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Desde la ventana
María del
Carmen Guzmán
Cuando la
vio por primera vez sintió envidia de su libertad, decisión,
independencia y raza privilegiada, porque él era negro, negro y encarcelado sin
saber por qué. Sólo podía verla desde la ventana doblemente enrejada de la
cárcel, pues unos barrotes le impedían salir y una tela metálica no permitía que
entraran mosquitos.
Día a día, noche a noche la vio atravesar la
calle, orgullosa, elástica, rubia, hermosa dama de la noche de andares felinos.
¿Qué pensaría? ¿Qué buscaba? Poco a poco se fue enamorando de ella, la muy
coqueta, que se limitaba a contonear su cuerpo mientras a él se le salían los
ojos. No podía dormir. Las horas se le pasaban pegado a la reja. Le gustaría
salir, rozar su pelo, protegerla de los peligros de la calle, pero aquellas
malditas rejas a tres metros del suelo se lo impedían.
Una tarde calurosa de septiembre, cuando el
tráfico ahogaba su llanto, un frenazo, un chirriar de ruedas, un golpe seco y un
grito. Allí, sobre el asfalto, su delicado cuerpo yacía sobre un charco de
sangre. Mientras, dos conductores discutían, que si el guardabarros, de que si
ibas demasiado cerca... nadie reparó en el cuerpo inerte.
Pasaron más coches, cuidando de no volver a
atropellarla, sin embargo, ni la Policía ni un alma caritativa, se acercó a
recoger sus despojos. Oscurecía, llegaba la noche, pero nadie acudió. Y llegó
por fin la mañana.
Ya no había cuerpo, sólo una pequeña alfombra
roja, que se fue tornando marrón, hasta no quedar nada, tan sólo una mancha más
del asfalto. Pero él, Duende, mi gato negro de ojos amarillos sigue llorándola
desde la ventana.
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María del Carmen Guzmán
es una autora residente en Málaga (España).

Fotografía:
Pedro M. Martínez

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