Julio:
Me preguntas qué fue lo que vi en mis vacaciones.
Bueno. Vi París. Y eso fue magnífico, porque es una ciudad llena de unos árboles
fabulosos que tienen el tronco como si fuera un traje militar, igualito, pero
sólo están armados de pájaros y sonríen, entonces es contradictorio y
encantador. Me hubiera gustado hablar francés para preguntar cómo se llaman esos
soldados enfilados, grandes y felices, dadores de viento y sombra. Regresé con
la duda, pero con la alegría contagiada. Vi edificios maravillosos que unos son
muy románticos y otros tremendamente soberbios. No pareciera que fueron hechos
por la mano del hombre, sino que es como si hubiesen caído del firmamento (en
una noche oscurísima mientras todos dormían). Como si hubiesen amanecido ahí.
¿Me entiendes, verdad? Vi la Torre Eiffel y descubrí que parte de esa magia que
emana no es propia de ella sino de emociones dejadas. O sea: en las noches,
cuando más brilla en luces, cientos de personas se acomodan en un área verde
frente a ella (parque Champ de Mars) y la miran. Pero no creas, Julio, que la
miran y ya eso es todo, no; ella los cautiva. Mas, ¿cómo te explicaré? Ellos
(los que miran) están en ese momento como creyendo. Es decir, ella es como un
enorme hada prometiendo. Una noche recorrí tres veces el parque observando los
rostros. Impresionante. Jóvenes, viejos, parejas, amigos, hombres solos
acostados en el verde pasto con la cabeza recargada en sus mochilas viajeras.
Pero todos creyendo. No sé, me imagino que esas miles de lucecillas que
parpadean convocan la ilusión (hada de hadas). Y las personas que están viendo
se emocionan y -supongo- desean. ¿Qué desean? No tengo la menor idea. Pero es un
hecho. Quizá algunos desean recordar. Otros olvidar. Unos más, avanzar. Otros,
retroceder. Pero ellos desean, Julio. ¿No te parece maravilloso? Entonces,
volviendo a las emociones plasmadas, creo que por años la torre Eiffel ha
almacenado toda esa energía deseadora. Por eso encanta. ¿Sabes, Julio? Yo seguí
el ejemplo: me senté, miré, y creí. Por esa noche al menos, lo hice. Y eso fue
una buena noticia (eso de saber que a veces todavía puedo creer; lástima que ya
olvidé qué).
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Y luego esas estaciones del metro; cada una igual y
diferente, con músicos embrujadores entre pasillos, imágenes de cine y azulejos
brillosos. Las estaciones del metro me enamoraron. De pronto me imagino que, la
esencia de todas reunidas en una sola, formarían el espíritu misterioso de un
hombre interesante. No sé si me explico.
También vi gente libre bebiendo vino y siendo. Mucha gente vi ahí siendo. Así
nomás. ¿Verdad que es lindo saber que de pronto hay mucha gente siendo de
verdad? Vi que no hay cibercafés ni tiendas rápidas de 24 horas, pero en cambio
hay muchas fruterías, y pescaderías, y carnicerías, y unos cafecitos
encantadores sobre las banquetas. ¿Sabes qué me encantó? Me encantó que los
cafés estaban llenos de gente hablando con gente, y las mesas eran tan
pequeñitas que los rostros quedaban cerca y se miraban los ojos así también.
Cerca. Y las sillas muy juntas unas con otras de mesas vecinas. Me imagino que
el invierno es cálido en las cafeterías de París. Sin embargo, a mí me tocó un
calor impresionante. Por eso metí la cabeza al chorro de agua de la fuente de
San Michel. Además, cuando yo era niña siempre me dijeron que ése era mi ángel.
Por eso –con los ojos cerrados- metí los pies por diez minutos a la fuente, a
ver si así se me ilumina el camino que luego agarro a oscuras.
También vi Amsterdam. Amsterdam... Amsterdam me asustó.
Vi una libertad no feliz como la de París sino completamente amarga. Linda
ciudad pero poco espiritual en la parte que me tocó vivir, tocó ver. Linda cara,
sí. ¿Cómo te lo explico? Así como París me pareció una dama, Amsterdam se me
presentó quizá como la loca de Europa. Preciosa loca. ¿Sabes? Con sus canales de
barcos hermosísimos y sus edificios naranjas de puertas pequeñas y grandes
ventanas. Tulipanes y rojos. Museos y músicos. Chocolates de marihuana. Paletas
de marihuana. Chicles de marihuana. Refrescos de marihuana. Amsterdam marihuana.
Sin embargo, yo no regresaría a Amsterdam. Aunque reconozco que el nombre me
fascina. Es contundente. Me gusta pronunciar "Amsterdam". Dilo tres veces y
verás qué bien se siente. Lo que me quedó de Amsterdam en la vida fue el museo
de Van Gogh. Ahí las lágrimas se sublevan por una extraña razón. Exigen sus
derechos. Cada cuadro transmite un crepúsculo interno de una fuerza
indescriptible. Como si te tragaras una tarde amarilla. Creo que la melancolía
de Vincent era tan grande que fragmentos de su espíritu quedaron adheridos al
lienzo. Y duelen todavía.
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También vi Venecia. La mujer triste, tristísima bella
Venecia. Puertas y ventanas tristes. Fantasmas amorosos y nostálgicos platican
en las noches de ventana a ventana. No sé por qué, me dio mucha tristeza esa
agua de reflejos de luces y puentes. Por eso me fui a los dos días de ahí.
Porque algo lloraba por dentro. Por eso volví a París y a sus soldados verdes y
alegres que a veces rompen filas en los camellones. A su torre hada y su vino
rojo. A su siempre siempre.
Y al fin de cuentas, nada como llegar a nuestro propio
país. A los colores que nos pertenecen. Nos pertenecen, Julio. Nos pertenecen.
Eso fue lo que vi.