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El reparto
Anabel Cornago
Sólo me entregaron su mano.
Dijeron que era lo único que había quedado de Martín tras la explosión allá en
un lugar remoto de Campuchea. Por lo menos conservaba la alianza. Un solitario
de oro blanco que habíamos comprado juntos en una joyería de la calle Goya un
día antes de casarnos. Fue una boda por lo civil, sencilla y rápida. Así éramos
los dos: él un tanto alocado y yo una indecisa.
—Alina, tú y yo nos
casamos antes de que salga de viaje con mi ONG —me había soltado con la boca
llena de pizza bien acomodado en el sofá de mi salón.
La encargó él, de
champiñón y mozarella, sin preguntarme si me gustaba. Miré a Martín, alucinada
por cómo engullía y organizaba mi vida al mismo tiempo. Sólo fui capaz de decir
un tímido:
—Bueno, Martín, si te
parece...
—Es lo mejor. Llevamos ya
cinco meses de relación.
—Pero... —hice otro
intento de hablar.
—¡Ah! —me interrumpió mientras
echaba un vistazo a la decoración—, y no es que tu piso esté mal, pero, no te
preocupes, ya buscaremos otra cosa en cuanto vuelva.
Recuerdo que por un
momento pensé que quizás debíamos esperar un poco. Martín no tenía trabajo, iba
a estrenar su primer destino como voluntario y, bueno, no hacía mucho que nos
conocíamos; ni siquiera le había contado que era alérgica a los champiñones.
Pero él atajó mis pensamientos con un «¿no te das cuenta de que estamos hechos
el uno para el otro?». Y me dejé llevar, como cuando se había presentado en mi
piso con dos maletas y la firme decisión de quedarse.
¡Ay!, qué precipitado
resultó todo. La vida en pareja, la boda y ahora una cajita metálica con los
restos de Martín. Se me pusieron los pelos de punta al advertir cuánto lo
extrañaba. Nunca antes me había enfrentado a la burocracia de una defunción.
¿Por qué no estaba ahí para echarme una mano? Yo no tenía ni idea de por dónde
empezar. Cuando murió mi tía-abuela, la velamos en un Tanatorio. Pero, claro,
estaba entera, bien acomodada en el ataúd, con la tapa abierta para que viéramos
sus manos cruzadas sobre el pecho y su nariz puntiaguda. De todos los detalles
se encargó mi madre. Pero no me sentía con fuerzas para llamarla y pedir su
ayuda; más que nada porque ella no sabía ni de mi casamiento ni de Martín. ¡Uf!
Mi madre podía ser peor con sus preguntas que un nutricionista siguiendo a un
paciente en dieta.
Así que decidí contactar
con mi amiga Claudia. Ella había sido mi testigo en la boda. Además, trabajando
en la peluquería de mi barrio había adquirido buena maña para enmendar
desaguisados.
—Alégrate, Alina —me dijo
Claudia mientras me hacía las uñas; se había presentado en mi casa un par de
horas después de llamarla, provista de un maletín y su sonrisa pícara—, creo que
Martín no era tu tipo.
—Bueno, pero...
Titubeé sin saber muy
bien qué decir. Además, ¿para qué? Claudia no me estaba escuchando. Había cogido
un par de frascos y, tras dudar un momento, exclamó:
—Te las pinto de rojo,
¿no?
La miré perpleja, pero
ella ni se inmutó al añadir:
—De rojo, no se diga más. Te
quedarán genial con el vestido negro que lleves al entierro. Ya lo verás —y dio
una pincelada enérgica.
—Sí, de eso quería
hablarte. Del entierro. ¡Estoy hecha un lío! No sé qué hacer...
—¿Pero todavía no has
llamado a una Funeraria?
—Pues no...
—¿Y qué has hecho
entonces? —preguntó curiosa.
—Bueno, pues he metido la
mano en la nevera, dentro de la caja, claro. Y después te he llamado a ti para
contártelo y quedar y...
—Por Dios, chica, cómo
eres. Menos mal que me tienes a mí. A ver, ¿dónde tienes las páginas amarillas?
Intenté incorporarme a
toda prisa para buscarlas. Claudia me volvió a sentar de un empujón:
—Espera, espera, déjame
terminar con el esmalte. ¿Para qué tantas prisas? Hay tiempo.
«Armonía y bienestar»
organizó un funeral ajustado a mis necesidades. Eran capaces de resolverlo todo.
¿Que usted desconoce la religión del finado? No importa, el párroco del Santo
Ángel se ofrecerá a oficiar un responso. ¿Tiene preferencia por algún periódico
para publicar la esquela? Pues en todos, así acertamos. Me enseñaron un catálogo
de féretros. Los había de nogal, de caoba; negros, blancos; grandes, pequeños.
¡Ah!, ¿que del muerto sólo ha quedado la mano?, pues se hace a medida. Entonces
me rebelé; fue un pequeño pataleo. Martín me había confesado en cierta ocasión
que deseaba ser enterrado, que el fuego le daba miedo. «¿Ah, sí?, ¿no me has
dejado sola con este rollo de tu funeral? Pues voy a decidir yo», pensé con
aplomo. Por primera vez en mi vida tenía claro qué quería hacer.
—Creo que la mejor
solución será que lo incineremos —comenté. Me sorprendió el tono firme de mi
voz.
—Como usted diga.
