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Nadie escapa a La Muerte
Miriam
Estébanez
La noche, oscura y sedienta, se revolcaba entre los árboles del
cementerio. Gabriel, el arcángel rubio escapado de los cielos, se sumía en
aquellas horas inciertas dentro de una intriga que le hacía desesperarse.
Abigail, la diosa de ébano, la mujer de los ojos de carbón, le había citado en
aquel lugar. La llamada había sido breve pero intensa. Un «Necesito que
hablemos» había escapado de sus sensuales labios y el corazón de Gabriel se
había contraído de miedo. ¿Por qué aquella criatura infernal deseaba hablarle?
¿Por qué la fiera más apetecible del inframundo se había personificado ante sus
ojos, suave y etérea, aquella madrugada sin sol perdida entre sus recuerdos para
retozar con él entre las sábanas de la lujuria? Y ahora deseaba hablar con él.
¿Hablar de qué?
Sabía de la
existencia de aquella mujer por Jean Paul. «No es una cualquiera, es una Diosa»,
le había dicho en una de sus reuniones nocturnas en el Café Deseo. Pero Gabriel
no había prestado demasiada atención. Él era amante de las cositas rubias y
menudas que deambulaban por las galerías de arte, paleta en mano y manchones en
el rostro. Una mujer de café, atractiva y explosiva no era precisamente su canon
de belleza. Aquello le pegaba más a Jean Paul, francés indomable, amante de la
buena literatura y el rioja tintado de amor. Pero, pese a sus gustos amatorios,
la hermosura salvaje de Abigail le impresionó tanto que, pese a estar cansado y
embebido en su próxima galería, se dejó llevar por el camino del infortunio de
la mano de esa mujer.
Cuando llegó a la
fuente de los Abandonados algo se sacudió dentro de él. La noche, opaca y
triste, le bordeaba sin tocarle y el frío de Marzo hacía mella en su cara
desprotegida. No sabía por qué pero sentía que la desgracia se cernía sobre él.
Pensó nuevamente en Abigail, en la sinuosidad de sus curvas y el peligro de sus
ojos y tal sensación de horror le recorrió que tuvo que sentarse en uno de los
helados bancos del parque.
—¿Qué diablos me
está pasando? —carraspeó, mirando el temblor de sus manos.
—Es el aliento de
la muerte —murmuró una voz suave y cálida tras él.
Gabriel se giró y,
ahogando un grito, se encontró con los ojos negros de Abigail.
—Me has asustado
—murmuró, levantándose deprisa y colocándose a su altura—. ¿De qué quieres
hablarme? —le preguntó.
Una enigmática
sonrisa brotó de los labios de la mujer y la intensidad de su mirada se acentuó.
—Es tu hora —dijo
con voz melosa.
Gabriel, inquieto, sostuvo su mirada.
—¿Mi hora?
—preguntó.
No sabía por qué
pero sentía que iba a suceder algo terrible. Quiso apartarse de Abigail pero
ésta, con una fuerza que no correspondía a sus brazos delgados, le retuvo.
—Es la hora de tu muerte, arcángel Gabriel. Has de volver a los cielos —él la
miró como si estuviera loca y se soltó de su agarrón.
—Tengo que irme...
—murmuró. Y, sin darle tiempo a la joven de decir nada más, salió corriendo.
Había recorrido ya
un buen puñado de metros cuando escuchó la risa clara de Abigail.
—Nadie puede
escapar de La Muerte, Gabriel —gritó, siniestra, al tiempo que alzaba una mano y
el cielo se abría en una explosión terrible de rojos y carmesíes.
Gabriel, presa del
pánico, se lanzó a la carrera por la penumbra del cementerio hasta que un
tropiezo desafortunado le hizo caer y golpearse la cabeza contra una de las
lápidas que flotaban en la inmensidad de aquella llanura de la muerte.
Cuando Gabriel
despertó el sol ya hacía acto de presencia en el cementerio. Se levantó con
pesadez y, cuando se dio cuenta de que estaba de pie pero se veía a si mismo en
el suelo, emitió un grito de horror.
—Nadie escapa de La
Muerte —susurró una voz angelical tras él.
Se giró y descubrió
a una joven de larga cabellera rubia y labios carnosos que sostenía un periódico
en la mano. La miró a los ojos y descubrió el carbón encendido de los ojos de
Abigail.
—¿Estoy muerto?
—preguntó.
La joven rió y
señaló la tumba. Gabriel la miró y el desconcierto se implantó en sus ojos. En
aquella tumba descansaba tallado su nombre pero debajo de él había una fecha que
no cuadraba. Si aquello era real, había muerto hacía más de cien años.
—Nadie escapa a La
Muerte, Gabriel, ni la muerte misma —él la miró fijamente, sin comprender.
La joven, con una
sonrisa, le entregó el periódico. Él lo miró y, cuando encontró la foto de
Abigail allí bajo el rótulo de «Mujer asesinada en el cementerio de Los
Olvidados» se dio cuenta de que, en efecto, no podía escapar de la muerte ya que
la muerte era, aunque a veces lo olvidara por completo, él mismo.

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