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GEORGES PERÈC |
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Una
lista de las pinturas colgadas en una galería de arte, 81 variaciones sobre una
receta de cocina para principiantes, una simple enumeración de cosas o de
suposiciones, una serie de datos precisos acerca de sucesos intrascendentes, no
parecen configurar la estructura ideal para el trabajo de un escritor. ¿Qué interés artístico puede tener la simple enumeración de algunas de las infinitas posibilidades de ordenar los libros de una biblioteca...? Es difícil que un amante de los crucigramas, los acrósticos y las fugas de vocales pueda llegar a considerar a estos trabajosos pasatiempos como formas literarias. Sin embargo en obras como La vida instrucciones de uso [1] (1978) Georges Perèc [2], escritor y trapecista, escritor de culto y amigo de Ruiz, demuestra a través de una sucesión de descripciones —articuladas según el arte combinatoria— una apasionante forma de describir el universo partiendo sólo de lo hallado en una casa.
1. En 1965 Perèc obtiene el premio Renaudot por su novela prima —Las cosas [3]—donde narra la progresiva desaparición de un joven matrimonio de diletantes parisinos entre sus aspiraciones sociales y sus ansias revolucionarias. En 1967, junto al extraordinario novelista Raymond Queneau [4] —miembro del Colegio de Patafísica, director de la Encyclopédie de la Pléiade— y el matemático Françoise Le Lionnais forma OULIPO (Ouvroir de Littérature Potentielle —'Taller de literatura potencial'—), que entre sus miembros llegó a contar con figuras como Nöel Arnaud, Marcel Bénabou, Italo Calvino, Marcel Duchamp, Luc Étienne, y Albert-Marie Schmidt entre otros. El objetivo del grupo era explorar el potencial combinatorio de aquellas coerciones formales como la gramática y las reglas de estilo, persiguiendo siempre la expansión del campo de posibilidades narrativas. Explorar los juegos y las combinatorias posibles dentro de las reglas convencionales de la literatura. El inclasificable talento narrativo de Perèc crece bajo la influencia, precisamente, de los experimentos realizados al interior del OULIPO. Es así como en 1969 presenta su novela La Disparition [5] ('El Secuestro'), una novela policial que relata la misteriosa desaparición de Tonio Vocel y una secuencia delirante de maldiciones, asesinatos, incestos, venganzas y todos los componentes de una tragedia pequeño burguesa: banquetes, accidentes de tránsito, pistas falsas, policías rudos, informes desclasificados de inteligencia, variaciones del Zahir borgeano, paráfrasis a Melville, citas a un desconocido poeta chileno, descripciones de vestidos Chanel color gris o blanco, discusiones sobre arte moderno, variaciones sobre música docta, la utilización arbitraria de algunas palabras, cartas testimonio delirantes, y la desaparición o secuestro de la letra 'e' (la más utilizada en la lengua francesa), que en el excelente trasvasije del equipo traductor derivó en la desaparición o secuestro de la letra 'a' en nuestra lengua castellana, tan omnipresente como su contraparte francesa.
En
sus 78 mil palabras en la versión original Perèc decodifica su brillante
imaginería para construir un relato en que las formas y sus limitaciones se
convierten en un organismo expresivo que expande y contrae al mismo tiempo las
reglas de la escritura novelística, arrastrando esa ilusión pictórica que es la pequeña historia natural del hombre hacia
registros de diversa naturaleza, hacia una polisemia textual, al modo de las
paradojas en el cine chamánico de Raúl Ruiz, el Zahir borgeano, el alfabeto
Creador, el arte combinatorio, todo esto, cruzado por citas de un desconocido
poeta chileno que prefiere «emanar una identidad velada», así como por la
práctica de la intertextualiad.
