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Un otoño tan frío
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Carlos Montuenga
La mañana era más fría de lo habitual
para principios de octubre y el cielo estaba casi cubierto por grandes nubes,
que se deslizaban con parsimonia sobre la ciudad. A través del ventanal podía
contemplarse un pequeño jardín donde algunas rosas empezaban a marchitarse, y al
otro lado de la avenida se extendía el perfil borroso de Hyde Park, envuelto en
densos jirones de niebla. Aquí y allá aparecían pedacitos de cielo azul entre
las nubes y, a veces, los campanarios blancos de South Kensington brillaban
durante unos segundos en la lejanía, ofreciendo un vivo contraste con la masa
oscura del parque. Los gruesos cristales emplomados amortiguaban el ruido del
tráfico, hasta convertirlo en un zumbido lejano, sobre el que se imponía el
latido monótono de un viejo reloj situado en una esquina de la estancia.
Henry Bracknell, un joven muy delgado de tez rubicunda y cabello lacio
color zanahoria, se ajustó las gafas sobre la nariz y bebió unos sorbos de
limonada, mientras intentaba concentrarse en unos papeles que tenía delante.
Aquella mañana había elegido una mesa algo retirada, próxima al gran ventanal de
la sala, que estaba enmarcado por elegantes cortinas estampadas en tonos suaves.
Una atmósfera tibia envolvía la estancia, creando agradables sensaciones de
aislamiento y seguridad frente al incierto mundo exterior. De las mesas
contiguas llegaban algunos rumores velados, y dos camareras pulcramente
vestidas con uniformes blancos, iban de un lado para otro, moviéndose con
ligereza sobre el suelo alfombrado.
Bracknell había empezado a escribir notas en un cuadernillo
forrado en cuero azul, cuando se sobresaltó con el ruido de una puerta al
cerrarse en el otro extremo de la sala. Miró hacia allí y pudo ver que un hombre
acababa de entrar y se había aproximado a varias personas reunidas en torno a
una mesita alargada, sobre la que había revistas y diarios. El recién llegado
aparentaba unos cincuenta años y era ancho de espaldas, gordo y de baja
estatura. Tras intercambiar algunas palabras amables con el grupo, dio unos
pasos mirando a derecha e izquierda, hasta que vio a Bracknell. Avanzó entonces
con decisión, moviendo rítmicamente sus cortos brazos como si fueran remos, y se
plantó junto al joven. El rostro del gordo mostraba una extraordinaria palidez,
acentuada si cabe por la presencia de un gran mostacho negro en el que aparecían
algunas canas entreveradas. Vestía un elegante traje azul marino con pajarita
gris y zapatos de ante negro. Sonrió cordialmente, mostrando una hilera de
dientes amarillos y, tras estrechar con fuerza la mano del joven, dijo, con un
perceptible acento meridional:
—Buenos días, señor Bracknell ¿Me permite que me siente?
Y antes de que el joven pudiera abrir la boca, agarró una silla y se
arrellanó frente a él, apoyando los codos sobre la mesa con aire campechano.
—Dígame, ¿qué tal se encuentra hoy?
—Estoy bien, gracias doctor Masetti —respondió Bracknell con voz
trémula, mientras se miraba fijamente las manos, como si quisiera asegurarse de
que no le faltaba ningún dedo.
—Ya veo que sigue trabajando en su… eh, proyecto —dijo Masetti,
señalando los papeles plagados de cifras y ecuaciones que estaban esparcidos
sobre la mesa.
Bracknell, ordenó los papeles con gesto nervioso y se ajustó los
lentes sobre el empeine de su ganchuda nariz.
—Así es, llevo toda la mañana revisando algunos datos y…
—Pero, mi querido amigo —le interrumpió el doctor— no debe hacer esos
esfuerzos, recuerde que ha venido aquí para restablecerse. Si no es usted más
razonable, podría sufrir otra crisis ¿Por qué no olvida durante un tiempo su
trabajo y trata de distraerse un poco? Ya sabe que tenemos un programa muy
completo de actividades.
