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La mancha negra
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Óscar Bartolomé Poy
Gregorio no tenía miedo a las
alturas, pero un día, luego de desafiar porfiadamente las más elementales leyes
de la gravedad, se cayó del dintel de la puerta y acabó despanzurrado. Bueno,
quizá no ocurriera exactamente así. Puede que el pisotón de un desaprensivo
empecinado en acabar con su arrastrada existencia sea un relato más aproximado
de lo sucedido. Sea como fuere, lo único cierto es que ya no se sostiene sobre
esa puerta que presenció sus últimos balanceos, tan cierto como que yo no estaba
allí para contemplar su desafortunada caída.
Lo último
que recuerdo de Gregorio es que estaba encaramado al marco de la puerta con la
temeridad de un funambulista que se pasea sobre un alambre, asomando al vacío
dos patas escuálidas y unas antenas filiformes que me apuntaban como puntas de
lanza. Ya en aquel momento tuve el fatal presentimiento de que se daría un
sonoro golpetazo. Sólo faltaba por saber cuándo ocurriría. Para entonces había
abandonado la posición firme y segura que ocupara veinticuatro horas atrás,
cuando se erguía majestuoso sobre sus seis extremidades de apariencia frágil y
quebradiza, mas no por ello débiles. Con su abdomen piloso y ventrudo apoyado
pesadamente sobre la madera y el duro caparazón protegiendo sus órganos más
sensibles, se mantenía impasible al abrir y cerrar de la puerta que le servía de
abrigo —y que más tarde sería su cadalso—, semejándose a una de esas rocas que
resisten incólumes los embates de las olas; náufrago en mitad de una corriente
de aire.
Esta
mañana, cuando abrí la puerta, recibí la esperada constatación a mis temores. Ya
no quedaba nada de aquellas patas escuálidas, ni de aquellas antenas filiformes,
ni de aquel abdomen piloso y ventrudo. Todo lo que había en su lugar era una
mancha negra en el suelo; la mancha de un horrible crimen. En la estrechez del
cuarto de baño mal iluminado que se había convertido en improvisado catafalco, y
entre los tañidos sofocantes de la cisterna del váter, yo era el único asistente
a las exequias de Gregorio.
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Óscar Bartolomé Poy
nació en 1978 en Baracaldo, pero ha pasado toda su vida en Bilbao, cerca del
lugar donde nació don Miguel de Unamuno. Es licenciado en Periodismo y en
Comunicación Audiovisual por la Universidad de Leioa, lo que muestra bien a las
claras dos de sus pasiones: la literatura y el cine. Desde siempre ha cultivado
una panoplia de géneros literarios, que van desde el cuento a la poesía, pasando
por el aforismo. Es autor de los poemarios Te quiero, no lo olvides. Poemas
para Psyche (editorial Belgeuse) y La luz de tu Faro (editorial Bubok).
También hace crítica de cine y ha escrito y dirigido un cortometraje titulado
Un billete para el mañana. Algunos de sus poemas pueden leerse en su blog
La luz de tu Faro,
dedicado a la memoria de la poeta asturiana Sara Álvarez.

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