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Pasaron de dos en dos. La entrada era angosta. Caminaron sobre el aserrín
mojado, agarrados de un tubo que hacía la vez de pasamanos. Los murmullos y las
risas, ventilaron la atmósfera caliente. Una hora después, adormecidos en las
sillas de palo, los despertaron las cornetas.
Con el sol brillando en la punta de los tabachines, los habían visto venir.
El carromato se abrió paso entre bolas de rama seca y ventarrones de
polvo. Muñecos de trapo, bules, cazuelas, mecates enroscados, alborotaron el
silencio al paso de las ruedas sobre los hoyos del camino. Ya en
la entrada del pueblo, aminoraron la marcha y encendieron las bocinas. Un
sonido de mil radios descompuestos sofocó la voz del anunciante, provocando que
los que no estaban ahí, salieran de sus casas como si escaparan del fin del
mundo. Luego se aclararon las palabras y todos pudieron enterarse. A las 5 del
otro día, venido directamente de la China y aclamado por todas las naciones, el
circo de las sombras daría su función.
Entre la desconfianza y la alegría no faltó la vergüenza ajena. Dos eran el número
de artistas de raída indumentaria. Un chino de cuya chaqueta escapaban rayos de
diamantina, abrió la puerta y se colgó de los estribos arrojando por el aire
papelitos de colores. Al volante, tras un San Martín en bulto y un tablero de
peluche, saludaba el payaso del que no faltó quien dijera que en lugar de traer
pintada la sonrisa, traía dibujado un frijol.
Ni jaulas de animales, ni trapecistas con trajes de bailarín, dijo un niño entre la multitud, a lo que otro respondió con ironía que en el ruido venían escondidos el león y el elefante. Lo cierto fue que pasaron lentos como pasan los sueños y después se detuvieron al otro extremo de la calle bajo las ramas del Huanacaxtle. Nadie supo cómo, pero apenas amanecía, apareció levantada sobre gruesos horquetones la carpa con adornos de banderitas.
Se apagaron los focos. Tras el ajuar del payaso que entró de prisa al escenario
y se paró sobre una luz azul, todos adivinaron al hombre que les había cobrado
los boletos. Hizo al público la reverencia, tomó de sus bolsillos las naranjas
y al ritmo de una música de banda, las fue lanzando una por una hacia el cielo
raso. El primer asombro fue el notar que se quedaron flotando por encima de su
cabeza, luego con un chiflido las hizo caer y las devolvió de nuevo al abismo
de su pantalón aguado. Aunque hubo aplausos entre éste y otros actos, en todas
las caras brillaba el enigma. ¿ Y
las sombras?
Ese día todo el pueblo cerró a las 4.
«El diván azul» no abrió sus
puertas y las mesas de dominó por primera vez en muchos años, quedaron
desiertas bajo los tejabanes. Desde muy temprano en medio de los quehaceres y
las pláticas, unos a otros
se preguntaron la hora. Los niños, amenazados con no ir hicieron los mandados y
jugaron como cubiertos con un velo de quietud. De reojo volteaban por el rumbo
de la carpa sin descubrir por ningún lado el movimiento. El Manolo, con su
cuchara de albañil, como llevado por una extraña emoción que coronó con el
arranque de hablarle de matrimonio a la Majei, enjarró toda una barda y hasta
le sobró tiempo para sentarse
a mirar las vacas.
Claves, palitos y cascabeles, inundaron con tonadas orientales el espacio. Al rechinar de una manivela bajó el telón de gasa y todos los ojos se recargaron en el paisaje. Tenues luces acompañaron la voz del narrador que se desenredó en el aire lleno de palomillas. Tras la cortinas fueron apareciendo las sombras. Robustas y bien formadas, esbeltas y delicadas. La luna roja, metida en una cama de nubes esponjosas, alumbró los floridos jardines, las lujosas habitaciones, los ríos, las montañas que hablan, alumbró la ciudad de oro y los portales donde una noche cuajada de estrellas, dos guerreros, montados sombras en las sombras de los caballos, se lanzaron a la muerte, encendidos por la pasión de su princesa.
Las manos del chino se movían tras el telón con la agilidad de un mago. En la
historia no se escatimaron las espadas, los faroles y los besos; el dragón que
escupiendo fuego, desarmó a los más osados de sus valores. Todo y más fue lo
que hizo que en silencio empezaran a competir las inclinaciones. Unos a favor de
un guerrero, otros a favor del otro, pero en lo que todos estuvieron de acuerdo
era en el fin del emperador, que para contento general, cayó al piso, bañado
en sangre. El ambiente era espeso. En la oscuridad se comenzaron a revolver
las pasiones.
La Majei, no se inmutó cuando el Manolo le habló de casamiento. Después de
tantos años de conocerlo, sus palabras ya le pasaban por encimita. Sin mirarlo
a los ojos, entretenida con la distancia y mordisqueando unas hebras de su pelo
negro, dejó salir un ¡hummm! que se le desmoronó en los labios. Pero en la
invitación al circo vislumbró la oportunidad de presumir y se le aparecieron
en el pensamiento los vestidos que tenía colgados en el ropero. Más tarde lo
esperó en la puerta, imperturbable, como acorralada por su propio perfume.
En la penumbra a la Majei se le rodó una lágrima que corrió a quitarse antes
de que se encendieran los focos. Al salir, se tropezó con la mirada del payaso
y colgada del brazo del Manolo, la noche le pareció muy ancha y el pueblo tan
chiquito que le cupo de un golpe en los ojos. Los brillos de las hojas fueron
los primeros en avisarle que había llovido y caminó despacio, extrañada por
el placer que le daba pisar en los charcos las caras de las gentes.
A gotas de agua sonaban las patas de los grillos, dando saltos y cayéndole en
la cama, a leña ardiendo olía el aire que entraba por su ventana, un aire
lleno de monte, con ruidos de cosas que se acercaban para entrar en un sueño
que no la dejaba dormir. Imaginó el palacio, la luz de los faroles iluminándole
la esperanza de poder huir en un hermoso caballo, dándose de besos bajo la luna
colorada. De pronto, una fuerza la agarró del alma y la invitó a salir. No se
acordó del miedo cuando le
ladraron los perros y los dejó desgañitándose en la calle, tumbando las
basuras.
Aunque el Manolo jura que la dejó en su casa, dicen que la noche estaba buena para el desvelo, que la vieron hablando con un hombre y que a los dos se les salió una risa que más tardó en sonar que en apagarse. Todavía humeaba la leña cuando la fueron a buscar. Entre una cazuela abollada y pedazos de mecate, encontraron una muñeca de trapo picoteada por un enjambre de pajaritos. En su cara, creyeron descubrir a la Majei. Entonces, uno dijo: «A ésta siempre la corretearon las ganas». Todos miraron a la distancia y dejaron escapar un suspiro.
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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez

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