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La tarde que me visitó
Borges
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Norberto Pannone
Tarde invernal, tediosa y de sólo
tres grados de temperatura. Soplaba viento del sur y esto hacía que la sensación
térmica fuera de cero grados.
La calle se hallaba desierta y los árboles de hojas caducas agitaban
sus desnudos tallos como en una extraña y vegetal añoranza de tiempos mejores.
Nostalgias de savia y clorofila.
Todo aquello veía desde mi ventana que daba a la calle Mitre. Desde
esa habitación, mi preferida, observaba aquel paisaje invernal. Bajo la exigua
luz que entraba a través del vidrio, trataba de encontrar la rima de un verso,
huidiza y necesaria.
En realidad, estaba ansioso, aguardaba el auto gris.
La noche anterior me habían dicho: «Espera un auto de color gris, en
él, va a llegar Borges a tu casa».
Las horas se sucedían atormentándome con un explicable nerviosismo.
Para calmarme, me decía en voz alta: «Fue sólo un sueño. Borges está muerto. Te
estás volviendo loco». Sin embargo, contrariamente a este rasgo de mi
pensamiento, yo seguía observando la calle desde mi ventana, porque, aunque no
pudiese probarlo, sabía que Borges iba a llegar a las 17:40.
Un auto gris se detuvo frente a mi casa. El conductor descendió del
coche, abrió la puerta posterior derecha y Borges bajó del vehículo. Vestía un
traje gris a rayas. Llevaba una camisa celeste y no tenía corbata… Sonó el
timbre y abrí la puerta. Borges miraba sin ver, pero al oír el sonido, me
saludó.
—Buenas tardes, ¿puedo entrar?
—Sí, pase, señor Borges.
Entró tras de mí, empuñando su bastón. Nos sentamos en la sala y el
genial literato preguntó:
—¿Cómo era su nombre?
—Ezequiel —respondí.
—Ezequiel —repitió pensativo—. Como el profeta. ¿Es usted judío? –me
preguntó de improviso.
—No, para nada. Es mi seudónimo. Lo elegí porque es breve y me ha dado
suerte.
—¡La suerte! —Espetó Borges—. ¡Siempre la suerte formando círculos
invisibles alrededor del hombre para empujar las leyes del destino!
—No sabía que usted creyera en la suerte.
—Perdone, Ezequiel, pero, ¿leyó usted mis libros?
—Sí —respondí azorado.
—Si los leyó, comprenderá porqué estoy aquí. ¿Por qué hoy y no ayer ni
mañana? Es una suerte que estemos conversando. Usted, en verdad, es un hombre
afortunado. A mí me dieron esta licencia para visitarlo hoy, pero me explicaron
que no abusara. Debo volver a las veinte en punto.
—Antes que nada, Borges, ¿me va a firmar un autógrafo?
—Sí, cómo no.
Le extendí un papel y Borges me firmó con paciencia infinita: «Para mi
amigo Ezequiel, con afecto, Jorge Luis Borges». De pronto, sonrió y me preguntó:
—¿Sabe que estoy escribiendo un cuento?
—No lo sabía… ¿De qué se trata?
—Es un cuento extraño, aún para mí. Trata sobre un escritor
desconocido que me está esperando, yo llego a su casa en un auto gris a
visitarlo, él me está aguardando impaciente, pero, como ocurre siempre, en lugar
de preguntarme cosas importantes, sólo me pide un autógrafo y me echa un párrafo
de trivialidades… Lo extraño de todo esto es que yo realizo esa visita mucho
después de mi muerte. ¿Qué opina usted de esto?
—Siempre tuve una teoría sobre este asunto: existen huecos
dimensionales, a veces alguien cae en algunos de esos huecos y llega la muerte.
En otras ocasiones, algunos de los que habitan el «otro lado» pasan a éste y…
—Es una teoría interesante… Lo imposible es probar que es verdad… Esto
es como la vida, uno se rompe los sesos pensando qué es y cuando logra obtener
alguna respuesta se da cuenta que ya está muerto. Lo cual para nada significa
que los muertos sepan qué es en realidad la muerte. Se dice que la muerte es un
misterio aún más insondable que la vida. Se debe uno morir varias veces para
comprenderlo.
—¿Y la fama qué es, Borges?
—La fama es como la primavera que cubre los árboles, las flores y los
frutos. Las flores representan el entusiasmo, los frutos la paciencia…
—¿Y las hojas?
—Las hojas son la multitud que rodean al famoso, a veces, su
frondosidad no deja ver muy bien cómo realmente se es… ¿Qué hora es?
—Las 20:00.
—Debo irme.
—No me va a negar que es extraño.
—¿Qué es lo que le resulta extraño, Ezequiel?
—Que usted respete tanto los horarios.
—Ocurre que antes estaba vivo, pero ahora estoy muerto. Es decir, para
que usted se haga una idea, muerto, significa ocupar un lugar en un tiempo
exacto, ni antes, ni después… Da lo mismo morir en cualquier parte… yo morí en
Ginebra.
—Adiós, Ezequiel. Escriba y lea mucho.
Esas fueron las últimas palabras de Borges. Me estrechó la mano y
salió hacia la tarde fría. Ascendió al auto y se perdió en la distancia. Me
quedé más solo que antes, mirando hacia la calle Mitre. El viento aún agitaba
los tallos desnudos.
Recogí el autógrafo de Borges que había quedado sobre la mesa y
tomando un libro de él, me senté a leer aquello que continuó diciéndome a través
de la palabra escrita…
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Norberto Ismael Pannone.
Poeta,
narrador, ensayista y novelista de Junín, provincia de Buenos Aires. Miembro
Fundador del Centro Cultural del Tango en Junín (1960). Publicó el libro
de Aforismos, Poesías y Cuentos: Historias para Leer en Serio, que se
halla en la Biblioteca de habla Hispana de París, en la Biblioteca Nacional de
la Lengua Española en Barcelona (España) y en la Biblioteca Española de Bilbao.
Además publicó diversos libros, entre ellos: Reflexiones de un machista en
decadencia (aforismos), Las Curaciones Paranormales y la fe (ensayo
científico de investigación), Entre Soles y Lunas de abril (aforismos,
poesías y cuentos), A Fondo Blanco (poesías). Participó como expositor en
la Feria Internacional del Libro en los años 2001/2002/2003. Desde el año 2000
ejerce la presidencia de la Seccional SADE de Junín, integrando (desde 2005) la
Comisión Directiva de SADE Nacional. Se desempeñó como jurado en varios
concursos literarios. Miembro activo de Letrango, agrupación nacional de
Letristas de tango de la ciudad de Buenos Aires. Ha ganado diversos concursos
literarios. Actualmente edita trabajos en varios medios nacionales y de otros
países. Además es autor, compositor y cantante.
WEB DEL AUTOR:
www.norbertopannone.blogspot.com
Este relato fue publicado originariamente en la Revista Literaria con voz
propia (nº 4), que dirige Analía Pascaner (analiapascaner(arroba)gmail.com)

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