En la iglesia estuvimos
Claudia, el secretario del juzgado que actuó como testigo de Martín en nuestra
boda, dos encargados de la Funeraria, el cura y todos los parroquianos que
acudieron ese día a la misa de siete. Estoy segura de que la mayoría de estos,
todos personas de avanzada edad, no advirtieron que se oficiaba un funeral a
pesar de la corona de flores que ocultaba la cajita con la mano presente. Nadie
más acudió al reclamo de la esquela. Por mi parte, no tenía a quién más avisar.
Me entregaron una urna
raquítica con las cenizas. «¿Y ahora qué hago yo con esto?», pensé mientras
conducía a casa tras la incineración.. Claudia no había acudido al crematorio;
tenía que ir a visitar a una clienta. Siempre me dejaba sola cuando más la
necesitaba. Y a ver dónde colocaba yo la dichosa urna, ¿en la estantería del
cuarto de estar?, ¿encima de la tele?, ¿en la mesita de noche? Mi madre era
interiorista; a ella se le habrían ocurrido montones de sitios, un par de
arreglillos aquí y allá, y la urna tan mona integrada en la decoración de mi
hogar. ¡Qué horror!
En fin. No había soltado
la «reliquia» desde que había entrado en el piso y empezaba a estar harta. Me
tumbé en el sofá donde Martín había pedido mi mano; me sentí como Hamlet
hablando a la calavera. ¿Qué hacer o no hacer? «Mierda, Martín, menudo marrón me
has dejado».
¿Y si al día siguiente me
montara en el coche, me dirigiera hacia algún lugar pintoresco de la sierra de
Madrid y esparciera las cenizas? Muy bonito, muy romántico y bastante ridículo.
¿Cuántos gramos de ceniza dejaría una mano incinerada? Demasiado ceremonial para
tan poca cosa. ¿Y por qué no la ocultaba en el armario sin más? No tenía ninguna
obligación de dejarla a la vista. ¿Pero no iba a pecar de insensible?
—Si lo llego a saber,
mando que te disequen y te abandono en un museo antropológico —le solté a la
urna antes de meterla en el frigorífico e ir a acostarme.
Me desperté más animada
porque había decidido largarme ese día de Madrid. Ya desayunaría en cualquier
sitio —me aterraba la idea de abrir la nevera para sacar la leche y la
mantequilla.
Paré en un pueblecito.
Había un restaurante en la plaza Mayor que me resultó atractivo. Ojeé el Diario
de Cuenca mientras me servían un café y tostadas. Mi atención se dirigió
inconscientemente hacia la sección de necrológicas. Con gran sorpresa, leí:
Martín Castellanos Hurtado
22.05.1974 – 14.08.2006
El funeral se oficiará hoy a las 19:00 h. en la parroquia...
¡Mierda! Los muy capullos
de «Armonía y bienestar» se habían tomado muy a pecho publicar la esquela en
todos los periódicos, no sólo en los de Madrid. Y, encima, habían errado las
fechas. Tendría que llamarlos para ponerlos a caldo.
—¿Cómo? —grité en voz
alta.
Los clientes que ocupaban
las mesas de al lado me miraron intrigados.
Sin querer había seguido
leyendo la esquela: «su viuda, María del Pilar Martínez Soler, ruega una oración
por su alma y...». ¿Qué viuda era ésa? ¿O es que, casualidades de la vida, había
dos Martines Castellanos Hurtados nacidos y muertos en la misma fecha?
No pude por menos que
acercarme al funeral. Necesitaba saber. Había muy poca gente y dos coronas
enormes de flores que cubrían una cajita minúscula donde supuse se hallaban los
restos de Martín. ¿Otra mano?
—Sólo me devolvieron un
pie, ¿sabe? —me comentó gimoteando María del Pilar, la viuda. Me había
presentado a ella como una periodista que quería hacer un reportaje sobre los
voluntarios de ONGs muertos en misión—. Fue un héroe, ¿sabe? Él mismo quiso
comprobar que el terreno donde jugaban unos niños estaba limpio de minas. ¿Sabe?
Era una de esas minas mecánicas que estallan cuando se levanta un pie. ¿Cómo
pudo ser tan valiente? —seguía hipando—. Martín todavía estuvo encima durante
casi una hora hasta que...
Rompió a llorar y me
pidió que la perdonara, que no podía seguir hablando. Esperé un rato por si
acaso me enteraba de algo más. Pero María del Pilar ya no soltó prenda.
Al día siguiente me
levanté muy temprano. Quería rastrear en Internet en busca de más esquelas.
¿Seríamos alguna más? Ya estaba a punto de dejarlo cuando encontré la noticia en
un diario de Ciudad Real. Allí tenía viuda y tres hijos.
Las exequias se
celebraron en la iglesia de Santa María la Real. Un ataúd de tamaño normal
presidía la ceremonia. Había mucha gente, muchas coronas. Todo muy pomposo.
Mezclada entre los asistentes pude escuchar:
—Pobrecita Merche, está
destrozada. Le han devuelto a su querido Martín incompleto.
—No me digas...
—Sí, sí. Por lo visto le
faltan una mano y un pie.
Respiré tranquila. El
muerto no podía repartirse más.
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CONTACTO CON LA AUTORA

IMAGEN: Escultura del chileno Mario Irarrázabal
Covarrubias, situada en el desierto de Atacama.

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