|

El coleccionista
de relojes
___________________
María Aixa Sanz
A Biel le gustan los relojes.
Cuando era un crío entraba sigilosamente y se acuclillaba junto a una banqueta
en un ángulo muerto, para no estorbar, en el taller donde un relojero elaboraba
los relojes más fascinantes del mundo. El taller del maestro relojero estaba a
dos calles de la casa de Biel. Mientras la madre de Biel se despistaba durante
dos minutos y volvía en sí, él ya corría como un desposeído por las calles en
dirección al taller. Biel se hizo grande y con sus primeros sueldos se compró un
reloj de muñeca. Un lujo de reloj que no estaba a su alcance, para ello estuvo
ahorrando durante meses hasta conseguir todo el dinero. Aprendió con ello el
esfuerzo de lo que vale conseguir un tesoro, lo aprendió como durante su
infancia en el taller del relojero había aprendido cómo con mucha paciencia,
disciplina, destreza y silencio se pueden convertir piezas sueltas en una
filigrana. A Biel le fueron bien las cosas y con los años sin darse cuenta se
convirtió en un gran coleccionista de relojes y de historias, pues cada reloj
guardaba con él una historia, un recuerdo de cómo, por qué, para qué o en qué
circunstancia lo había adquirido. Biel encanecía y sus relojes al unísono
marcaban el tiempo de su vida, todas las penas y las alegrías, todos los amores
y los desamores, todas las ilusiones y las desilusiones. Un día a Biel uno de
sus amigos le preguntó:
—¿Si por alguna
razón tuvieras que quedarte con sólo uno de todos tus relojes, cuánto tiempo
tardarías en decidirte?
—Un segundo —le
respondió Biel.
—¿Uno? ¿Con uno
tendrías bastante?
—Sí. Sé de
sobras el reloj que elegiría.
—¡Vaya!
—respondió el amigo de Biel, asombrado y en parte decepcionado, pensaba que su
amigo, el coleccionista de relojes tenía tanto apego a su colección, que la
pregunta formulada le causaría un gran dilema—. ¿Me puedes mostrar el reloj
afortunado? —preguntó el amigo con un poco de inquina por el aplomo de Biel.
—Éste —y Biel
le mostró un sencillo reloj de arena.
—¡Oh! —exclamó
el amigo de Biel ante la sorpresa.
—¿No te lo
esperabas? —le preguntó Biel con ironía.
—No,
sinceramente no.
—¿Esperabas
algo más sofisticado?
—Pues sí, has
dado en el clavo. No lo esperaba en absoluto.
—¿Acaso éste no
te lo parece?
—... —el amigo
de Biel no supo qué contestarle. Estaba perplejo.
—Amigo mío, no
vas a encontrar mayor sofisticación que el tiempo atrapado en los finos granos
de arena. A tu edad deberías saberlo ya —una sonrisa se dibujó en el rostro de
Biel, apretó el brazo de su amigo, le dio dos palmadas en la espalda y le miró
de hito en hito. La cara de su amigo era puro desconcierto.
—¿Por qué?
—musitó el amigo de Biel, no sin sentir cierta vergüenza.
—Porque es el
único que es infinito.
_____________________
María
Aixa Sanz (España, 1973), escritora
valenciana. Tiene publicadas las novelas El pasado es un regalo (2000),
La escena (2001), Antes del último suspiro (2006) y
Fragmentos de Carlota G. (2008). En mayo de 2008 publica el ensayo El
peligro de releer, recopilatorio de los artículos literarios, con los que
colabora en diversas revistas de España y Latinoamérica. En junio también de
2008 la Editorial Séneca publica el libro La escritura del no que recoge
sus artículos más importantes junto a los de una decena más de escritores
profesionales. Ganadora de varios premios de narrativa breve, relato y cuento en
distintos idiomas.
Web's de la autora:
Fotografías en la pared y
Reseñando

|