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Medianoche Iván
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«Comes love, nothing can be done» tarareaba el asesino a sueldo en la barra
del bar. Joni Mitchell flotaba entre el humo de los perdedores sugiriendo una
despedida de avión, niebla y París. La mujer de la fotografía que sobresalía
del bolsillo de la chaqueta de pana del asesino, al fondo del local. Apoyaba la
cabeza en la mano y acariciaba el borde del vaso de whisky, a un cuarto de
evaporarse. Los músicos de la actuación espontánea de la noche habían
llegado entre carcajadas y acompañados por dos jovencitas, aprendices de jazz.
La camarera, vieja pero conservada entre notas de contrabajo, les sirvió una
botella de bourbon y tres vasos. Joni Mitchell comenzaba a suspirar una nueva
canción y el asesino observó de nuevo la fotografía de la mujer. Examinando
sus facciones encendió un cigarro hasta quedar ciego de humo. Los demás
clientes perdían la memoria en las otras mesas, solos y silenciosos escuchaban
la música mientras mordían los cigarrillos con violencia y clavaban los
dientes en los vasos de cristal. Palpó su cintura y se aseguró de tener el
arma. La mujer seguía con la vista fija en el dedo de whisky, con la mente en
blanco, garabateada por música y en un color verde, y azul, y gris y marrón,
matices de alcohol pasados por el olvido.
El hombre con chaqueta de pana apuró su
vaso y observó a los músicos despedirse de las negras piernas de sus acompañantes,
hacerse servir otra botella, y dando tumbos, bucear en las teclas el piano,
ocultarse tras el contrabajo, otro más allá, cabalgando la batería. Las
primeras notas del Very special
de Duke Ellington arañaron los ojos llorosos de la clientela. Sonaban bien, un
jazz borracho. La pistola seguía allí, clavada en sus costillas. La mujer acabó
con el dedo de whisky e intentó buscar algo de dinero, maldijo a todos los ángeles
y siguió buscando hasta perder la paciencia y tirar con rabia el bolso al
suelo, hacer volar el vaso, que fue rodando hasta la puerta de entrada sin
romperse, y refugiar sus ojos grises en sus manos de porcelana.
El asesino hizo un gesto a la camarera,
arrojó unos billetes encima de la barra y pidió otra ronda para él y para la
mujer de la fotografía. Sonaba A little max, jazz que estrujaba corazones
y hacía mover pulmones a un ritmo tan embrujado que estaba consiguiendo una
niebla cerrada en el local. Ella recibió la bebida como un alivio y tragó de
un sorbo, después preguntó con la mirada contenta a todos los clientes, todos
le sonrieron, hasta que chocó con los ojos rasgados del asesino y su corazón
movió la silla cayendo al suelo su cuerpo y a un rincón del antro sus vómitos.
La camarera le ayudó a ponerse de pie y le acercó el bolso.
El asesino caminaba medio borracho, intentó
acercarse a la mujer, ésta tambaleó y cayó una vez más al infierno. Se
levantó y fue corriendo a la salida, pero él ganó la posición hasta detener
con su cuerpo la huída. Ella le miró y comenzó a sollozar. El asesino la
refugió en su hombro, acariciando su pelo.
—Nunca
más, debes prometérmelo —gimoteaba
ella.
—No
puedo hacer promesas, no las cumplo —sentenció
él.
—Entonces
tendremos que dejarlo, no nos veremos más. Me iré de tu cama, para siempre.
—Nena,
nena... —susurró el
asesino.
—No. O acabas de una vez con tu trabajo o yo lo hago con tu sexo. No puedo soportarlo, te veo como un cadáver. ¿No puedes ser normal?
—Tranquila, todavía no es el momento.
—Además
mi esposo comienza a sospechar del mudo que hay detrás de tus llamadas cuando él
coge el teléfono. Sabe lo nuestro. Me da miedo.
—De acuerdo
—el hombre de la chaqueta de
pana levantó con cariño el rostro de la mujer hasta besar los labios de wiskhy—. La última vez, te lo prometo. Sólo liquidar un último encargo.
El piano de Warm Valley sacó a los bebedores de la realidad y volvieron a su melancolía. Y un etéreo «sí», como de mujer enamorada hasta el final, fue ocultado por un contrabajo cauteloso que entró a disfrutar de la magia del piano de Duke Ellington.
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