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Conductores temerarios
Ignacio Ferrando
Para
Santi, para Fernanda.
«El
más mediocre libertino ha soñado alguna vez con sultanas, y no hay notario que
no lleve dentro de sí los despojos de un poeta».
Gustave Flaubert, Madame Bovary.
—Menos mal que ya sale.
—Qué nervios, por Dios.
En la pantalla del cine Coliseum, Juan Montalbán besaba
apasionadamente a Lucía Velarde. Interpretaban a Carmenchu y Ramón, una pareja
de insólitos enamorados. Ella a una cándida costurera y él a un poeta
incomprendido por sus contemporáneos. En la escena, el maltrecho galán acababa
de conocer a su partener cinematográfica en el café Normandie, a orillas
del Sena y, como quien no quiere la cosa, la había invitado a una copa de
Chardonay. Señora, ¿me aceptaría una copita? Y ella, a estas horas, caballero,
yo solo tomo chocolate con churros, había replicado la costurera. A pesar de las
discrepancias iniciales, no tardaron en tomarse de las manos y entablar una
conversación de extrañas afinidades. Qué feliz soy ahora que le conozco, decía
ella. También yo soy extremadamente dichoso, respondía el galán limpiándose la
pringosa bigotera. Quién nos lo hubiera dicho hace unas horas, Ramón, ¿es
posible que te ame a cada segundo cuando hace un rato no te conocía?, ¿es eso
posible?, Juan Montalbán, seguro de sí mismo, le respondía, si yo te contara.
Eran de nuevo Juan Montalbán y Lucía Velarde, interpretando a
Carmenchu y Ramón, la pareja más cotizada del cine, en la última película del
controvertido y afamado director Lorenzo Hidalgo. Los cineastas
hispanoamericanos cuando rodaban en la Ciudad de la Luz se creían obligados a
retratar el Sacré Coeur o Notre-Dame o, como mínimo, algún bohemio en extinción
desorientado por el barrio Latino. Sin embargo Lorenzo Hidalgo era la excepción.
Iba por libre. Los críticos (sorprendentemente, de un modo unánime) le tildaban
de falto de rigor, de chapucero histórico. Era, decían, como Canaletto (salvando
la infranqueable distancia) ya que, de algún modo, tergiversaba la realidad a su
antojo. Cogía lo que más le gustaba de varios lugares y lo unía creando un
inverosímil decorado de cartón piedra. De este modo, Juan Montalbán y Lucía
Velarde, la feliz pareja de enamorados, podían tomar un café en el Majestic de
Oporto y acto seguido, pasear a orillas del Sena con total impunidad. En abril
de hace dos años, los recordarán, con motivo del estreno de «Aquella candorosa
amapola», Hidalgo sufrió una severa crítica al situar la catedral de Dresde en
el centro de Benidorm para, en la siguiente toma, lograr que Lucía Velarde, con
toquilla de fallera, pero en pelota picada, rezara un padrenuestro en plena
estepa rusa. Pero, en fin, cuando uno iba a ver una película de Hidalgo, debía
ser, cuanto menos, indulgente con el rigor geográfico de sus guiones.
Pero Clara y yo, aquella noche, no habíamos ido a ver aquel insolente
bodrio por la angustiosa interpretación de Juan Montalbán, ni por la desgarbada
decadencia de Lucía Velarde, ni mucho menos, por el ínclito director Lorenzo
Hidalgo y sus desconcertantes paisajes, sino que habíamos aguantado indolentes
las colas de espectadores frente al cine Coliseum (con riesgo de ser
reconocidos) para ver la interpretación de Umberto Casanueva.
—¿No dijo que salía nada más empezar la película?
—Creo que sí.
