada victoriosa de Alfonso VI. Pero lejos de terminar con la supremacía de
la ciudad como promotora del desarrollo científico y filosófico, la llegada del
monarca cristiano, que aspira a convertirse en un protector de de la distintas
culturas que conviven en Toledo, va a encumbrarla todavía más. Así, durante los
dos siglos siguientes, terminará por convertirse en uno de los centros del
pensamiento más destacados en el mundo occidental.
Atraídos por la Escuela de Traductores, que funda el
obispo Raimundo en el año 1130, llegarán aquí sabios procedentes de todos los
rincones de Europa, como Gerardo de Cremona, traductor de un número ingente de
tratados sobre matemáticas, medicina y astronomía, entre los que destaca el
Almagesto, de Tolomeo, una obra capital de la astronomía alejandrina codiciada
durante largo tiempo por los eruditos cristianos. Ya en el siglo XIII, los
colaboradores de Alfonso X confeccionarán, a partir de los textos de al-Zarqalí,
las Tablas Alfonsíes, que van a ser las más utilizadas hasta el Renacimiento. En
ese mismo siglo, las traducciones de las obras de Averroes realizadas en Toledo,
permitirán que el pensamiento del eminente filósofo y médico cordobés, quien
propone por vez primera la supremacía de la razón sobre la fe, se difunda por
las universidades europeas, coincidiendo con el despertar de la escolástica.
El canto de un gallo en la
lejanía saluda las primeras luces del alba. Pronto va a empezar a clarear sobre
la vega del Tajo y la voz poderosa de los muecines no tardará en dejarse oír por
todas partes, llamando a la oración. La ciudad irá recuperando poco a poco el
trajín cotidiano, mientras los comerciantes se preparan para exponer sus
mercancías en los puestos del zoco. Las calles se van a llenar una vez más de
artesanos, mujeres con cántaros de agua, menestrales que acuden a desempeñar sus
funciones, aventureros, sanadores y mendigos. La guardia de la ciudad volverá a
hacer subir las pesadas rejas que cierran el paso en las puertas de las murallas
y se iniciará el trasiego de gentes en todas direcciones; labriegos que acuden a
cuidar los campos, patrullas de soldados, viajeros en ruta hacia tierras
lejanas.
Los contornos del puente se insinúan de nuevo entre la
bruma que asciende del río. Es tiempo de volver a cruzarlo…
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Carlos Montuenga
es Doctor en Ciencias.


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