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(A
Vlad Tepes, por sobrenombre Dracul)
Sangre y polvo,
habitaciones con olor de muerto
y flores muertas,
helados infinitos corredores;
prodigiosas murallas de dos metros de ancho
alertas al ataque de los turcos,
que espera el Conde; y vaga por pasillos mohosos,
pasando indiferente ante espejos inútiles
que no reflejan su capa morada,
ni sus uñas vetustas,
ni su mirada muerta,
ni su cólera por no poder morir.
El pacto que hizo con el Gran Embustero
para alcanzar victoria y vida eterna
y enemigos empalados en vida
le retiene clavado
a esas piedras grisáceas.
Todo dolor y odio y pesadumbre,
sin caminar, desplaza su destrozado cuerpo
en el ámbito inmenso del castillo;
híbridos de mujer y de diablo
emiten carcajadas estentóreas
desde el fondo de una locura negra sin remedio.
Hace ya tiempo que no hay Imperio Turco,
y Vlad Tepes lo sabe;
pero el Ángel Caído
no renuncia jamás a sus derechos,
y Vlad firmó con sangre,
y cada noche hay una joven menos,
un niño menos
en los pueblos vecinos.
Y no hay cruz con poder sobre la tierra
para librar a Vlad Dracul, eterno
prisionero en las ruinas espantosas
y cansado.
Emitiendo en su tumba, quedamente,
el llanto peculiar de los vampiros.
Vergüenza de ser
hombre
(Mirando TV...)
¿Cómo podéis con ser tan
delicado
cometer desafueros tan brutales,
y romper con pezuñas animales
lo más bello de todo lo creado?
¿Cómo podéis a la que duerme al lado
causar tantos dolores, tantos males,
y en luchas vergonzosas desiguales
matar a quien su vida os ha confiado?
Por vosotros ser hombre es despreciable.
Más quiero ser desecho de la guerra,
o ser nada, mejor que ser un hombre.
Ya no quiero llevar más vuestro nombre,
ni parte hacer de horda tan miserable,
hijos de puta, caca de la tierra.
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CONTACTO CON EL AUTOR
De
Elías F. Gómez puedes leer, también en Margen Cero, el artículo:
¿Qué
es erotismo en literatura?
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