Así nos lo había advertido Umberto la tarde anterior, en el café El
Despertar. Hablaba sobrecogido por un entusiasmo prudente. Le oímos comentar que
aquél era su primer trabajo «en condiciones» y luego, como retractándose de sus
palabras aclararnos que con veinticinco años había rodado un importante anuncio
de anticonceptivos (y aunque era cierto que a él apenas se le veía en el
vaporoso tumulto del Simca mil, lo importante había sido «perder el miedo
escénico») y más tarde, ya lo sabíamos, había protagonizado dos cortos
(Taxidermia, de Pérez Gil y Dermatitis, de Julio Lucas, que con galante justicia
fueron olvidados por público y crítica)... Ah, decía saliendo del pasmo..., y
también he interpretado, hace tres años, a la polvorienta madre de Tennessee
Williams. Yo me sentaba en una mecedora. En la esquina, oculto en las sombras y
me pasaba la obra balanceándome, produciendo un ruido... Era como si Umberto,
que nunca se cansaba de hablar de sí mismo, estuviera obligado a demostrar una
extraña pasión curricular que le haría deslumbrante a nuestros ojos, como si
aquella impostura que (los que le conocíamos) le veíamos interpretar, fuera el
único modo de equipararse con la «normalidad social» que Clara y yo le
significábamos.
—Cómprame palomitas...
—Ya ha empezado la película, yo no voy.
—Es que tengo antojo...
—¿Antojo?
—Shhhhh, ¿quieren callarse?
—Cállese usted.
Clara no había insistido.
Nuestro amigo Umberto hablaba con envidia de los actores consagrados
que elegían a Ionesco o Arrabal para interpretar teatro absurdo en el Español o
en el Lope de Vega; también parecían disgustarle aquellos que, en un ejercicio
de lucimiento dramático y absolutista, interpretaban soliloquios kafkianos; pero
a Umberto, lo que más le sobrecogía, era ese público inverosímil y funambulesco
que pagaba la talegada por verlos... Son como muertos vivientes, vienen de todo
el mundo y se dirigen hacia un arte que es sólo ilusionismo... A Umberto
Casanueva le gustaba contar cuando Adela y los demás interpretaron Muertos sin
Sepultura en la Sala Triángulo y tuvieron que anular las sesiones a los dos días
porque allí sólo iban despistados, vagabundos atraídos por el calor de la sala y
algunos críticos de «El País» para alabarles la interpretación y llamarles, sin
mucha convicción, jóvenes promesas.
Para alguien atractivo como Umberto sobrepasar la treintena en el
mundo interpretativo era un drama. Los mejores papeles se conseguían de semental
o no se conseguían (ya lo dijo el filósofo). Por eso Umberto había visto pasar
los años, no sin congoja, sumido en una progresiva apatía, como si no se
explicase el porqué de su injusto anonimato. A su edad, Juan Montalbán y Lucía
Velarde ya eran pareja en las costosas producciones de Lorenzo Hidalgo y se
besaban en la plaza de Jemaa el Fna para, acto seguido, cenar cangrejos en la
pirámide de Kheops. Juan Montalbán, por ejemplo, había sido una joven promesa
que nadie anunció, que había llegado a Producciones Olimpo y se había instaurado
en el puzzle del éxito para no abandonarlo hasta el día de hoy. Según Umberto
Casanueva, al actor se le veía ajado como nunca y corrían rumores de que el
exceso de alcohol y las demasiadas chicas que el crápula amparaba en su
domicilio de la calle Luchana, acabarían con su incierta fortuna. Pero con todo
lo que Umberto dijera, ahí estaba, interpretando a Ramón, maquillado, altanero y
besando como nunca a Lucía Velarde, poniendo en ello, como siempre, el empeño y
la desesperación de los suicidas y la desgana arrogante de un Don Juan
provinciano. Umberto, emponzoñado de esos destinos que nos son inalcanzables,
odiaba secretamente al galán y no se cansaba de confabular contra él y contra su
sospechosa longevidad cinematográfica.
—¿Y Umberto? ¿Cuándo sale Umberto?
—Quieres dejarme ver la película.
—Es que tarda mucho.
El caso es que Umberto nos contó que había conocido a Lorenzo Hidalgo
en el Leather, un antro, creo yo, de sadomasoquistas y «domadores de piel», como
diría Clara, entre Chueca y Fuencarral. Cuando el director de «Desvanecida entre
tus brazos» por fin se decidió a invitar al joven a una copa, este le contó que
era actor. Lorenzo Hidalgo, algo contrariado por el alcohol y los faroles
sensuales, pareció incómodo y se lamentó al instante de haberlo hecho. Con la
misma pasión curricular que ya todos conocíamos, Umberto le habló de sus dos
cortos, Taxidermia, de Pérez Gil y Dermatitis, de Julio Lucas, le contó lo bien
que lo pasaron brincando sobre los amortiguadores del Simca mil, durante el
rodaje de aquel anuncio publicitario de condones. Una oportuna discreción le
hizo olvidar lo de la madre de Tennessee Williams. Lorenzo Hidalgo, el director
de «Desafortunada en el juego...», y «Violada entre las rocas», no muy
convencido del talento interpretativo del joven actor en ciernes le prometió una
prueba para su próximo proyecto. Es de suponer que los motivos que le indujeron
más tienen que ver con la carne y el desasosiego de las almas que con la razón.
