Tres
secretos
Lola
Otárola
Tía Estela, ¿te cuento un secreto? El mejor secreto, es no contarlo. Al oír
aquella respuesta, la niña puso cara de no entender nada. Mientras la columpiaba
en el jardín de los abuelos le dije que algún día lo entendería. Secretos. Mi
vida ha estado marcada por ellos. Con siete años, no podía entender cómo mi
hermana Silvia, de nueve años, se hartaba de chocolatinas y caramelos, y encima
le sobraba dinero para ir al cine el domingo por la tarde. Yo no comprendía
porqué a ella con los cinco duros que nos daba nuestra madre, le sobraba, y a mí
apenas me alcanzaba. Es que tengo un secreto, me repetía siempre Silvia cuando
yo quería alargar como ella mi paga. No te lo puedo contar pequeñaja. No me hizo
falta que me explicara nada. Lo entendí todo cuando la atrapé con una aguja de
tejer agrandando la ranura de mi hucha, y sacando limpiamente lo que tanto
esfuerzo me costaba reunir cada semana. Esta fue la primera lección sobre los
secretos, que me dio la vida.
Cuando a los dieciséis
años conocí en agosto a un muchacho rubio y de amplias espaldas, que me recitaba
poemas de Neruda, que me llevaba cada noche al cine de verano, nunca se lo debí
decir a la que yo creía mi mejor amiga, de infortunado nombre Virginia. Como una
boba le hablaba de Alejandro a todas horas. De lo bueno que era, de lo galante,
de lo bien que bailaba, de lo rápido que me pasaba el tiempo junto a él... De
tanto contar, hasta le conté que tenía una motocicleta, con la que insistía
llevarme a donde terminaban las últimas casas del pueblo. Decía que, desde allí,
se oteaban unas vistas preciosas; sobre todo por la noche, con un cielo
estrellado inolvidable. Yo era una chica decente, y de ninguna manera dejaría
que fuera mancillado el buen nombre de la familia. La segunda lección de mi vida
fue saber que Virginia y Alejandro fueron descubiertos por mi hermano y sus
amigos en las eras, a pocos metros del puente de la vía férrea, a la salida del
pueblo. No se habló de otra cosa en aquella temporada. Mi corazón se rompió en
mil pedazos. Otra vez recordé la importancia que puede tener un secreto. Algo
que olvidaría otra vez años después.
Estando empleada
en la sucursal de un banco conocí al que, desde luego, era el hombre de mis
sueños: un hombre bien plantado, moreno, de rasgados ojos negros. Yo misma, con
la mejor de mis sonrisas, abrí en su nombre una cuenta corriente, en la que
ingresó una gran suma de dinero. Sus visitas por el banco fueron más continuadas
en las siguientes semanas. No me podía creer cuando, con disimulo, me dio una
pequeña tarjeta con su nombre y número de teléfono. Al día siguiente temblaban
mis manos cuando marcaba el número telefónico del guapo galán. Casi me desmayé
al oír su voz. No sabía cómo, pero tenía una cita para el día siguiente con
aquel cliente. Después siguieron más citas. Junto a Óscar recobré la ilusión de
sentirme enamorada, aunque presentía que algún secreto guardaba. Un día,
compungido, me confesó que había perdido muchas acciones en bolsa; que estaba al
borde de la ruina. Sólo yo le podía ayudar. Necesitaba algunos millones del
banco, que serían repuestos a la mañana siguiente y nadie se enteraría. Sólo ese
favor para un cliente muy especial: la clave del ordenador. Jamás se sabría. No
quería dejar escapar de mi vida a semejante hombre. Sin querer, los números
secretos de la clave del ordenador central salieron de mis labios. Al instante,
intuí que era un error más. Por otro secreto.
Lo
mejor de un secreto es no contarlo. Volví a repetirle a mi sobrina, mientras
empujaba el columpio con una triste sonrisa en mi rostro.