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Instrucciones para no
echar de menos
Ángela Torrijo Arce
A veces, no hay
dolor más fuerte que el no causado, el no sentido y el no vivido. Entonces, es
cuando uno se da cuenta de que lo que hace daño no es el sufrimiento, sino el
vacío. El hueco de las conversaciones nunca habladas cuando sin esperarlo te
viene a la memoria un recuerdo. El espacio sin rellenar de ese beso no dado, que
estás seguro que sabe a menta o a fresa o a mango, con una cantidad de saliva
justa y respiración acompasada.
A veces es un hueco de abrazo el que se siente. Notas como un regazo vacío te
rodea. Algo que debería estar y no está, y que duele. Un desarrebujo del alma.
Comienzas a pensar y te das cuenta de que eres puro hueco, agujero negro en
estado puro. Un queso gruyere de sentimientos, caricias, dedos, susurros,
sueños, vivencias, risas. Y por cada espacio se derrama un dolor o se te clava
una aguja..., y duele. Es por esto que, aún a sabiendas de lo imperfecta de mi
aspiración, voy a intentar escribirme/te unas instrucciones a seguir para, al
menos intentar, no echar tanto de menos:
1.- Queda terminantemente prohibido escuchar canciones de amor o con letras
mínimamente sensibles. Aunque, ¿realmente, eso importa? Estoy segura de que si
escuchara una canción cuyo tema principal es que al protagonista le parta un
rayo, imaginaría su preciosa cabeza, tan llena de ideas, tan sonriente, tan,
tan, tan suya..., encantadoramente partida. Conclusión: queda terminantemente
prohibido cualquier tipo de música.
2.- No leer nada que te recuerde a la persona en cuestión. Por supuesto, ni se
te ocurra ojear algo de lo que tu cariño te ha escrito en un arranque de amor.
Olvida también a Neruda y demás canciones desesperadas..., pero no creas que así
vas a conseguir estar totalmente a salvo, no..., sigue alerta. El subconsciente
es muy sagaz, buscará la manera de llevarte a algo que en algún momento te
comentó..., quizá la reproducción de la araña gigante senegalesa o cómo superar
las alergias a los gatos de angora..., no bajes la guardia. Creo, pues, que ante
esta disyuntiva, lo mejor para eso es, directamente, no leer.
3.- Cuando vayas a preparar comida o a encargarla en un restaurante, recuerda no
pedir nada que hayáis comido juntos en alguna ocasión, o de lo que él / ella te
ha comentado que le gusta especialmente. También es importante, aunque te
parezca una tontería, que no pidas nada que deteste, pues en este caso, al
introducir en la boca el alimento en cuestión, un sentimiento de ternura
inherente al rechazo de ese plato por tu niño/a te impregnará, haciéndote sentir
de la misma manera, y consiguiendo llegar así a una de las peores situaciones:
sentirte completamente identificado.
No obstante, algo tengo que decir en defensa de esto último, y es que si eso
pasa cuando, por simpatía, te entran náuseas al probar las almejas a la
marinera, imagínate lo que puede suceder si, por el contrario, te da por pedir
su postre favorito: ensalada de mango, con su plátano y su mandarina hecha
gajitos y bien regada de azúcar y limón. Si llegado a este punto, decides no
hacerme caso, deberás atenerte a las consecuencias... La primera cucharada te
hará sonreír recordando con melancolía el sabor de sus mejores besos, la
segunda, te traerá a la memoria que hace mucho que no los pruebas, la
tercera..., en la tercera te temblará el labio. En la cuarta, soltarás la
cuchara con rabia y beberás agua, para disimular. Respirarás hondo. Al fin y al
cabo estás en un restaurante ¿Qué pensarían de ti si supieran que empiezas a
hacer pucheros por culpa de una macedonia? Así que coges aire y lo sueltas por
la nariz, cerrando los ojos. Suspiras. Acaricias la cuchara. Te recuerda su
piel. Miras y continuando con el devenir del cubierto, vas a parar al zumo y a
la fruta jugosa. Entonces es cuando no te das cuenta. De repente, en el jugo
comienzan a aparecer ondas concéntricas. Primero una, solitaria, luego aparecen
más, nuevas. Son gotas de lluvia que vienen de tu cabeza.
Te lo advertí. Su sabor es una de las cosas a evitar. El tercero de los
mandamientos para no echar de menos.
4.- Intenta olvidarte del sexo. Puedes conseguirlo. Piensa que esa zona de tu
cuerpo se ha evaporado, flota en el limbo, como un nonato. ¿Sonríes? Sí, es
cierto, quizá sea una propuesta un poco ilusa, sí, ahora que lo dices, yo
también me estoy riendo..., pero ¿qué solución encontrar entonces? Si las ganas
te arrebatan y no está, nada sirve. Mata las ganas, pues..., pero, ¿cómo? A ver,
se me ocurre a bote pronto que lo que está claro es que hay ciertos elementos
indispensables a evitar: voz, imagen y olor. En el caso de ponerte en contacto
con alguno de estos elementos, ten por seguro que sí, sucumbirás. Y no hay peor
hambre que la del hambriento de ausencias, ni peor sed, que la del sediento de
hambre. Advertido estás...
5.- Como quinta y última instrucción, se me ocurre que olvides su boca. Bórrala
de las fotos, de tu mente, de su distancia. Esa boca que besa, la que habla y
ronronea. La perfecta e imperfecta, la acoplable, la bebible, la mimética. La
que muerde, la que araña, la que pega, la que te mata de dulce, la que te traga
vida pero calma las sedes. Esa que regala tormenta y calla cuando está como
ausente.
Y llegados a este punto, sólo me queda decir, que si me leo y releo pienso que
para no echar de menos debo dejar de oír música, no leer, evitar casi el comer,
olvidar el sexo y, sobre todo, tu boca. Creo que la única manera de no echar de
menos, pues, es no queriendo o muriendo. Y vamos a ver..., ¿quién puñetas quiere
eso?
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