Ni más ni menos, le había dicho el director, que una película con Juan Montalbán
y Lucía Velarde, la pareja del siglo. Por supuesto, Umberto y Lorenzo, director
y actor en ciernes, acabaron follando en casa de él, en una buhardilla a cinco
alturas sobre la plaza de Santa Ana, llegadas las primeras luces. Madrid
amanecía enrojecido, al dictado de Charles Aznavour. Incluso para la seducción
tenía aquel Lorenzo Hidalgo algo de descoordinado. Luego desayunaron, se
cogieron las manos y hablaron sobre las vaguedades que preocupan a los
desconocidos.
—Llevamos media hora y aún no ha salido Umberto.
—Paciencia mujer.
El lunes, al mediodía, el director había acompañado a Umberto para que
realizara el casting de la película. Hidalgo recordaba haber visto algo de Henry
Miller en aquel escenario. Sería fácil impresionarles con algo de «Panorama
desde el puente» o la «Muerte de un viajante». Ya se frotaba las manos cuando,
Lorenzo Hidalgo, llegándose por detrás, le dio una palmada en el culo y le dijo
que podía estar tranquilo, que el papel era suyo, que había hablado con el
productor. Umberto se debió sentir como el opositor al que le aseguran la plaza
y, aunque aquello hubiera debido satisfacerle —pues, de algún modo, había
logrado el papel de su vida— nos confesó haber sentido una cierta sensación de
malestar moral.
La verdad, la puta verdad, es que Umberto nos confesó ayer tarde en El
Despertar que sólo recordaba de aquel casting el intenso escozor del ano y la
confusa resaca de la noche anterior. De nada le valieron sus años de
interpretación, sus notas sobresalientes en Arte Dramático, su desbordada
creatividad, el respeto de sus compañeros, la interpretación de la madre de
Tennesse Williams..., y todo eso. Sus limitados movimientos y el patetismo de
sus diálogos (afectados por la falta de concentración que sucede a las noches
fatigosas) le hicieron parecer una momia con alzheimer. Pero daba igual. Él ya
tenía su papel. Observaba a Lorenzo Hidalgo con una portentosa sonrisa en los
labios, aplaudiéndole, mientras los otros miembros se limitaban a anotar en sus
cuadernos, aquejados por una indiferente apatía.
—Será posible…
—¿Qué?
—¿Cuándo sale Umberto?
—Y yo qué sé, aún no he visto la película.
—Es que llevamos cuarenta minutos y aún no ha salido.
—Shhhhhh..., nosotros también hemos pagado entrada...
—Cállate Clara, ¿no ves que estás molestando?
—A ti, ¿te pasa algo conmigo?
—Nada, cariño, nada.
—Es que no me quieres.
—Qué tendrá que ver.
—Se quieren callar.
Y de repente, mientras hablábamos en la semioscuridad de la sala,
Umberto había hecho una majestuosa aparición en la escena. Umberto Casanueva,
resplandeciente, irradiando éxito por los cuatro costados, manejando un Audi
descapotable, conduciendo temerariamente. Estaba en la Gran Vía madrileña. Ahora
pasaba un semáforo en rojo cerca de la cafetería Nebraska…, pero no, no era la
cafetería Nebraska, sino el Folies Bergère… luego giraba temerariamente a la
derecha, dejando atrás el arco de Brandemburgo y aceleraba hasta atravesar las
murallas de Ávila y, ya de nuevo en Madrid, surgía por la calle Montera. Era
entonces cuando, de entre las sombras, surgían las luces malvas de un coche de
policía. Sin saber cómo ni por qué, al paso del auto, surgían espantadas una
docena de putas de Montmatre, una oportuna anciana con su caniche y una
cuadrilla de raperos adolescentes que escuchaban a Eminem. Umberto sonreía
maliciosamente y el motor del Audi sonaba como un órgano de gasoil en
combustión. De repente, cuando ya nadie podía sospecharlo, cuando la tensión de
la película parecía no tener fin, cuando el vértigo impregnaba la retina de
todos los espectadores, cuando lo inverosímil se volvía posible y ya todo se
podía esperar, cuando todo eso pasaba, sonó un teléfono móvil. Umberto, en la
pantalla, seguía conduciendo en pos de la muerte perseguido por los agentes.
