Recordando
a NN
Roxana Heise V.
Es difícil conducir bajo esta densa neblina. Son las 8 AM en Concepción.
Voy camino al trabajo, enciendo las luces y reparo en el asfalto imperfecto que
me guía hacia la ruta señalada. Enciendo el dial y compruebo sin inmutarme que
el Reality Show de los candidatos a la presidencia 2006 ha comenzado.
Enhorabuena; la polilla insidiosa de la idiotez continúa horadando nuestras
mentes. Dios nos guarde. Viene en grande su gloria, dicen los bocinazos, melodía
predilecta de algunos esquizofrénicos exitosamente insertados en sociedad. Subo
el volumen de la radio, las noticias anuncian que subirá el precio de la bencina
y el petróleo Diesel. ¡Vaya novedad! Será preciso ajustarse los cinturones para
no quedar pantalones abajo, miserias al aire de todos los tormentos, diciendo:
sí señor, existen cosas peores. Y en efecto las hay, lo confirma el periodista
que nombra a NN por primera vez: un adulto indigente, sin familia conocida que
vivió en Viña del Mar su mundo de patas verdes, entre océano, gaviotas y montes
de basura, mendigando la ruta del fracaso hasta que la noche le caía encima con
su manto frío de sueños misteriosos. Una Chevrolet Luv me sobrepasa y un tipo
pequeño de grueso bigote conduce su Volkswagen, cigarrillo en mano izquierda y
teléfono celular en la derecha, ¡qué destreza! NN sigue conmigo, su presencia
sombría me enciende el corazón apagado por la rutina. Pude ser como él: un tipo
robusto con cuerpo moreno y ojos gitanos, un padre de familia venido a menos, un
hijo degradado, quizá, de esos que nacen para sufrir la Divina comedia de Dante.
Para NN no hubo funeral, ni misa de los muertos. Es más, su
muerte, como su vida, se reducen a nada, al menos eso indican las frías
estadísticas.
La luz roja me encuentra ensimismada, freno con brusquedad,
alzo la mirada y un imponente letrero de Coca Cola me invita a disfrutar,
también los comerciales sobre la nueva liquidación de la avestruz verde, los
días R, los grandes Hipotecazos de los bancos y esos créditos de consumo para
comprar el mundo y olvidar los tormentos que se llevaron a NN para siempre hasta
el frondoso abismo de las catacumbas. Hoy él cobra importancia por primera vez;
su pequeña tribuna comunicacional lo pregona a los cuatro vientos: Su cuerpo
triturado fue encontrado en medio de un basural. En principio se habló de un
asesinato, tesis que pronto fue descartada.
Acelero, paso tercera, el beso húmedo del otoño besa los
espejos.
Se trataba de un mendigo, repite el periodista quebrando la voz, un
incivilizado —pienso— y evoco las palabras de Thomas Hobbes afirmando: «todos
los seres humanos son iguales en aptitudes, pero la condición del hombre en
estado original, o sea incivilizado tiende hacia la crueldad y la brutalidad».
¿Sería brutal NN? Alguien lo describió como un hombre sereno de mirar extraviado
que solía sentarse frente al mar (esperando, quizá, que el sol de Diógenes le
entibiara el alma trémula de espanto). ¿Es esto brutalidad, o simplemente un
mecanismo de defensa extremo, ante una situación subjetivamente insoportable?
Unos kilómetros más, deja de llover, el olor putrefacto de
los gases emitidos por algunas industrias traspasa los vidrios provocándome
nauseas, de esas que NN no percibía ya, tras dormir mil y una noche en
contenedores de basura.
Alguien corre a mi lado sobrepasándome, poco importa la
carrera del tiempo y la vida, que son la misma cosa. Un día tras la muerte de NN
y los periódicos confirman que otro indigente corrió mejor suerte: «se
encontraba durmiendo dentro de uno de los contenedores de basura para protegerse
de la lluvia, cuando el camión tomó el recipiente y comenzó a compactar su
contenido. En ese momento el hombre lanzó un fuerte grito, tras lo cual los
basureros detuvieron la acción de las máquinas»*.
Desearía no pensar, ni deliberar, ser sólo NN sentado junto a
los enormes pelícanos congregados en el muelle, pero preciso el final para poder
rescatarlo desde el fondo de su abismo impenetrable. Sólo queda por decir que
finalmente: «se comprobó que había fallecido triturado. Probablemente al
interior de los camiones recolectores»**.
80 kilómetros por hora: el espectáculo carretero de algunos
buscavidas está en pleno apogeo. Todos queremos volar alguna vez, así sea sobre
cuatro ruedas y escupiendo adrenalina. El paraíso terreno a la vuelta de la
esquina. ¿Dónde? ¿Quién lo ha visto? ¿Podría mostrarme el camino?
NN ya no existe. ¿Acaso existió alguna vez en su
sonambulismo? Vuelvo al siglo XVIII y puedo conformarme en las palabras de
Rousseau, defendiendo la tesis de que en sus orígenes el hombre es naturalmente
bueno, e imagino a NN sonriendo limpiamente y, como diría este gran filósofo
«tal como ha debido salir de manos de la naturaleza, saciándose bajo una encina,
aplacando su sed en el primer arroyo y hallando su lecho al pie del mismo árbol
que le ha proporcionado el alimento; he aquí sus necesidades satisfechas».
Suspiro, miro el reloj; estoy algo retrasada. Las noticias
terminaron, por el momento. Acelero, como tantos, y apago las luces de mis
pensamientos, con la esperanza de que ahora, NN finalmente haya encontrado su
pequeño paraíso.
__________
*
Teletrece Internet 4-mayo-2005
** Teletrece Internet 4-mayo-2005
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Almiar/Margen Cero...
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