Ahora
bien, se pueden tener fundadas presunciones acerca de que este poeta no es otro
que Juan Luis Martínez
[6], el autor de la
Nueva novela
[7],
entre las que se cuentan el carácter experimental de su poesía, su juego
desestabilizador de estructuras y géneros narrativos, la inclusión de puzzles,
crucigramas y caligramas de poesía china,
pero sobre todo el título, en La
nueva novela, de uno de sus poemas y la dedicatoria de otro de ellos, a
saber, en el primer caso La desaparición
[La Disparition] de una familia y, en el segundo, la
dedicatoria del poema o artefacto La
grafología a Françoise
Le Lionnais —el matemático y fundador
junto a Queneau del
Ouvroir de Littérature Potentielle. Tras este breve excursus volvamos sobre la obra de Perèc, ahora para referirnos a la que es, seguramente, su obra más importante, La vida instrucciones de uso. 2.
La vida
instrucciones de uso no es más que una
descripción de una finca, pero tan barroca
y pormenorizada que llegará a cubrir buena parte de la historia, geografía,
política y bellas artes del último siglo.
Cada
uno de sus breves capítulos está dedicado a una estancia del edificio, el
comedor del tercero a la derecha; el dormitorio de los Foulerot; un tramo de
escaleras y consiste en una descripción meticulosa y exacta de la habitación y
de los objetos allí presentes: mobiliario, adornos, cuadros y estampas,
cualquier cosa nos será dibujada con palabras, tantas como sea necesario para
evitar ambigüedades: las descripciones de centenares de objetos podrían ser
recuperadas para un catálogo de venta por correo, siendo más fieles y vivaces
que muchas fotos. Si, por casualidad, se encontrase alguien en la pieza bajo
estudio (persona, animal o recuerdo de antiguo inquilino), también nos será
descrito, con menos énfasis en lo físico que en sus ocupaciones y breve
biografía. En caso de existir anécdotas interesantes protagonizadas por el
personaje, o por alguien muy próximo, nos serán relatadas en este momento. Algo no muy distinto a lo que ha hecho Ruiz al adaptar al cine En búsqueda del tiempo perdido, de Proust.
Capítulo
a capítulo, el libro se enriquece con una variada colección de objetos, personas
e historias que poco a poco, al establecerse nexos entre ellos, van dibujando
algo mucho mayor que una simple aglomeración de habitaciones, tal como las
teselas de un mosaico van formando una figura: una «novela de
novelas», riquísima, con interesantes personajes cuyas aventuras se
extienden, durante décadas, por varios océanos y continentes. Dentro de todas
ellas, un par de metáforas de la novela: el pintor que quiere representar en un
gran lienzo a todos los inquilinos de la casa, presentes y pasados, y el inglés
excéntrico que dedica su vida a no dejar huella, mediante un complicadísimo
procedimiento en el que los puzzles juegan el papel principal. Como prueba del
abrumador contenido del libro, varios índices al final: de nombres,
cronológico, de historias.
En el preámbulo a su La vida
instrucciones de uso nos ofrece como clave de la novela una defensa del
hecho epistemológico del puzzle o rompecabezas (es el conjunto el que determina
a los elementos), seguido de una sucinta descripción de las piezas que lo
constituye.
En
La vida instrucciones de uso
[8] se pretende la mirada parcial pero totalizadora de un edificio, sus
lugares y sus habitantes. Cada nuevo capítulo supone la descripción exhaustiva
de un espacio, según sean los objetos dispuestos sobre las mesas (según sean
estas mesas y el resto del mobiliario), los cuadros sobre las paredes (y lo que
en ellos queda ilustrado). Dispuesta la escena, según sea el momento, se sucede
la posibilidad de una historia, ya sea de lo que acontece o lo que ha acontecido,
a partir de lo cual revisa antecedentes o consecuencias.
El
estilo de Georges Perèc es muchas veces árido, semejante al de un acta policial
o notarial. El autor intenta mantenerse neutral frente a lo descrito, por lo
que, para no discriminar lugares, objetos o personas, lo retrata todo con la
misma meticulosidad, nos parezca o no relevante.