Llegados a este punto, el espectador medio empezaba a preguntarse qué pintaba un
extravagante personaje como Umberto en la trama de la película. Era como si, de
algún modo, aquella escena la hubiera añadido Hidalgo por extraños motivos que
sólo Clara y yo podíamos entrever. Pero no nos hicieron esperar. Umberto, en la
pantalla, frenó en seco el Audi. Las ruedas chirriaron contra el asfalto. De
frente, un hombre inició un paso lento e inmutable por un paso de peatones.
Cuando se quiso dar cuenta ya le tenía encima. Antes de atropellarle vimos el
rostro descompuesto (algo inusual en sus interpretaciones) de Juan Montalbán. Un
grito apagado, sobrecogedor, ¿qué deleite no habrá experimentado Umberto
Casanueva al verse al volante de ese coche imprudente que atropella al galán? Ya
al final, se produjo un fundido en negro y la sala quedó a oscuras. Escuchamos
el potente latido de un corazón. ¿Sí? Dígame.
Pasamos el resto de la película pendientes de las dolencias de Juan
Montalbán, de su mandíbula desencajada, de sus maltrechas costillas, de su
próstata incontinente, de sus grotescos flirteos con las enfermeras, de las
visitas diarias de una sumisa y sosegada Lucía Velarde, de sus crisis
existenciales (¿volverían a operarle del menisco?, ¿le operarían, esta vez, de
la ternilla de la oreja?, se preguntaba Montalbán no sin fastidio) y, cuando
parecía que el incombustible seductor se reponía de sus dolencias, sus heridas y
sus mermas emocionales, un imprevisto cáncer de colon terminó con la fatalidad y
la fatalidad con la película. En el último cuadro, una enfermiza y descorazonada
Lucía Velarde, pálida como la misma muerte, vertía las cenizas de su
incombustible amante (valga la contradicción) sobre el Viaducto de la Calle
Segovia. Luego, una marea lenta y progresiva, arrastró los títulos de crédito.
—¿Ya está?
—Eso parece.
Los espectadores, inquietos por extraños motivos, se levantaban de sus
butacas como impulsados por una inercia ritual. Clara y yo, más pendientes de
los créditos —pues buscábamos con ansia el nombre de nuestro amigo (como si de
algún modo necesitáramos constatar su humilde fama)— éramos estorbos en aquella
retirada gregaria. Poco a poco, el cine se fue quedando vacío y la sala cobró
esa gótica soledad de las grandes catedrales. Sólo unas pocas personas,
desperdigadas por la sala, permanecían atentas a los interminables títulos de
crédito. Algunas eran parejas que, influenciadas por la dramática odisea de
amor, se manoseaban sin prejuicio alguno; otros dormitaban mecidos por un sueño
indiferente al término, ya consumado, de la película y, cuatro o cinco, como
Clara o yo, mirábamos hipnóticamente la pantalla, como buscando entre los
títulos alguna clave secreta que diera sentido a nuestra existencia.
Salió el reparto principal. Lucía Velarde en el papel de Carmenchu, Juan
Montalbán como Ramón y la invitación estelar de tal y cual. Luego vino el
director, el guionista, el productor, el peluquero, el conductor del camión de
mudanzas, el constructor de decorados, el adiestrador de perros, el estilista,
el laboratorio de revelado de negativos, la chica del catering, los
agradecimientos al ayuntamiento de Archidona y la Cruz Roja, y por fin, en
letras diminutas (casi ilegibles) agolpadas las unas contra las otras, el
reparto de secundarios y extras. Cuando ya la lista llegaba a sus últimas
líneas, cuando pensábamos que algún error fatal había omitido el nombre de
nuestro amigo, lo vimos. Fue Clara la primera en darse cuenta.
—Ahí, ahí está —gritaba entusiasta—, míralo.
Y es que en la pantalla, en algún lugar, en algún punto, acabábamos de
leer: Umberto Casanueva, conductor temerario.
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