—¿Olvidarme del trabajo? Pero, ¿qué está usted diciendo? ¡Mi
trabajo es de suma importancia!
—Bueno, bueno, le ruego que se calme y, por favor, no levante tanto la
voz, piense en las otras personas que están en la sala. Hábleme entonces de ese
proyecto. Todavía no sé en qué consiste, aunque lo supongo relacionado con su
profesión. Usted es matemático ¿no es cierto?
—Físico —corrigió Bracknell, serenándose un poco.
—Ah sí, físico, y trabajaba en un observatorio que está en…
—El Observatorio Astronómico de Edimburgo.
—Eso es ¿Qué es lo que hacía allí?
—Colaboraba en un programa de astrofísica. Tenía que desarrollar modelos
matemáticos para analizar las fluctuaciones de los ciclos solares.
—Eso debió resultar muy interesante —comentó el doctor arqueando las
cejas.
—Interesante no es la palabra adecuada. Después de algunos meses de
trabajo, mis resultados revelaron algo que nunca habría podido imaginar…—el
joven se quedó pensativo.
—Por favor continúe —dijo amablemente el doctor, acostumbrado como
estaba a escuchar las historias más inverosímiles, sin dejar traslucir muestra
alguna de impaciencia.
—Sí, algo inaudito… pero nadie me tomó en serio, decían que todo se
debía a errores de cálculo. El director del observatorio ni siquiera se dignó
recibirme. Revisé durante semanas todos los sistemas. Analicé una y otra vez los
resultados, sin encontrar el más mínimo fallo y, finalmente, empecé a hacerme a
la idea de que el mundo se enfrenta a una amenaza de proporciones gigantescas.
Antes o después todos tendrán que admitirlo, aunque para entonces tal vez sea
demasiado tarde. Yo no podía quedarme de brazos cruzados, algo se podría hacer
¿pero qué? Me sentía completamente agotado y decidí pasar unos días en la casa
que tiene un tío mío frente al mar, cerca de Saint Andrews. Una tarde, tuve un
momento de inspiración mientras contemplaba los cambios de luz en la bahía. El
sol se empezaba a ocultar tras la franja oscura del mar y, súbitamente, un
relámpago brilló en mi interior. Era una idea genial, maravillosa. ¡Ahí podía
estar la solución, alguien tenía que escucharme! Durante los meses siguientes,
viajé de un lado para otro buscando apoyo para mi proyecto. Conseguí hablar con
algunos científicos, gente importante muy conocida en su campo, pero el fracaso
fue absoluto. Todos me tomaron por loco; todos, incluso Winnie.
—¿Winnie?
—Sí, era mi prometida. Un buen día, me dijo que no estaba dispuesta
a compartir su vida con un lunático que va por ahí proclamándose el salvador del
mundo. Rompió nuestro compromiso y se fue a vivir con un antiguo novio suyo, un
majadero cuyo único mérito consiste en haber heredado el pequeño supermercado
que su padre regentaba en Acton Town.
—Comprendo, comprendo. Pero, ¿y si me dijera de una vez en qué consiste
ese proyecto suyo?
El joven se removió inquieto en su silla y miró hacia atrás por encima
del hombro. Por fin, se acercó un poco al doctor y dijo en un susurro:
—Millones de lentes, de unos cincuenta centímetros, orbitando alrededor
del Tierra.
—¿Qué? ¿Cómo dice?
—Un inmenso anillo de lentes convergentes, fabricadas con cristal
ligero, que podrían orientarse desde estaciones de seguimiento para concentrar
la radiación solar sobre determinadas zonas del planeta.
El doctor Masetti abrió mucho la boca, que tomó el aspecto de una
angosta caverna medio oculta tras el mostacho. Al cabo de unos instantes,
sacudió la cabeza y dijo con voz ronca:
—Pero mi querido señor, si no he entendido mal, lo que usted propone es
situar una especie de lupa descomunal sobre la Tierra…
—Sí, algo así —respondió Bracknell, con una risita—. Esa lupa, como
usted la llama, permitiría elevar la temperatura del hemisferio norte, de forma
controlada y selectiva.