En
la reiteración obsesiva de sus descripciones, enumeraciones y clasificaciones
de objetos se puede advertir un fijar la atención minuciosa y escrutadora sin
menoscabo del carácter provisorio que bajo su mirada adquiere cualquiera
realidad. Es en este sentido que la obra de Georges Perèc tiene la vocación del catálogo. Es por eso que resulta tan fascinante como el hecho del catálogo mismo, armado en función de un propósito, cual ordenamiento arbitrario de la realidad (o una parte de ella) para quedar como su referente, profuso en la descripción de su escenario.
El
catálogo siempre nos sobrepasa, en su extensión no cabe agotarlo; como el
diccionario, se convierte en referencia y, al margen de su naturaleza, como
ilustración que lo sitúa y determina en el paisaje de lo escrito. Se trata de
una lista convenida, el resultado de una pesquisa hecha en función de uno o
varios parámetros. Se asume convenida a pesar de que, en primera instancia,
pudiera parecer aleatoria. Y es en tales términos que se convierte en un reto,
a partir de los objetos, personas o ideas que son puestos en evidencia,
ordenados de tal o cual modo que uno debe descubrir los lineamientos que hacen
posibles el rigor del catálogo. Se trata entonces, como en la novela policíaca
—otra máquina de rigores— de un juego en el que queda representada la gesta trágica
del héroe, desdoblada en sus alcances sobre el lector, quien —en una
continuidad de parques— acaba por recorrer (y ser parte de) el laberinto,
trampa que esconde el último sinsentido de toda historia.
Aquí
el espacio circunscrito por la narración tiene rasgos próximos a las escenas oníricas
donde nuestra vitalidad se nutre de la obliteración sucesiva de la conciencia, alejándonos
de este modo de nuestra historia, hundiéndonos en una oscuridad que advertimos
como falla constitutiva de la memoria.
La
escritura puede, sin embargo, dispensar
a nuestra memoria, a la consciencia de nuestro vivir: las palabras le brindan consistencia
a los itinerarios vanos del movimiento por el que las cosas se digieren a sí
mismas en nosotros. Así, esta necesidad de enumerar y clasificar, de pensar y
describir, bien puede resultar la irrenuencia de una aspiración de ser. Sin
embargo, hecha esta concesión, es preciso señalar que lo que resta en la
escritura no es el sujeto ni su historia, el yo ni las cosas, sino el vacío de
una historia, su mero itinerario sin rumbo definido ni finalidad. De modo que
la aspiración de ser no significaría ya el ser que aspira a constituirse o
permanecer, sino el que resulta aspirado en la escritura quedando tan sólo la
huella impresa del vacío que el mismo ser es.
En la obra de Perèc existe una vocación de arqueólogo de lo sentimental. A lo largo de sus páginas, los personajes cobran consistencia gracias al catálogo que determina sus vidas, situándolos en medio de intrigas melodramáticas, misteriosos vínculos con objetos y síntomas compulsivos que dan lugar a aquellos particulares diagnósticos, heredados de la patología de autores de la modernidad decimonónica [9]. Se trata de un breve museo íntimo que servirá para anclar la existencia de estos personajes al inventario a partir del cual se reconocen y alinean. El catálogo, pues, determina las posibilidades de su historia, y su lugar en la trama. 3.
Así también en su novela Las cosas
[10]
los actos pueden leerse —como caligramas— en las cosas, viene dicha, en varios
niveles, su procedencia y su uso. Distendido, pero con vocación clínica, Perèc
hace la descripción que enumera y significa los objetos según una acción que se
sucede en la inercia que supone el misterio revelado detrás de su enlistado.
Dos mundos quedan superpuestos en tal descripción, el de las cosas, que en tal
orden y sucesión suponen una expectativa (y por tanto, una carencia), un gusto
(y por tanto una mirada), un conocimiento (y por tanto, una cifra). Está el
mundo de las cosas y el mundo que dice a las cosas, separación que parece
arbitraría en la tensión paradójica de su mutua dependencia.
