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Querida
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Lara Moreno
Querida:
El día ha sido largo, tal y como me esperaba, pero
aún así no lo considero suficiente. Quiero advertirte que aún no se ha marchado
del todo, que todavía conservo algo de luz en la parte más baja de las ventanas.
Estoy por hacer algo con esto que se acaba en las baldosas, con este brillo que
ya me resulta inhóspito, porque sé que no apaciguará lo que vendrá más tarde,
cuando todo termine. La mañana comenzó brumosa y el café tardó más de lo
habitual en hacer su ruido catastrófico. Ahora sí, pensé, ahora ya no es sólo mi
intuición la que rompe el silencio de tus gritos. Miré la cama tibia y escupí
dos veces sobre las sábanas vacías. No había forma de ensuciar aquella
destrucción de años inútiles. Tal y como me dijiste, he intentado sobreponerme a
los excesos de la cotidianeidad. Los vecinos han subido las escaleras como
siempre, la hora precisa. Me agaché tras la puerta, por si alguno escuchaba mis
gemidos y venía a decirme algo. Ya sé que ésa no era tu recomendación, pero no
puedo ahora rebelarme ante mi desobediencia congénita. He observado las plantas
del alféizar: ninguna se ha movido ni un ápice, y eso que ha salido el sol,
ferozmente, alrededor de las tres de la tarde. También a ellas les he gemido un
poco, para que te compartieran. No se han inmutado, igual que hacías tú, cuando
yo pretendía todo ese aluvión innecesario de reproches. La tarde me ha cogido
por sorpresa. Ya queda menos, he suspirado, y he fingido luego remontar las
tareas domésticas que me atañen ahora: el frigorífico repleto de sustancias y
los armarios tal y como los dejaste. Huelen a hombre, mi amor, es la primera vez
en todos estos años que soy capaz de reconocer mi olor entre mis dedos, mi
propio olor incombustible a pesar de todo. Me huelo, por lo tanto estoy, pero no
consigo verme en los espejos. Otra desobediencia más: no he recitado los versos
que me dijiste en el baño, no quiero recapacitar, mi vida, quiero mantenerme
vivo, simplemente, sin asperezas intelectuales que te regresen. La tarde me
conmueve, como siempre, pero he notado un ronco arrepentimiento, una brusca
lamentación con las nubes bajas al final de la calle. Es cierto que la tarde
tiene luz, pero ahora no lleva adjunta ninguna prolongación de llegada. La tarde
es tarde, nada más, es igual que la mañana pero con más horas encima, con más
lucidez para observar el resultado de lo que ahora somos, esta acumulación de
obsesiones inservibles y alejadas. Y ya se acaba. Tengo que encender la luz para
continuar escribiéndote. Se acabó el día. Sólo es el primero, y se me ha hecho
corto; quizá me mude a África, o a dondequiera que haya días infinitos. La noche
es el recuento de tu huida, y yo te entiendo. Pero quizá me duela más la
oscuridad con sus sombras infalibles y tenaces. No me has dejado solo,
compañera, es todo como antes de que vinieras. Sólo queda arrancar que un día
estuviste.
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LARA MORENO MARTÍN
nació en
Sevilla en 1978, pero es onubense. Estudió Periodismo en la Universidad de
Sevilla. Ha hecho el Master en Edición del Grupo Santillana y la Universidad de
Salamanca en el 2005-2006. Ha publicado el libro de relatos Casi todas las
Tijeras (Ed. Quórum, 2004), y ha participado en las antologías Molinos de
Viento (CEDMA, Ed. Juan Bonilla, 2005) y en Ellas también cuentan
(Finalista Premio Ana María Matute 2004). También ha publicado en las Ediciones
Imperdonables del editor e impresor artesanal Francisco Cumpián (Málaga) y en La
Musa Ebria (Granada, 2006). Ha sido editora del libro de microrrelatos Los
Vicios Solitarios (Asociación Cultural Igriega, 2003) y actualmente prepara
la edición de la antología poética Aquí y Ahora, también de Igriega.
Colabora con algunas editoriales, como lectora de manuscritos y correctora, y
reside en Madrid.
BLOG DE LA AUTORA:
Guarda tu amor humano
FOTOGRAFÍA: Alberto G. Cuadrado (participante en
la
II Muestra de Fotografía Almiar-2003)

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