—¡Elevar la temperatura del hemisferio norte! ¿Pero no le parece a usted
que la Tierra ya se está calentando lo suficiente, sin necesidad de que la
ayudemos aún más?
—Usted está convencido de que este planeta se está calentando ¿no es así?
—dijo el joven con un gesto de desdén.
—Bueno, parece que ya hay pocas dudas sobre eso. Desde luego, es lo
que opinan los expertos y además…
—¡Los expertos! ¿Se refiere usted a la comisión de la ONU sobre el
cambio climático? Esos famosos expertos están fallando en sus previsiones ¿Y
acaso son capaces de reconocerlo? ¡Nada de eso, siguen confundiendo a la gente
con su cantinela del calentamiento global!
—Pero señor Bracknell, nadie conoce el problema mejor que ellos —dijo
Masetti en tono conciliador.
—¡Y un cuerno! —gritó el joven, cuya nariz se había puesto tan roja, que
empezaba a parecer un reclamo luminoso—. ¿No sabe usted que la temperatura media
registrada en el año 2007 fue inferior a la de los ocho años precedentes? Y eso,
a pesar de que, desde 1998, la concentración de anhídrido carbónico en la
atmósfera ha aumentado en más de un cuatro por ciento. No, señor mío, la Tierra
no sigue calentándose.
—Bueno, yo diría que esa es una buena noticia —apuntó Masetti, con un
punto de sorna.
Al oír aquello, Bracknell se levantó bruscamente de la silla y,
plantándose junto al ventanal con los brazos en jarra, recorrió la sala con una
mirada furibunda. Algunas personas de las mesas próximas, se habían vuelto hacia
él y le miraban con curiosidad. Entonces, para sorpresa de todos, nuestro hombre
empezó a vocear una sombría proclama, gesticulando con las manos como si
estuviera en un púlpito:
—¡Pobres de todos nosotros si seguimos ignorando la verdad por más
tiempo! ¡La Tierra recibe cada vez menos calor del sol y, a menos que hagamos
algo para evitarlo, inmensas masas de hielo empezarán muy pronto a avanzar desde
el polo, sepultando campos y ciudades, empujándonos más y más hacia el sur!
¡Entérense de una vez! ¡El planeta va a sufrir un rápido enfriamiento, estamos a
las puertas de una glaciación!
Algunos murmullos de asombro se levantaron en la sala y el doctor,
volviéndose hacia el fondo, agitó la mano con insistencia como si quisiera parar
un taxi. Al momento, dos tipos forzudos vestidos de blanco se acercaron
corriendo al orador y, tras sujetarle con fuerza por ambos brazos, lo sacaron a
rastras entre las mesas.
Claudio Masetti, siquiatra jefe de White Elms, la conocida clínica
para el tratamiento de desórdenes nerviosos, pasó unos minutos tranquilizando a
los espectadores forzosos del lamentable espectáculo. Luego, una vez que todo
volvió a la normalidad, se quedó un buen rato contemplando el panorama a través
del ventanal. Un intenso tráfico circulaba con lentitud rodeando el parque, a lo
largo de Bayswater road. Sobre la ciudad, el cielo había quedado totalmente
cubierto por una oscura masa de nubes y empezaba a nevar con timidez. El doctor
se frotó instintivamente las manos; después, tras enderezarse un poco la
pajarita, echó un rápido vistazo al reloj de pared y salió con aire resuelto de
la sala, para volver a las innumerables obligaciones que reclamaban su atención.
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Carlos Montuenga, es Doctor en Ciencias.
Es miembro integrante del
Taller Literario de El Comercial.

Lee otros cuentos del autor:
Doctor Paracelso;
Newton el mago;
La Perla de Córdoba
y Un
otoño tan frío.
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez

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