En Las cosas,
la rígida separación sucesiva del catálogo es desleída en una descripción que
suple —a la manera de Balzac en En las primeras páginas de Las cosas, Perèc se dedica a describir lo que nos revela después
como un anhelo aún no conseguido, por los dos personajes centrales (y su
círculo de amigos) que viven a través de los objetos que acumulan, desechan,
añoran y consiguen. Son las cosas en su sucesión las que permiten la acción de
la novela, desposeída de finalidad última (una desvirtuada felicidad en
términos aristotélicos) que constituyen el grado cero de la novela burguesa,
sin redención posible, desesperada en una acumulación frente a la nada. Pero ante el vacío queda la posibilidad de
sostenerse (o de menos, asirse) en la cuerda floja del texto, novelado en su
agotamiento como negación que señala y evidencia sus mecanismos, como máquina
revelada desde la que cabe descifrar la naturaleza de lo sagrado, que se
escurre en el trazo del plano cartesiano que da un lugar a cada elemento que
constituye al paisaje narrado. Es en la perversidad natural de este esquema —en
la necesidad que se tiene de un ordenamiento a pesar de su inutilidad final—
que Perèc redime al mundo, desde el gesto hecho signo, de sus coordenadas.
Roto, fragmentado, el plano cartesiano pierde sentido, cada mínimo espacio de
la cuadrícula cumple con una taxonomía pero no con un sentido. De ese trazo, Perèc deriva al que produce un rompecabezas. 4.
Aquí,
en primera instancia no es posible establecer una secuencia lineal en la que
ocurren los acontecimientos, sino, a
lo menos, tres ejes de narración: el relato del rastreo de un hombre con falsa
identidad al que se le encomienda una misión; la descripción institucional
—sistemas de valores, leyes y costumbres— de una comunidad fueguina fanática del deporte llamada W; y las
ensoñaciones de un hombre que presenta su infancia manipulando los recuerdos de
su niñez.
En
esta última secuencia es que Perèc bifurca el ya bifurcado texto central,
realizando comentarios y comentarios de comentarios; generando con ello una
estructura cada vez más compleja en la que se desplaza constantemente el centro
de atención. Esto plantea desafíos al lector que deberá primero sobreponerse a
la creencia de que es un libro mal escrito, y segundo deberá ser capaz de
transitar de una secuencia narrativa a otra encontrando los puntos de
intersección que comuniquen de un modo casi siempre no explicito las unidades
de lectura. De este modo, el lector también deberá atenerse a la posibilidad de
que el texto se multiplique exponencialmente, atisbando con ello una mirada al
infinito; o hacia varios infinitos pues la geometría tanto cabalística como
hipertextual establece constructos ordenados con varios centros.
Sin
embargo, si se tratara de descubrir un mismo fondo a partir del cual se
articulan las distintas secuencias narrativas, éste sería, el problema del
poder. En efecto se advierte una preocupación fundamental acerca de las
instituciones y los totalitarismos políticos, incluso cercanos:
«He olvidado las razones que me hicieron escoger, a los doce años, Tierra del Fuego para instalar allí W: los fascistas de Pinochet se han encargado de dotar a mi fantasma de un último eco. Hoy varios islotes de Tierra del Fuego son campos de deportados» [13]. El orden interno de la obra sería, entonces, el de la meditación sobre el poder desde distintas perspectivas, logrando con ello una visión desde la marginalidad.
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[1]
PEREC, George,
La vida
instrucciones de uso, Ed. Hachette, Madrid, 1987.
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Adolfo Vásquez Rocca,
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de
Valparaíso y Post Grado en la Universidad Complutense de Madrid, Dpto. de
Filosofía IV, Estética y Pensamiento Contemporáneo. Ensayista, Artista Plástico
y Conceptual. Reconocido especialista en Filosofía Postmoderna, con numerosas
ponencias y publicaciones en torno a los temas de la deconstrucción y la
dialéctica modernidad y postmodernidad. Profesor de Filosofía Contemporánea,
Estética y Antropología Filosófica en la Facultad de Medicina de la Universidad
Andrés Bello UNAB. Actualmente reside en la ciudad de Viña del Mar.
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